Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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Quizá le habría contado al aprendiz de calígrafo de hermosos ojos una tercera historia sobre cómo el gran maestro Behzat se cegó a sí mismo, o sobre cómo nunca quiso abandonar Herat, o sobre cómo no volvió a pintar después de que le llevaran a la fuerza a Tabriz, o sobre cómo el estilo de un ilustrador es en realidad el del taller al que está adscrito, o cualquier otra leyenda de las que le había oído al Maestro Osman, pero tenía la mente en el señor cuentista. ¿Cómo sabía yo que esa noche iba a contar la historia del Diablo?

– ¡Es el Diablo el primero que dijo «yo»! -me habría apetecido decir-Es el Diablo quien tiene un estilo, es el Diablo quien separa el Oriente del Occidente.

Cerré los ojos y representé al Diablo en el papel basto del cuentista tal y como me salía del corazón. Mientras pintaba, el cuentista y su aprendiz, los demás ilustradores y los curiosos se reían y me provocaban.

¿Creéis que tengo un estilo, o será todo a causa del vino?

47. Yo, el Diablo

Me gustan el olor del pimentón sofrito en aceite de oliva, la lluvia que cae al alba en el mar tranquilo, la aparición repentina de una mujer por una ventana abierta, los silencios, el meditar y la paciencia. Creo en mí mismo y la mayor parte de las veces no hago caso a lo que se dice de mí. Pero esta noche he venido a este café para prevenir a mis hermanos ilustradores y calígrafos a causa de ciertos cotilleos, mentiras y rumores.

Por supuesto, sé que estáis dispuestos a creer justo lo contrario simplemente porque yo lo he dicho. Pero sois lo bastante inteligentes como para intuir que lo contrario de lo que digo no siempre es cierto y lo bastante sensibles como para sentir interés por todo lo que diga aunque no os convenza: sabéis que mi nombre, que aparece cincuenta y dos veces en el Sagrado Corán, es uno de los más recordados.

Muy bien, comencemos por el libro de Dios, por el Sagrado Corán. Todo lo que se dice allí sobre mí es verdad. Quiero que se sepa que al reconocerlo lo afirmo con toda modestia. Porque también está la cuestión del estilo. Las humillaciones del Sagrado Corán siempre me han producido un enorme dolor. Dicho dolor es mi manera de vivir. No lo discuto.

Sí, Dios creó al hombre ante nuestros ojos, los de los ángeles. Luego, de repente, nos pidió que nos postráramos ante él. Y, tal y como está escrito en la azora de Los Lugares Elevados, mientras todos los demás ángeles se postraban, yo me negué. Le recordé que Adán había sido creado de barro y yo de fuego, una materia muy superior, como todos sabéis. No me postré ante el hombre. Y Dios me consideró «soberbio».

– Desciende del Paraíso -me dijo-. No te corresponde a ti presumir de grandeza aquí.

– Permíteme que viva hasta el Día del Juicio, hasta la resurrección de los muertos -le pedí.

Me lo permitió. Y yo le prometí que durante todo ese tiempo me dedicaría a apartar del buen camino a la estirpe de Adán, quien fue la causa de mi castigo por no haberme postrado ante El. Y Él me contestó que enviaría al Infierno a todos a los que yo apartara del buen camino. Sabéis que ambos seguimos cumpliendo nuestra palabra. No tengo demasiado que añadir a eso.

Algunos afirman que en aquel entonces el Altísimo Dios y yo llegamos a un acuerdo. Según dicha lógica, yo ayudo a poner a prueba a los siervos de Dios intentando tentarlos: los justos toman la decisión correcta y no se apartan del buen camino mientras que los malvados son vencidos por la carne, pecan y son enviados rápidamente al Infierno. Lo que hago es muy importante, porque si todos fueran al Paraíso nadie tendría miedo y los asuntos del mundo y el Estado no podrían seguir adelante basándose sólo en la virtud y además porque en este mundo el mal es tan necesario como el bien y el pecado lo es tanto como la piedad. Teniendo en cuenta que el orden de Dios se hace realidad gracias a mí y a Su permiso (¿por qué si no me habría concedido el vivir hasta el Día del Juicio?), el que se me tilde de malvado, el que nunca se me dé la razón, es mi dolor secreto. Los que han llevado hasta el fin, a mi modo de ver, esta lógica mía, como Hallaci Man-sur o Ahmet Gazzali, hermano del famoso imán Gazzali, han llegado a concluir en sus escritos que, puesto que se realizan con el permiso y a petición de Dios, los pecados que hago cometer son en realidad cosas que Dios quiere que ocurran, que no existen el bien y el mal ya que todo procede de Dios, e incluso que yo soy parte de Dios.

