Philippe Djian - Zona erógena

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– Santo Dios, pero aquí no tengo ninguna… -No importa, trae cualquier cosa.

Desapareció en la trastienda y al cabo de un momento lo vi volver con una tela de quitasol ORANGINA.

26

La enfermera hundió una pequeña espátula de madera en un bote de crema verde y me embadurnó la mejilla. El asunto terminó por escocerme seriamente. Tenía la cabeza echada hacia atrás y miraba las luces del techo, cuando entró un tipo con una bata blanca y se detuvo frente a mí. Se rió.

– Bueno, ya he acabado de coser a su amigo. Nada grave, excepto que me he cortado el dedo con una ampolla.

– ¿Puedo verlo?

– Ahora debe de estar durmiendo.

– ¿Puedo quedarme con él?

– Si le divierte.

– Me divierto con muy poca cosa -dije.

La enfermera me acompañó hasta su habitación. Entré y ella cerró la puerta a mis espaldas. Habían dejado encendida una lam-parita encima de la cama. Me acerqué.

Yan parecía dormir profundamente. Su cara todavía estaba tumefacta, pero no era nada en comparación con lo que había visto poco antes. Los tipos le habían limpiado la sangre y sólo tenía un vendaje encima del ojo y una esquina del labio reventada. Estaba casi presentable. Levanté la sábana, tenía las piernas cubiertas de vendas blancas, y mirarlas ya no daba miedo. Especie de mamo pensé, y yo que creía que estabas medio muerto…

A los pies de la cama había justo el espacio suficiente para que yo pudiera estirarme un poco. La verdad es que un tipo, en el fondo, no necesita gran cosa.

Al día siguiente caminó un poco por el pasillo, apoyado en mi hombro, y el domingo, después de haber rellenado todo el papeleo y de haber firmado varios cheques, nos dejaron marchar. Yan estaba de mal humor. En aquel maldito hospital no habían conseguido encontrarle unos pantalones o cualquier cosa semejante, incluso unos pantalones de pijama hubieran servido, pero tuvo que subir al coche con la cazadora, anudada en torno a las caderas y con los vendajes al descubierto. También era difícil encontrar una tienda abierta en domingo y además, le dije, no vamos a pararnos treinta y seis veces, sólo tenemos que hacer 250 kilómetros, casi nada, hombre.

Arrancamos a primera hora de la tarde, y la carretera estaba llena de gente. Era verdaderamente penoso, había que adelantar coches con bicicletas en el techo y con niños que hacían muecas frente al vidrio trasero; el cielo estaba de un azul consternante y por la radio sólo ponían cosas espantosas. ¿Qué puede ser más mortal que un domingo por la tarde cuando has sido cazado por su tela de araña?

Debían de ser las seis o las siete cuando aparqué delante de la casa de Yan. Estaba anocheciendo y aquel condenado se había dormido. Lo desperté y lanzó un bostezo formidable. Avanzamos los dos hasta la puerta y llamamos. Debíamos de parecer dos tipos a quienes acaban de evacuar del frente.

Annie salió a abrirnos. Frunció el ceño al vernos.

– ¿Es una broma? -preguntó-. No me parece en absoluto divertido.

Pero antes de que tuviéramos tiempo de contestar, se llevó la mano a la boca y se quedó pálida.

– ¡Dios santo! -exclamó-. ¿Qué os ha pasado?

Entramos y Yan se derrumbó en el sofá de la sala. Era un milano, al fin podíamos respirar tranquilos. Mientras Yan explicaba la historia, di un salto hasta el bar, preparé un maravilloso cóctel de o y llené tres copas grandes, con la mirada brillante.

– ¿Y tú tienes el brazo roto? -comentó.

– Sí, pero es una historia distinta. Una aventura sexual.

– ¡Mierda, pero cómo se os ocurre largaros así, sin avisar, para aterrizar en cualquier parte! Ya no sois ningunos crios, ¿eh? Creía que al final se os pasaría…

– Las cosas buenas pueden contarse con los dedos de la mano -dije yo.

Me bebí un sorbo cerrando los ojos. Sentía que la calma de la habitación me invadía. Desordenadamente podría haberle dicho a Annie: hacer el amor, dormir, escribir, soñar despierto y olvidarse de todo de cuando en cuando. Pero preferí continuar tomándome mi copa.

