Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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Pasaba la lente muy despacio sobre el maravilloso caballo, como si estuviera buscando el tesoro en un mapa antiguo cuidadosamente pintado en pergamino.

– Sí -dije como el estudiante arrebatado por la inquietud de hacer lo antes posible un descubrimiento brillante para impresionar a su maestro-. Podemos comparar los colores y los bordados del cobertor de la silla de montar con los de las otras pinturas.

– Mis maestros ilustradores nunca ponen el pincel en esos bordados. Son los aprendices quienes pintan los motivos de las ropas, las alfombras, las cubiertas y las tiendas. Quizá lo pintara el difunto Maese Donoso. Olvídalo.

– ¿Y las orejas? -dije nervioso-. Las orejas de los caballos también…

– No. Son de esas orejas como cañas tan conocidas, de las que nunca se apartan de los modelos heredados de los tiempos de Tamerlán.

Estuve a punto de decir: «El trenzado de las crines, el peinado de cada pelo». Pero me callé porque no me gustaba ese jueguecito de maestro-aprendiz. Además, si yo era el aprendiz, debía ser capaz de saber hasta dónde podía llegar.

– Mira esto -me dijo el Maestro Osman con el tono quejoso pero profundamente atento de un médico que le mostrara a otro una buba de la peste-. ¿Lo ves?

Llevó la lente hasta la cabeza del caballo y la alejó de la superficie de la pintura atrayéndola poco a poco hacia nosotros. Acerqué bien la cabeza para poder ver lo mejor posible lo que aumentaba la lente.

La nariz del caballo tenía algo extraño. Los ollares.

– ¿Lo has visto? -me preguntó el Maestro Osman.

Para estar seguro de lo que veía tenía que poner el ojo justo enfrente de la lente. Como el Maestro Osman estaba haciendo lo mismo al mismo tiempo, nos encontramos mejilla contra mejilla ante la lente, bastante alejada de la pintura. Sentir en mi cara la dureza de la barba seca del maestro y la frialdad de su mejilla me asustó por un instante.

Se produjo un silencio. Como si en la pintura que había a un palmo de nuestros cansados ojos ocurriera algo maravilloso y nosotros estuviéramos siendo testigos de ello con respeto y admiración.

– ¿Qué es eso que tiene en la nariz? -fui capaz de susurrar mucho después.

– Lo ha dibujado de una manera muy extraña -dijo el Maestro Osman sin apartar la mirada de la pintura.

– ¿Se le fue la mano? ¿Es un defecto?

Seguíamos examinando el extraño y peculiar dibujo de la nariz.

– ¿Es esto ese famoso «estilo» imitación de los francos del que todo el mundo ha empezado a hablar, incluidos los grandes ilustradores chinos? -preguntó con tono burlón el Maestro Osman.

Me dejé llevar por una cierta susceptibilidad creyendo que de quien se burlaba era de mi difunto Tío:

– Si un defecto no proviene de la falta de talento o habilidad sino de lo más profundo del alma del ilustrador, entonces es estilo, eso decía mi difunto Tío.

Pero, proviniera de donde proviniese, de la mano del ilustrador o del caballo mismo, lo cierto era que no teníamos otra pista para encontrar al miserable que había asesinado a mi Tío que esta nariz. Porque en los caballos de la tinta corrida del papel que había salido del bolsillo del pobre Maese Donoso, no es que nos costara trabajo distinguir los ollares, sino las mismas narices.

Así pues, pasamos mucho tiempo buscando las pinturas de caballos que los queridos ilustradores del Maestro Osman habían hecho para todo tipo de libros y buscándoles defectos en los ollares. En las doscientas cincuenta ilustraciones del Libro de las festividades que estaba a punto de ser terminado, en las que se describían los desfiles, siempre a pie, de congregaciones y gremios ante Nuestro Sultán, había muy pocos caballos. Se enviaron hombres al edificio de los talleres, donde se guardaban ciertos libros de modelos y cuadernos de plantillas así como los libros recién terminados, y a las estancias privadas y al harén para que nos trajeran cuanto libro no estuviera guardado bajo siete llaves en el tesoro privado, por supuesto, todo con el permiso de Nuestro Sultán.

Primero examinamos el caballo castaño con una estrella en la frente y el gris de ojos de gacela que tiraban del carro funerario en la pintura a doble página que encontramos en el volumen del Libro de las victorias que nos habían traído de la habitación de uno de los príncipes y que mostraba las ceremonias de las exequias del sultán Solimán el Magnífico, muerto durante el sitio de Sigetvar, así como los melancólicos palafrenes adornados con sillas con brocados de oro y prodigiosos cobertores que acompañaban al cortejo. Todos aquellos los habían pintado Mariposa, Aceituna y Cigüeña. Tirasen del carro funerario de enormes ruedas o presentasen sus respetos mirando con ojos nublados el cadáver de su señor, bajo un grueso paño rojo, todos los caballos tenían la misma elegante postura, inspirada en los antiguos maestros de Herat, con una pata airosamente hacia delante y la otra firmemente plantada en el suelo junto a la primera. Todos tenían el cuello largo y curvo, la cola trenzada y las crines cortadas y peinadas, pero ninguno tenía en la nariz el defecto que buscábamos. Tampoco la tenía ninguno de los caballos que montaban los comandantes, sabios y religiosos que se habían unido al cortejo y que presentaban sus respetos al difunto sultán Solimán desde las colinas de los alrededores.

