El policía ya debe haber pasado el parte y seguramente lo andan buscando, piensa Juan Molina. Lo primero que tiene que hacer es descartar la guitarra en algún lugar donde pueda recuperarla. Gira la cabeza a uno y otro lado y entonces, sobre Suipacha, ve los tablones verticales que tapan un terreno baldío. Camina resuelto, comprueba que nadie lo esté mirando, atisba entre la ranura de dos tablas y puede ver que al otro lado hay un montículo de arena. Se aleja un paso, calcula el tiro y arroja con fuerza la guitarra de modo tal que pasa sobre el talud. Vuelve a mirar por el resquicio y suspira aliviado cuando ve que ha caído horizontal en el lugar justo sin dañarse. Entonces toma carrera, da un salto, trepa a la tapia y en dos movimientos precisos, está del otro lado. Busca algún sitio que sirva de escondite y en el que quede protegida. En el fondo hay unas chapas apiladas. Separa una, la eleva del suelo con unos ladrillos y ahí, debajo, oculta la prueba del delito. Vuelve sobre sus pasos y alcanza la calle nuevamente, silbando y sin mirar a los transeúntes que lo vieron descender de las alturas.
Se había hecho la noche. Juan Molina se confrontaba a un dilema sin solución aparente: cada hora que pasaba era un leño más que se agregaba al fuego, pero la idea del regreso lo aterraba. Y así, mientras más dilataba la decisión inexorable, sabía cuánto más brutales habrían de ser las consecuencias. En ese mismo momento la casa debería ser un pandemonio. De sólo imaginar los gritos de su padre, las lágrimas acalladas de su madre, el llanto aterrado de su hermana menor, lo único que anhelaba era que se lo tragara el asfalto. Llegó a albergar la idea de no volver. Pero ya podía ver la angustia de su madre tejiendo las más negras conjeturas. Por otra parte, era un hecho insoslayable que, en verdad, no tenía adónde ir. Había caminado todo el día y tenía el estómago vacío. Las tripas le hacían ruido, retorcidas por el miedo más que por el hambre. Había caminado en círculos. Una y otra vez, como un caballo que no quisiera alejarse de la querencia, volvía a Corrientes. Pero ahora, al doblar por Esmeralda, por primera vez la ve de noche. Queda absorto. Como si un ejército de utileros hubiese preparado los decorados, Juan Molina descubre las luces del centro. Y se escucha tango. Todavía no han empezado a tocar las orquestas, pero ya se escucha tango. En las marquesinas de los cabarets que compiten en fulgores, en los cabriolets americanos desde cuyo interior descienden mujeres que llevan medias de red, en las pantorrillas desnudas, en las boquillas interminables que brotan de las boquitas pintadas, en los trajes de los "nenes bien" que salen a la caza de las chicas "mal", en las chicas "bien" que se ruborizan ante las miradas carnívoras, en las estampidas de los corchos del Cordón Rouge o del Qlicquot, en el interior de los frasquitos que contienen aquel misterioso polvo blanco que se trafica en la esquina, en ese perfume hecho de champán y tabaco, mezclados por un viento que parece insuflado por el fuelle de un bandoneón, en cada baldosa de Corrientes, el tango es una presencia invisible que todo lo contiene. Juan Molina, desde su estatura mínima, disminuida aun más por el efecto de la grandiosidad del paisaje, ahora entona las estrofas de "Corrientes y Esmeralda":
Amainaron guapos junto a tus ochavas
cuando un cajetilla los calz ó de cross
y te dieron lustre las patotas bravas
all á por el a ñ o… novecientos dos…
Esquina porte ñ a, tu rante canguela
se hace una melange de ca ñ a, gin, fitz,
pase ingl é s y monte, bacar y quiniela,
curdelas de grappa y locas de pris.
Plantado en la esquina, Juan Molina canta a voz en cuello como si se resistiera a ser poco menos que nada en aquel universo para él inconmensurable, como quien se rebelara al hecho de pasar inadvertido.
El Ode ó n se manda, la Real Academia,
rebotando en tangos el Royal Pigall,
y se juega el resto, la doliente anemia
que espera el tranv í a para su arrabal.
De Esmeralda al norte, del lao de Retiro,
franchutas papusas caen en la oraci ó n
a ligarse un viaje, que se pone a tiro,
gambeteando el lente que tira el bot ó n.
En tu esquina un d í a, Milonguita, aquella
papirusa criolla que Linnig ment ó ,
llevando un atado de ropa plebeya
al hombre tragedia, tal vez encontr ó …
Quizás a causa del extraño contraste de su tono angelical con'la reciedumbre de la letra, acaso por la pura voluntad de existir en medio de ese mundo en el que hay que ganarse un lugar, empieza a arremolinarse un grupo de gente en torno de Juan Molina. De pronto el tumulto se va ordenando en dos grupos iguales en número y enfrentados entre sí: de un lado los hombres, del otro, las mujeres; los nenes "bien" cabecean a un tiempo a las chicas "mal" y se trenzan en un baile canyengue alrededor del pequeño cantor.
Tu glosa en poemas, Carlos de la P ú a
y el pobre Contursi, fue tu amigo fiel…
En tu esquina rea, cualquier cacat ú a
sue ñ a con la pinta de Carlos Gardel.
Esquina porte ñ a, este milonguero
te ofrece su afecto m á s hondo y cordial,
te promete el verso m á s rante y canero
para hacer el tango que te haga inmortal.
En el mismo momento en que Juan Molina termina de cantar, a pocos metros de la esquina se forma otro tumulto; tiene la ilusión de que aquella nueva muchedumbre se ha acercado para escucharlo a él. Pero de inmediato puede ver que la improvisada coreografía se disuelve y corre poco menos pasando por encima de su diminuta persona. Después escucha un griterío, frenadas de autos, gente apurando el paso, todos agolpándose en la puerta del Royal Pigalle. Impulsado por la misma inercia de la multitud, se encuentra en el ojo del ciclón humano. Entonces levanta la vista y cree estar soñando: a un paso de él, sonriendo y saludando, estrechando manos y devolviendo halagos, ahí está Carlos Gardel. Como un peregrino que después de caminar durante semanas viera La Meca, sin proponérselo, Juan Molina extiende el brazo. Gardel lo toma de la mano, lo atrae hacia él y le despeina el jopo con una caricia. Después no recordará nada más. No sabrá en qué momento se dispersó el tumulto. No sabrá cuánto tiempo pasó hasta que se sorprendió solo y petrificado frente a la puerta del cabaret. Entonces, con una resolución inédita, camina hasta el baldío, busca la guitarra y decide volver a su casa sin importarle lo que le espera.
Juan Molina soportó estoicamente la sentencia sumaria de su padre. A los fustazos de la madrugada, ahora debía agregarle los latigazos de la noche. Se quitó la camisa y, sin oponer resistencia, dejó que se cumpliera la condena. No derramó una lágrima mientras el cinto chasqueaba su furia sobre la carne viva, no profirió un solo grito, ni dejó escapar siquiera un lamento. No había nada que pudiera disuadirlo de su convicción. Solamente tenia que armarse de paciencia para esperar que llegara el gran día.
Muchos años pasaron desde aquel primer encuentro hasta aquel otro en que el auto de Gardel estuvo a punto de incrustarse contra el camión de Molina. Pero, como ya he dicho antes, el destino suele ser insistente y, más adelante, volvería a reunidos, tal como suele suceder en las tragedias.
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