Federico Andahazi - Errante en la sombra

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Errante en la sombra: краткое содержание, описание и аннотация

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Errante en la sombra es una novela musical, un relato que se despliega como un espectáculo frente al cual el lector es a la vez espectador de una trama que transcurre en esa Buenos Aires que una vez fue realidad y ahora es leyenda. Con la naturalidad y el artificio propios de los protagonistas de los mejores musicales, los personajes de esta novela se expresan cantando y bailando, en medio de una historia que por momentos parece una parodia de sí misma. El autor de El Anatomista plasma aquí una nueva forma narrativa. Con indudable maestría, ofrece a un tiempo el placer de la lectura y el de asistir en directo y en primera fila a un inédito melodrama musical tanguero.

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…vos te cre é s que porque habl á s de "ti",
fum á s tabaco ingl é s,
pase á s por Sarand í
y te cort á s la patilla a lo Rodolfo
sos un fif í .
Porque us á s la corbata carm í n
y all á en el Chantecler
la vas de bailar í n
y te mand á s la biaba de gomina
te cre é s que sos un rana
y sos un pobre gil.

No ha terminado la última estrofa, cuando de pronto se queda mudo. En la calle Florida, delante de sus narices, se encuentra con el palacio de sus anhelos: la tienda Max Glücksman. Mira extasiado el piano Stein-way de cola en medio del salón, como si fuese el centro de un sistema solar. Alrededor, flotando en el aire colgados por hilos invisibles, hay contrabajos, violines, clarinetes y otros instrumentos cuya existencia desconocía hasta ese momento. Entra como impulsado por la fuerza gravitatoria de aquel universo hecho de maderas preciosas y bronces pulidos. Camina temiendo que un movimiento en falso pueda provocar un súbito Apocalipsis; de pronto, al distinguir algo en un confín de ese mundo, queda petrificado. Entonces los pianos ingleses, los violines alemanes y los cellos italianos desaparecen. Perdida en un rincón lejano, como una estrella apagada, ahí, vertical y solitaria, descansa una guitarra criolla. No tiene nada en particular. De hecho, se diría que se destaca por su despojada simpleza. Juan Molina se acerca, estira el índice, pero no se atreve a tocarla. A sus espaldas suena una voz:

– ¿En qué puedo servirlo?

Tarda en comprender que se están dirigiendo a él. Gira la cabeza sobre su hombro y ve a un vendedor tan amable que le resulta sospechoso. Nadie le había hablado antes con semejante deferencia. No sabe qué contestar.

– Quizá el joven se la quiera probar -dice el empleado con una sonrisa resplandeciente, al tiempo que toma la guitarra por el mango y la gira con destreza con una sola mano. Antes de que el chico pueda articular palabra, agrega:

– La tenemos en oferta.

Juan Molina duda de que lo que lleva en el bolsillo pueda alcanzar el monto de la oferta: un cigarrillo arrugado, un puñado de pelusa de lana, unas cuantas hebras de tabaco sueltas y, lo más valioso, una cápsula de revólver vacía que lleva como amuleto. Sin embargo, no puede sustraerse al ofrecimiento. Quizá sea la única oportunidad de tener una guitarra entre sus manos. La toma con pavura, se sienta en un taburete, la recuesta sobre el muslo y la acaricia. Pulsa la bordona al aire y apoya la oreja sobre la madera, como si estuviese probando la resonancia de la caja, pero no es más que una excusa para abrazarla. Se aferra a la guitarra como queriendo que aquel romance no termine nunca. Hasta ese momento sostiene la creencia de que el canto y la guitarra guardan una relación natural. Vuelve a tañer la cuerda y sólo entonces descubre que no sabe tocar. La abraza con más fuerza, apretando la cara sobre el lomo lustrado, esta vez para ocultar un llanto ahogado. No tiene forma de sacarle sonido ni puede quedársela para descifrar, con el tiempo, su femenina naturaleza. Y así, aferrado al cuerpo curvilíneo de la guitarra, empieza a canturrear un tango desconsolado:

Si pudiera un suspiro arrancarte,
si supiera un acorde templar,
si mis manos torpes, principiantes,
tuviesen el arte
de saberte acariciar

Abrazado a tu fina cintura
de naifa bien milonguera,
recorriendo tu hermosura
te miro y no s é qu é hacer
m á s que rogarte y querer
que seas mi compa ñ era.

No es de machos sollozar
sobre el hombro de una mina,
te juro que me da inquina,
no s é por d ó nde empezar
entendeme, coraz ó n,
soy apenas un pich ó n
que a ú n no aprendi ó a volar.

Ay, no me dig á s que no,
no me negu é s tu querer,
vig ü ela, ya vas a ver
que ninguno como yo
te va a saber entender.

No s é cu á ndo, no s é c ó mo,
pero te juro, vig ü ela,
que voy a hacerme de aplomo,
que esto no termina aqu í ,
yo s é que en un d í a de estos,
a la luz de una candela,
vas a decirme que s í .

El vendedor, ajeno a las íntimas tribulaciones musicales del chico, le dice:

– También ofrecemos créditos a sola firma; se la lleva hoy, la empieza a pagar el mes que viene.

Entonces Juan Molina separa lentamente la cara de la guitarra, se pasa el puño de la tricota por los ojos, se incorpora y, sin soltar la guitarra, midiendo la distancia que lo separa de la puerta, calculando los obstáculos que se interponen, susurra:

– Está bien, la llevo.

No termina de decir la frase cuando, aferrando la guitarra bajo el brazo, sale corriendo. Primero esquiva al vendedor que se pone en su camino con los brazos abiertos, después salta un acordeón refulgente que descansa sobre un pedestal bajo, bordea la cola del piano y, finalmente, alcanza la puerta, que lo espera abierta de par en par. Corre contra la multitud, escuchando a sus espaldas los gritos del empleado que va tras él. La marea humana que inunda Florida le juega a favor: su baja estatura y su pequeña y escurridiza persona le permiten abrirse paso como una liebre entre el follaje. Está por alcanzar la esquina de Viamonte cuando, desde la nada, justo frente a él, ve cómo se alza la figura de un policía. En una fracción de segundo imagina el calabozo de la Primera, piensa en el oprobio y la furia de su padre teniendo que admitir ante el comisario que su hijo es un ladrón, puede escuchar el llanto de su madre, los comentarios de los vecinos y, otra vez, los fustazos de cinto sobre la espalda.

En ese momento puede sentir la mano del policía que lo toma de la muñeca. No está dispuesto a entregarse sin luchar. Se aferra a la guitarra como si fuera la única certeza, abre la boca cuanto puede y muerde. Muerde y tira del dedo meñique del policía con la firme convicción de un perro. De pronto y sin entender por qué, está libre y corriendo nuevamente, se cerciora de no tener el dedo de su captor en la boca y continúa su carrera. En Corrientes se detiene exhausto y puede comprobar que ya nadie lo persigue. Pero la guitarra es un botín demasiado evidente que lo delata como un traje de preso. En su cabeza resuenan frases en letra tamaño catástrofe, tales como: "Robo, desacato, agresión a la autoridad". Ya puede verse picando piedras en la recóndita Ushuaia, a la vez que, para sí, canta "La gayola":

Me encerraron muchos a ñ os en la s ó rdida gayola
y una tarde me libraron…pa'mi bien… o pa'mi mal…
Fui vagando por las calles y rod é como una bola…
Pa' comer un plato 'e sopa, ¡ cu á ntas veces hice cola!
Las auroras me encontraron largo a largo en un umbral.

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