Diane Liang - El Lago Sin Nombre

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Cuando los tanques entran en la plaza de Tiananmen, la vida de Diane Wei Liang cambia para siempre. Estudiante de la Universidad de Pekín, ella y su amigo Dong Yi participan en una demostración pacífica que provoca la respuesta sangrienta y dura del gobierno chino. La condena política en todo el mundo no cambia el hecho de que esta terrible masacre ocurrió ante los ojos de millones de personas.
Los dramáticos acontecimientos del 4 de junio de 1989 pusieron fin a los sueños de una vida mejor, de democracia, libertad… y de amor de muchos jóvenes, chinos. Entre ellos, Diane y Dong Yi, que deben huir de Pekin y no vuelven a verse.
Siete años más tarde, Diane regresa a su país natal para tratar de encontrarlo. Entonces recuerda su infancia y juventud, sus años universitarios y aquellos trágicos sucesos.
El lago sin nombre es el relato de Diane que fue testigo de aquel traumático periodo. Nos presenta un viaje personal a su propio pasado, una historia de amor, así como un testimonio político que nos lleva desde la Revolución Cultural hasta un momento determinante en la historia reciente de China.

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Salimos juntos y nos despedimos.

Había muchas cosas que hacer, gente a la cual ir a ver, personas queridas a quienes informar y planes que discutir. Anochecía.

Capítulo 17: Una promesa que cumplir

«No es fácil volver a encontrarse, pero aún es más difícil decir adiós. El viento del este nada puede hacer para evitar la muerte de cientos de flores.»

Li Shangyen, siglo ix

El ejército no asaltó el campus el 4 de junio, ni tampoco compareció al día siguiente. Pero corría el rumor de que un gran número de soldados vestidos de civil se estaba abriendo paso hacia el distrito universitario y acuchillaba a quienes llevaban puesto el brazalete negro que honraba a los muertos. También había rumores de que el 27.° regimiento, responsable de las matanzas en Muxudi y en el bulevar de la Paz Eterna, se había enzarzado en una pelea con el 38.° regimiento, el que había desalojado la plaza de Tiananmen, lo cual era indicio de luchas políticas en el seno del alto mando del ejército. Luego resultó que ambos rumores eran falsos, pero en aquellos momentos tuvieron un tremendo impacto psicológico sobre la gente y la moral de la ciudad.

Abajo, en el patio, Eimin y yo vimos a Li que aguardaba con inquietud a su novio Xiao Zhang.

– ¿Dónde está? -le pregunté.

– En la imprenta. Están desmontando el equipo.

– ¿Y el material de propaganda y los periódicos?

– Quemados. No tiene que quedar nada para el ejército -respondió Li.

– ¿Vendrá el ejército?

– Vendrá; tal vez no hoy ni mañana, pero vendrá.

– Es una pena que la emisora haya cerrado -dijo Eimin-. Me siento como un ciego, sin saber lo que está ocurriendo.

Xiao Zhang apareció por entre los edificios, cargado con un gran paquete envuelto en periódicos. Li dejó de hablar y corrió a ayudarle.

– ¿Qué es esto? -preguntó Eimin-. Parece pesado. ¿Necesitas ayuda?

– No, gracias. Vamos a tener que esconder las piezas en casa de la gente. Ésta es para tu habitación, Li; ¿te parece bien?

– Por supuesto. Llevémosla arriba. Wei, ¿por qué no os trasladáis Eimin y tú a casa de tus padres? Estaréis más seguros fuera del campus -dijo Li-. Yo lo haría si mis padres vivieran en Pekín.

En cuanto Li y Xiao Zhang se fueron, Eimin y yo comentamos la idea de irnos a vivir con mis padres. Al otro lado del patio, una familia cargaba unos sacos en sus bicicletas; por lo visto ya se marchaban.

– Sólo hay dos dormitorios y mi hermana ya está allí -apunté. Creía que la idea tal vez fuese acertada, pero no práctica.

– Al menos puedes ir tú. Yo me quedaré aquí -contestó Eimin con tono firme.

– No puedo permitir que hagas eso. O nos vamos los dos o me quedo.

Al final decidimos consultarlo primero con mis padres. También era hora de que les dijéramos que estábamos bien.

Como medida de seguridad, la universidad había cerrado todas las puertas menos la del sur y ya no se permitía la entrada a los vecinos de la zona. No pasaban autobuses por la calle Haidian, tan sólo unos cuantos ciclistas que se desplazaban por aquella vía por lo común ajetreada.

Eimin y yo recorrimos la tranquila calle en dirección oeste mientras el sol nos quemaba los brazos desnudos.

– ¿Sois estudiantes?

A nuestra espalda oímos el traqueteo de un pinbanche. El conductor nos miró.