– Oye, ¿dónde está Jean-Paul? -preguntó Yan.

– Ha salido a dar una vuelta. Pero por desgracia volverá.

– Oh, Annie, por favor, deja el tema por esta noche, ¿vale? -suspiró Yan.

– Bueno, ¿qué os parecería comer alguna cosa, eh? -preguntó ella.

– Si quieres, puedo ayudarte -le propuse.

– No, creo que no me servirías para gran cosa.

Mientras esperábamos, Yan lió un canuto y nos lo fumamos tranquilamente. Algo crepitaba en la cocina, y yo me encontré en un sillón gigantesco con una sonrisa en los labios y mi copa en la mano.

– Me siento feliz al comprobar una vez más que el placer y el dolor se equilibran -dije.

– Bueno, pues entonces todo va bien. Yo aún no he llegado al final -comentó él.

– Mierda -dije-, tendré que levantarme antes de que este sillón me digiera por completo.

Fui a hacerle compañía a Annie en la cocina. Me encargué de sacar los cubiertos y de ponerlos en una bandeja. Ella había preparado una ensalada formidable, y también huevos fritos y salchichas asadas. Me sentía eufórico.

– Este asunto podía haber terminado muy mal -comentó ella.

Cogí un bote de pimienta de la estantería.

– No hablemos más del asunto -dije yo-. No nos dejes morir de hambre.

En aquel preciso instante oímos que Jean-Paul entraba. Annie suspiró y levantó la mirada al techo.

– Oh, no, el tipo ese siempre tiene que meterse en medio.

Pasé la mano por los hombros de Annie.

– Oye, seguro que es un plasta y todo lo que quieras, pero te ruego que por una vez hagas un esfuerzo. En serio, estamos un poco reventados, ¿sabes? Tampoco puede ser tan terrible aguantarlo por una noche, trata de no fijarte en él, me gustaría pasar una velada tranquila, ¿eh? ¿Estás de acuerdo, verdad? No vamos a perdernos la ocasión de pasar un rato agradable por culpa de ese plasta, ¿no crees?

No me contestó pero se le escapó una sonrisa y yo añadí un cubierto más. Quería mucho a Annie.

Nos presentamos en la sala con la comida. Jean-Paul estaba arrodillado junto a Yan y lo abrazaba.

– Hola -exclamé-. ¿Has visto? Se las he hecho pasar moradas…

– Qué horror, ¿no? Me pone enfermo…

– ¡A la mesa! -anuncié.

En realidad, apoyamos los platos en las rodillas. Yo le cedí el sillón a Annie y me senté en el suelo. Comimos rápidamente, mientras charlábamos como si no hubiese ocurrido nada. Cuando terminamos hice circular unos cuantos porros en todas direcciones para mantener el buen ambiente. Finalmente llegamos a donde yo quería: las cosas empezaron a flotar suavemente.

Puse un poco de música y ayudé a Annie a quitar las cosas. El otro no hizo un solo gesto para levantar ni un plato, se quedó pegado a Yan como un tipo a quien no se le ha abierto el paracaídas. Me quedé con ella en la cocina. Tenía el espíritu sereno.

– ¿Ves cómo es, te das cuenta? -me dijo ella-. Siempre pasa lo mismo. Fíjate en el chorbo que se ha buscado…

– De acuerdo, pero es joven. Es normal que no se preocupe Por los demás. Hay que darle tiempo.

– ¡Claro, pero tú no tienes que vivir en la misma casa que él!

Abrió el grifo del fregadero y vi que la cosa empezaba a hacer espuma de un modo bastante raro. Echó los platos dentro.

– Tú me conoces y sabes que no soy una liosa.

– Claro que no eres ninguna liosa. Eres como las demás.

– Oh, y además, no sé, me siento cansada y cualquier cosa me altera los nervios.

Lavó unos cuantos cacharros y los enjuagó.

– Bueno, y ahora, ¿te sientes nerviosa?

Se rió.

– No, esta noche estoy bien. Me gusta charlar contigo.

Apoyé una nalga en la esquina de la mesa.

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