Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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»Hasta que volví a Pekín no tuve noticia de la muerte de tu padre. El relato oficial era que había muerto de una enfermedad en la cárcel. Fui a ver a tu madre, fue la única vez que accedió a verme. Quería saberlo todo sobre él. Qué tipo de comida comía, si estaba de buen ánimo, si pensaba en las niñas, qué había dicho sobre ella, por qué no le había escrito. Pensé que nunca había recibido información alguna sobre él, así que le conté todo. Buena parte de ello no fue para ella sorpresa, pero aun así se lo tomó muy mal. Cuando le conté que tu padre había dicho que nunca la perdonaría, lloró.

El hombre elegante hizo una pausa y tomó un sorbo de Wuliangye para humedecerse la garganta. Mei creyó ver un brillo de tristeza en sus ojos.

Él hizo una larga inspiración y se recompuso.

– ¿Conoces a mi hijo? -las comisuras de su boca se alzaron en una sonrisa amarga mientras Mei negaba con la cabeza-. Pues no te pierdes nada. Es un auténtico desastre, y me desprecia. Lo único que quiere de mí es usar mi coche y que le proteja cada vez que él o su amigo Wu el Padrino se meten en líos. Me dijeron que este bar era uno de sus caladeros preferidos. No nos vemos mucho el uno al otro últimamente: él sale tarde a perseguir mujeres y luego duerme toda la mañana. Sé que mi hijo es un canalla, pero ¿qué le voy a hacer? Él es lo único que tengo.

»En China lo que cuenta es el poder. El dinero no habría podido llevar a tu madre al Hospital n º 301, pero yo sí puedo, mi poder puede. Pero el poder no dura. Un día yo me moriré, y entonces ¿qué? ¿Qué va a ser de mi hijo si no estoy yo para protegerle? No resistirá la cárcel. Nunca ha sido capaz de soportar el sufrimiento. Es una de esas personas de cabeza débil. En la Revolución Cultural le enviaron a las montañas a ser reeducado. Quizá habría muerto de no ser por Wu el Padrino.

Volcó la cabeza hacia atrás, vació lo que le quedaba en el vaso y se limpió la boca con un flamante pañuelo blanco.

– Las personas como Zhang Hong destrozan vidas, la suya y las de los que les rodean. Alguien tenía que hacer algo. Nuestra sociedad está mejor sin gente como él.

»¿Por qué me miras de esa forma? No, tú no puedes juzgarme. No tienes derecho. Hice lo que tenía que hacer, igual que tu madre hizo lo que tenía que hacer. No había lugar para la moral en los tiempos de la Revolución Cultural. Uno sobrevivía a cualquier precio. Vosotros los jóvenes no lo entendéis. Os comportáis siempre como si fuéramos unos monstruos.

Song trató de impulsarse hacia arriba. Se tambaleó como si se hubiera perdido algo en su interior, algo que necesitaba para estabilizarse. Al segundo intento se levantó despacio, con el cuidado de quien ha bebido demasiado.

– Hazme el favor de irte a estar con tu madre. Hablé con el hospital antes de venir: me han dicho que se va a recuperar.

»Más tarde o más temprano nos llegará el momento. Lo único que nos queda ahora es esperar. Pero ¿sabes qué? La espera ha sido más dura de lo que pensé. Todo lo que has hecho mal en la vida te alcanza y se te come. Puede que sea así como nos vamos todos, cuando no nos queda corazón para sufrir.

Se dirigió a la puerta. Mei se puso también de pie y se le acercó para ayudarle.

Song la apartó como si ella fuera una rosa matutina, demasiado espinosa para tocarla. Enderezó el cuerpo. Las manos le temblaban un poco, pero ahora estaba firme.

– No, no importa. Ya no importa. Pero sí que quiero proteger a mi hijo y dejarle algo que le pueda mantener por mucho tiempo cuando yo ya no esté. He oído decir que el dinero es lo único que se necesita en Estados Unidos.

Se asió a la puerta de palo de rosa y empujó para abrir una de sus hojas.