Algo de la tristeza de aquella amarga ceremonia funeraria se nos contagió. Nos apenaba ver cómo había sido maltratado aquel libro en el que el Maestro Osman y sus ilustradores habían derrochado tanto esfuerzo y cómo las mujeres del harén lo habían emborronado jugando con los príncipes y habían escrito aquí y allá. Bajo un árbol junto al cual cazaba el abuelo de Nuestro Sultán alguien había escrito con muy mala letra: «Mi muy Exaltado Señor, lo amo y lo espero con la paciencia de este árbol». Con esa sensación de derrota y amargura hojeamos libros legendarios que jamás había visto pero de cuya existencia sabía por rumores.

En el segundo volumen del Libro de las destrezas en el que habían trabajado los tres maestros ilustradores, vimos, tras los rugientes cañones y la infantería, cientos de caballos de todos los colores, negros azulados, castaños, grises, montados por gloriosos espahíes con el escudo alzado y la espada desenvainada, haciendo resonar armaduras y equipos mientras avanzaban ordenadamente cruzando colinas rosadas, pero ninguno tenía un defecto en la nariz. «¡Y qué es un defecto!», dijo el Maestro Osman luego, cuando examinábamos una pintura del mismo libro en la que se veían la Puerta Imperial y la plaza de los Desfiles, en la que nos encontrábamos en ese momento: no se veía la señal que buscábamos en ninguno de los caballos de todos los colores que montaban los porteros, los heraldos y los secretarios del consejo en aquella pintura, que mostraba el hospital a la derecha, la Sala de Audiencias y los árboles del patio lo bastante pequeños como para que cupieran en el interior de sus marcos y lo bastante grandes como para que nuestra mente percibiera su importancia. Contemplamos cómo cazaba el sultán Selim el Fiero, padre del abuelo de Nuestro Sultán, con sus galgos negros de cola roja que ponían en alborotada fuga a crías de gacela de altas ancas y tímidas liebres cuando levantó su tienda junto al arroyo Küskün durante la campaña iniciada contra los soberanos Dulkadir, y cómo dejaba a un leopardo, cuyas manchas se abrían como flores, bañado en roja sangre. Ni en la nariz del caballo castaño con la estrella en la frente que montaba el sultán ni en la de los que montaban los halconeros que esperaban preparados con las aves en el brazo tras las rojas colinas al frente se veía la marca que buscábamos.

Hasta el anochecer estuvimos viendo cientos de caballos que habían surgido en los últimos cuatro o cinco años de los pinceles de los ilustradores del Maestro Osman, Aceituna, Mariposa y Cigüeña: los caballos píos, negros y bayos de airosas orejas del jan de Crimea Mehmet Giray; caballos rosillos y pardos de los cuales sólo se veían las cabezas tras una colina en una escena de batalla; los caballos de Haydar Bajá, que reconquistó la fortaleza de Halkul Vad en Túnez a los infieles españoles y los caballos alazanes y verde pistacho de los españoles, uno de los cuales se caía de boca mientras huía; un caballo negro que le hizo decir al Maestro Osman: «Este se me escapó, ¿quién habrá hecho semejante chapuza?»; un alazán que escuchaba alzando respetuosamente las orejas a un paje que tocaba el laúd bajo un árbol; Sebdiz, el caballo de Sirin, tan recatado y elegante como ella, esperándola mientras se bañaba en el lago a la luz de la luna; los caballos fogosos de los que corrían lanzas; el caballo impetuoso como la tormenta con el apuesto mozo de cuadras que por alguna extraña razón hizo decir al Maestro Osman: «En mi juventud lo quise mucho. Estoy muy cansado»; el caballo dorado del color del sol que Dios le envió al Profeta Elías para protegerle del ataque de los paganos, pero cuyas alas le habían sido pintadas por error al propio Elías; el noble caballo gris, de cabeza pequeña y cuerpo enorme, del sultán Solimán el Magnífico, que durante una cacería contemplaba con ojos tristes a su hijo, el joven y encantador príncipe al que había llamado a su lado tras la muerte, aún adolescentes, de sus otros tres hijos; caballos enfurecidos; caballos corriendo; caballos cansados; caballos hermosos; caballos de los que nadie se ocupaba; caballos que nunca saldrían de aquellas páginas; caballos que saltaban perforando el encuadre como si quisieran librarse del aburrimiento de aquellas páginas.

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