– No, no somos estudiantes. Yo soy docente y ella se licenció el año pasado. ¿Por qué lo preguntas? -contestó Eimin evitando pronunciar las palabras «profesor universitario».

– ¡Oh, no os preocupéis! Sólo soy un conductor de carretilla, no soy ningún policía de paisano. Yo estaba allí anoche.

– ¿Dónde es allí? -le pregunté con cautela.

– En el bulevar de la Paz Eterna. Esperaba conseguir algún trabajo por la noche. Vi cómo abrían fuego. No soy idiota, ¿sabéis?

– No.

– Puede que venga del campo, pero sabía que eran balas auténticas. Cuando dieron en el cemento, me dije que aquello eran balas de verdad, seguro.

– ¿Viste allí a algún estudiante? -le pregunté.

– Sí, estudiantes, vecinos, mucha gente. La gente de ciudad no lo sabe, sólo empezaron a correr cuando vieron la sangre derramada. Pero yo ya lo sabía.

Nosotros no dijimos nada. Pero a él no pareció importarle y siguió hablando, como si tuviera muchas cosas en la cabeza de las que necesitaba deshacerse y rápido.

– Hoy he intentado volver al centro, creyendo que ahora estaría todo más tranquilo y tal vez consiguiera trabajo. Ya lo creo que estaba tranquilo. Había soldados por todas partes, las calles principales estaban cortadas. Pasé cerca de la carretera de circunvalación, pero no había nadie que quisiera alquilar una carretilla. Si esto sigue así me voy a morir de hambre. O me moriría si me quedase. No se gana mucho dinero cultivando grano, pero al menos no te disparan. Me largo a casa. Voy a recoger mis bártulos y me iré a casa a ver a mi mujer. No soy idiota, ¿sabéis?

Giramos para abandonar la calle principal. Nos despedimos de él y le deseamos buena suerte. El hombre siguió su camino hacia el oeste. Al cabo de unos minutos volví la cabeza y vi cómo charlaba con otros ciclistas.

– ¿Crees que es un conductor de carretilla de verdad? -le pregunté a Eimin.

Los rumores habían hecho que no me fiara de los desconocidos. Durante todo el tiempo que estuvo hablando el conductor, no había dejado de preguntarme si no intentaba inducirnos a decir algo que nos pudiera incriminar.

– Yo lo he creído -contestó Eimin, sorprendentemente tranquilo-. Tiene un fuerte acento y hablaba como una persona inculta. No te preocupes. Aunque fuera de la policía secreta, no nos pasaría nada. No hemos dicho nada que pueda causarnos problemas.

Mi madre se sintió aliviada al vernos. Mi padre, diligente, se había ido a trabajar, tal como había hecho cada lunes durante los últimos treinta años.

– ¿Dónde está Xiao Jie? -pregunté.

– Se fue a ver a Lu Yian, por supuesto. Siempre está allí.

Lu Yian era amiga de mi hermana desde la niñez. Vivía en el edificio de al lado. Sus padres eran compañeros de trabajo de mi madre.

– Espero que tuvierais el buen tino de no salir el sábado -dijo mi madre, mientras nos tendía dos botellas de coca-cola.

– No, no salimos.

– Estaba muy preocupada, pero tu padre dijo: «Wei es una ingenua, pero Eimin la detendrá».

Eimin sonrió.

– Deberíais venir a casa. Es demasiado peligroso que os quedéis donde estáis. La Universidad de Pekín es el siguiente gran objetivo, sobre todo ahora que han desalojado la plaza.

– Pero ¿cómo os las arreglaríais? Xiao Jie está en casa y nosotros somos dos.

– No te preocupes por eso. Tu padre y yo lo hemos hablado. Nosotros dormiremos en el salón. ¿Te acuerdas de aquella cama plegable? La sacaremos. Yo puedo dormir en el sofá.

– Pero ¿por cuánto tiempo, mamá? Puede que por unos días no haya ningún problema, pero será complicado si tenemos que quedarnos mucho tiempo.

– El tiempo que haga falta. Vivimos en el campo de trabajo cuando eras una niña y luego fuera, en el patio, cuando el terremoto de Tangshan. No habrá problema.

De manera que decidimos irnos a vivir con mis padres.

– Será mejor que nos vayamos ahora para poder recoger las cosas y estar de vuelta antes de que oscurezca -dijo Eimin, para quien era también un alivio poder marcharse del campus de la Universidad de Pekín.

– El teléfono ya vuelve a funcionar -anunció mi madre-. Llama si necesitas hacerlo.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando regresamos a la Universidad de Pekín. Subí arriba a hacer las maletas mientras Eimin iba a la oficina para ver si había algo allí que tal vez quisiera llevarse. Abrí la puerta con la llave y vi que había una nota en el suelo. Alguien debía de haberla deslizado por debajo de la puerta.

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