– Deja de buscar el jade. Ya no existe -se dio la vuelta-. Chen es un cobarde, siempre haciendo que otras personas le resuelvan el trabajo sucio. Por eso tu madre nunca pudo enamorarse de él. Pero él se quedó por allí cerca, como una sombra sin forma, un oído sensible, siempre cerca. Nunca ha llegado a ningún sitio y nunca lo hará. Si quiere cazarme a mí, dile que venga y lo haga con sus propias manos.

Mei le vio cruzar el bar vacío con pasos pequeños, precisos. Mantenía la espalda recta. Cuando llegó a la puerta, la abrió y salió andando a la lluvia. El viento había aflojado. Su conductor corrió desde la orilla del canal, con un paraguas en alto para cubrir a su jefe.

Capítulo 34

Mei colocó la silla más cerca de la cama de su madre y se sentó.

Había un tubo pegado con esparadrapo justo debajo de las ventanas de la nariz de Ling Bai. Largos cables que se distinguían por colores, como las líneas de metro en un mapa, la ligaban a una pantalla de números en constante cambio.

Aunque Ling Bai estaba más o menos igual que la última vez que la había visto, Mei tuvo la sensación de que por debajo de la fachada había ocurrido algo notable. Vigiló el sueño de su madre, su respiración tranquila y estable. La expresión de su cara se había suavizado. Tenía cierta frescura, puede que hasta un ligero indicio de color en las mejillas.

Mei estuvo un rato sentada mirando a su madre. Luego se acercó de puntillas a la ventana donde la tía Pequeña estaba dormitando.

Mei le dio golpecitos en el brazo:

– Tía Pequeña -le dijo-, ¿por qué no te vas a casa? Yo me quedo con Mamá.

La tía Pequeña abrió los ojos.

– Estoy bien. Está casi amaneciendo.

Las dos decidieron quedarse. La tía Pequeña añadió agua caliente a las hojas de té usadas de su taza y se la pasó a Mei. Se sentaron junto a la ventana y compartieron el té, separadas por una generación y unidas por el amor.

La tía Pequeña señaló al hombre que había en la otra cama.

– Lo han traído hace sólo unas horas. Un suicidio. Es un soldado.

– ¿Dónde está su familia?

– No tiene pinta de tener familia en Pekín.

El hombre gruñó un poco.

Mei miró a su tía; igual que ella, había heredado la fuerte nariz de sus ancestros. Las arrugas habían empezado a reclamar su cara. Las venas se extendían por sus brazos y por el dorso de sus manos como yedra.

La tía Pequeña no advirtió la mirada de Mei. Sorbía su té y contemplaba las luces que cambiaban de color en la pantalla. No sabía cómo le dolía a Mei el corazón.

– ¿Tú, alguna vez…? -Mei empezó tímidamente-, ¿has tenido dudas?

– ¿Dudas sobre qué?

– Sobre todo aquello que ocurrió en la Revolución Cultural, sobre las cosas que hiciste y las decisiones que tomaste.

– Por supuesto que las teníamos. El país entero tenía dudas, durante diez largos años desde el final de la Revolución Cultural. Pero ¿de qué sirve insistir sobre el pasado? Nadie puede cambiarlo en nada -la tía Pequeña le pasó la taza a Mei-. Éramos como un rebaño ovejas que llevaban de aquí para allá. No teníamos mucha elección.

– ¿De verdad? Todo el mundo tomó sus decisiones. Mamá nos sacó del campo de trabajos forzados, pero dejó a Papá allí. Papá eligió creer en sus ideas. Hubo gente que mató, y otros traicionaron a su familia y a sus amigos. Todos tomamos nuestras decisiones.

– Pero no puedes comparar lo que tenéis ahora con lo de tu madre o tu padre. Nosotros hemos vivido una época muy diferente. Era como una guerra civil, llena de vida y muerte. La mayor parte del tiempo no teníamos ningún control de las cosas.

– ¿Pero qué habría pasado si hubierais tenido control? ¿Y si uno sabía que estaba mandando a alguien a la muerte?

– ¿De qué me estás hablando?

Mei tenía muchas ganas de contarle a la tía Pequeña lo que sabía, pero no fue capaz de decir una palabra. El peso de los secretos de su madre, que ahora guardaba ella, la aplastaba. Estaba maldita: se había criado con amor envenenado, y envenenado estaba también su propio amor.

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