Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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Por supuesto, para que yo no pueda ganar una bolsa de oro. Es algo sabido por todos que si hubieran dicho que pintara un caballo normal y corriente ningún otro podría competir con los míos. ¿Quién había engañado a Nuestro Sultán? Nuestro Soberano, a pesar de todos los chismorreos envidiosos, sabe bien que yo soy el ilustrador de mayor talento y le gustan las pinturas que hago.

De repente, mi mano, como si quisiera pasar por encima de todos aquellos cálculos, se puso en marcha furiosa y comenzando por un casco dibujé de un tirón un caballo autentico. De esos que podéis ver en la calle o en la guerra. Cansado pero sereno… Luego, con la misma furia, dibujé la cabalgadura de un espahí y me salió aún mejor. Ningún ilustrador del taller puede dibujar cosas tan hermosas. Iba a dibujar otro de memoria cuando el muchacho llegado de Palacio me dijo: «Con uno basta».

Se disponía a recoger el papel y marcharse cuando lo retuve. Porque sé tan bien como mi propio nombre que aquellos miserables no consentirían que se diera una bolsa de oro por aquellos caballos.

¡Si dibujo a mi manera no permitirán que me den una bolsa de oro! Y si no consigo la bolsa de oro habré mancillado mi buen nombre. Pensé. «Espera», le dije al muchacho. Entré, tomé dos monedas de oro venecianas, tan falsas como brillantes, y se las apreté en la mano. Tuvo miedo y abrió enormemente los ojos. «Eres un muchacho valiente como un león», le dije.

Saqué uno de los cuadernos de plantillas que escondo a todo el mundo. En él he copiado a escondidas las más hermosas pinturas que he visto a lo largo de los años. Además, están los mejores árboles, dragones, aves, cazadores y guerreros procedentes de las páginas de los libros guardados bajo siete llaves en el Tesoro, que Cafer, el agá de los enanos, copia y te entrega si le das al muy miserable diez monedas de oro. Mi cuaderno es maravilloso, no para aquellos que quieren ver en la pintura y en la ilustración el mundo en que viven, sino para los que quieren recordar a los antiguos maestros y las viejas leyendas.

Fui pasando las páginas mostrándoselas al muchacho que había venido de Palacio y escogí el caballo más hermoso. Pasé a toda velocidad sobre mis líneas horadándolas con un alfiler. Coloqué bajo la plantilla un papel en blanco. Le eché por encima abundante polvo de carbón y la sacudí un poco para que traspasara. Levanté la plantilla. El polvo de carbón había pasado al papel, punto por punto, la imagen completa de un bonito caballo; me gustó verlo.

Agarré el pincel. Con una inspiración que me venía de dentro, uní los puntos de una manera tan hermosa y elegante, con movimientos rápidos y decididos, que sentí con cariño dentro de mí aquel caballo mientras dibujaba su panza, su hermoso cuello, su nariz y sus ancas. «Aquí está -dije-. El caballo más hermoso del mundo. Ninguno de los otros imbéciles podría dibujarlo».

Para que también él lo creyera así y para estar seguro de que no le contaría a Nuestro Sultán de dónde había sacado la inspiración para dibujar aquella ilustración, le di otras tres monedas de oro falsas al muchacho de Palacio. Le insinué que si ganaba la bolsa le daría todavía más. Además, imaginó que podría ver de nuevo a mi mujer, a la que contemplaba con la boca abierta. Muchos creen que se es un buen ilustrador si se es capaz de dibujar una buena imagen de un caballo. Pero para ser el mejor ilustrador no basta con dibujar el mejor caballo. También es necesario conseguir que Nuestro Sultán y el círculo de imbéciles que lo rodea crean que eres el mejor ilustrador.

Cuando dibujo la imagen de un caballo maravilloso sólo puedo ser yo mismo.

46. Me llamarán Asesino

¿Habéis podido deducir quién soy por mi manera de dibujar un caballo?

En cuanto oí que se me pedía que pintara un caballo me di cuenta de que no se trataba de un concurso sino de que querían identificarme por el caballo que dibujara. Sé perfectamente que los borradores de caballos que había hecho en papel basto se habían quedado en el cadáver del pobre Maese Donoso. Pero no tengo el menor defecto ni estilo por el que puedan encontrar quién soy observando los caballos que he dibujado. De eso estoy tan seguro como se puede estar, pero, no obstante, me dejé llevar por el nerviosismo mientras lo dibujaba. Cuando hice el caballo del Tío, ¿pintaría algo que pudiera denunciarme? Ahora debía pintar uno diferente. Pensé en cosas completamente distintas, «me contuve» y no fui yo mismo.