Con toda la razón, algunos de estos inconscientes fueron quemados en la hoguera junto con sus libros. Porque, por supuesto, el bien y el mal existen y el trazar entre ambos una frontera es misión de todos nosotros; yo, gracias Le sean dadas, no soy Dios y no le metí en la cabeza a esos imbéciles todas esas tonterías, las pensaron ellos solos.

Esto me lleva a mi segunda queja: yo no soy el origen de todo el mal y todos los pecados del mundo. Muchos hombres pecan a causa de su ambición, su lujuria, su abulia, su bajeza y, en la mayor parte de los casos, su estupidez, sin que yo les provoque, engañe o tiente. El esfuerzo de algunos místicos leídos y escribidos de absolverme de todas las maldades es tan estúpido como ajeno al Sagrado Corán es el creer que de mí parten todos los males. Yo no tiento a cada frutero que tima al cliente vendiéndole tramposamente una manzana podrida, ni a cada niño que miente, ni a cada adulador, ni a cada viejo que tiene sueños indecentes, ni a cada muchacho que se masturba. Incluso, en estos dos últimos casos, ni el mismo Dios ve una maldad digna de que se mencione. Por supuesto, me esfuerzo en que se cometan pecados graves, pero algunos religiosos escriben que incluso engaño a los que bostezan con la boca abierta, a los que estornudan e incluso a los que se ventosean. Eso quiere decir que no me entienden en absoluto.

Mejor, que no te entiendan y así podrás engañarlos con mayor facilidad, podréis decirme. Es cierto. Pero es necesario recordar que yo también tengo mi orgullo, de hecho, fue eso lo que provocó que Dios y yo nos alejáramos el uno del otro. Por cierto, ¿podría alguno de mis hermanos ilustradores presentes explicarme por qué me siguen pintando como una criatura terrible con la cara cubierta de verrugas, contrahecha y con cuernos y rabo cuando se ha escrito innumerables veces en decenas de miles de libros que puedo asumir cualquier aspecto, especialmente aquel con el que me aparezco a todos los beatos, el de una hermosa mujer que despierta la lujuria?

Y así hemos llegado al asunto fundamental: la pintura. Hay una multitud que llena las calles de Estambul fustigada por un predicador, cuyo nombre no voy a mencionar para evitaros posteriores motivos de inquietud, que afirma que llamar a la oración entonando una melodía, reunirse en conventos para girar abrazados hasta perder la conciencia de uno mismo al ritmo de instrumentos musicales y tomar café son actos que van contra la palabra de Dios. He oído que algunos de los ilustradores que hay entre nosotros, y que tienen miedo de este predicador y de la multitud, dicen que pintar siguiendo el estilo de los francos es cosa mía. A lo largo de los siglos se me ha calumniado infinitas veces. Ninguna estaba tan lejos de la realidad como ésta.

Volvamos al principio de todo. Todo el mundo olvida el verdadero principio porque sólo se les queda en la cabeza que provoqué a Eva para que se comiera la fruta prohibida. No, el principio tampoco es cuando Dios me encontró soberbio. En el principio de todo hay una decisión mía muy adecuada que tomé cuando nos mostró a los demás ángeles y a mí al hombre, nos pidió que nos postráramos ante él y los otros ángeles le obedecieron,

YO NO ME POSTRÉ ANTE EL HOMBRE.

¿Os parece adecuado que me ordenara

«PÓSTRATE ANTE EL HOMBRE»

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