Pero ¿quién soy yo? ¿Soy alguien que esconde las maravillas de su interior para adaptarse al estilo del taller? ¿Alguien que pintará victorioso un día el caballo que se oculta en su corazón?

De repente noté aterrorizado la presencia de ese ilustrador en mi interior. Era como si otra alma dentro de mí me observara y sentí vergüenza.

Me di cuenta de inmediato de que no podría permanecer en casa, así que me eché a la calle y comencé a caminar a toda velocidad por las calles oscuras. El jeque Osman Baba escribió en su Libro de los varones virtuosos que para que el verdadero asceta pueda dejar atrás al demonio de su interior debe caminar a lo largo de toda su vida y no debe asentarse demasiado en ningún lugar, pero después de sesenta y siete años de vagar de ciudad en ciudad se cansó de huir del Diablo y se rindió a él. Ésa es la edad a la que los maestros ilustradores alcanzan la ceguera, la oscuridad de Dios, la edad a la que involuntariamente se convierten en dueños de un estilo y al mismo tiempo se liberan de todos los indicios del estilo.

Como si buscara algo, paseé por Beyazit, por el Mercado de los Pollos, por la plaza vacía del Mercado de Esclavos, por entre los agradables olores de los establecimientos donde vendían sopa y dulces de leche. Pasé ante las puertas cerradas de barberos y planchadores, ante un abuelete hornero que contaba su dinero y me miró sorprendido y ante un colmado que olía deliciosamente a encurtidos y pescado salado; como mis ojos no podían apartarse de los colores entré en la tienda de un herborista que a pesar de lo avanzado de la hora aún estaba pesando algo y, de la misma manera que se mira a la gente con pasión, miré admirado a la luz de la lámpara los sacos de café, jengibre y canela, las coloridas cajas de almáciga, los montones de anís, comino, ajenuz y azafrán cuyo aroma me llegaba directamente a la nariz desde el mostrador. A veces me apetece metérmelo todo en la boca y a veces quiero pintarlo todo en una página en blanco.

Fui al lugar en que me había llenado la tripa en dos ocasiones aquella semana y al que llamaba la taberna de los tristes, aunque debería haberla llamado de los miserables. Su puerta está abierta hasta la medianoche para los que conocen el lugar. Dentro hay unos cuantos pobres vestidos como cuatreros o fugitivos de la horca y algunos miserables cuyas miradas han huido de este mundo a causa de la infelicidad y la desesperación para escapar a otros paraísos como les ocurre a los adictos al opio; dos pordioseros a los que les cuesta trabajo incluso seguir las costumbres de su gremio; y un caballerete que se ha desplomado en un rincón apartado de toda aquella multitud. Saludé cortésmente al cocinero de Alepo. Llené mi cuenco hasta arriba de hojas de col rellenas de carne, le eché yogur por encima, les rocié a puñados pimentón picante y me senté junto al caballerete.

Cada noche se desploma sobre mí la pena, la tristeza.

Hermanos, hermanos, nos estamos envenenando, nos podrimos, nos morimos, nos vamos desgastando según vivimos, nos estamos hundiendo hasta el cuello en la miseria… Algunas noches sueño que sale del pozo y me persigue, pero lo hemos enterrado dos metros bajo tierra; no puede levantarse de su tumba.

El hecho de que el caballerete, yo pensaba que estaba olvidado del mundo con las narices sumergidas en su cuenco de sopa, abriera una puerta a la conversación, ¿era una señal que Dios me enviaba? Sí, dije, han picado la carne en su punto y la col está deliciosa. Le pregunté: me dijo que acababa de salir de una medersa de veinte ásperos y que ahora era secretario adscrito a Arifi Bajá. No le pregunté por qué estaba en aquella taberna de bandidos solteros a aquellas horas de la noche en lugar de estar en la mansión del bajá, en la mezquita, o en su casa, en brazos de su mujer. Él me preguntó quién era y de dónde venía. Medité un momento y le contesté:

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