Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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La luz tranquila del sol, los gorriones que revoloteaban rápidos entre los árboles y las difusas campanas del Templo de los Lamas, todo parecía parte de un cuento de hadas.

– ¡…nos días!

– ¿Qué, sacando los pájaros a pasear?

Dos hombres se saludaban. Mecían sus jaulas de pájaros de un lado a otro. Llevaban camisas blancas de cuello mandarín y pantalones oscuros.

Fue en la plaza de más allá de la arboleda, en medio de los pajareros y sus jaulas colgadas de las ramas, con el canto de los arrendajos azules y los canarios amarillos, donde Mei encontró al tío Chen.

El tío Chen estaba haciendo taichí con un grupo de unas cincuenta personas. De lejos parecían una multitud echando una carrera lenta: estaban todos en cuclillas. Vuelto de espaldas, el profesor se movía ajeno a sus discípulos, que copiaban sus movimientos con calma y precisión.

El chándal beis del tío Chen le apretaba la tripa como un amigo, dejándole poco espacio para respirar. Cuando vio a Mei, dejó de «tejer la seda», se disculpó con una inclinación y zigzagueó para salir del grupo.

– Me ha dicho la tía Chen que te encontraría aquí -dijo Mei.

– Ha sido idea suya que haga taichí. Para adelgazar, me dice. Yo, sinceramente, preferiría quedarme durmiendo los domingos -el tío Chen se enjugó el sudor de la frente con la manga del chándal.

– ¿Hay algún sitio donde podamos hablar?

– Claro. ¿Has desayunado?

Mei negó con la cabeza.

Se dirigieron hacia la entrada que daba al este, a contracorriente de los remolinos de brazos. Algunos de ellos le lanzaban un hola o un asentimiento cómplice al tío Chen, que les correspondía cumplidamente. Tenía orgullo en la mirada. En compañía de Mei se le veía no más ancho, sino más alto.

Los vendedores ambulantes habían plantado sus hornillos en la calle de la Comida Exquisita. Dados de queso de soja y carne picante de vaca crepitaban en las planchas de freír de hierro. El humo de las parrillas de carbón flotaba por todas partes. Los vecinos se saludaban calurosamente unos a otros, y clientes y vendedores gritaban.

– ¿El hermano pequeño todavía se hace pis en la cama?

– Gracias a Dios que no es más que mi nieto.

Las guindillas y los granos de pimienta de Sichuan recién fritos chisporroteaban, levantando una ráfaga de toses.

– Jefe, no se pase con la guindilla, ¿eh? -un hombre abanicaba el humo con la mano.

– ¡Si no pica, no sabe! -gritó el hombre de ojos negros desde detrás de una nube de vapor.

– Vamos al salón de té -el tío Chen le tiró del brazo a Mei-. La tía no me deja comer en la calle. Le parece que ésos no son sitios limpios.

El salón de té tenía la fachada abombada y la pintura desconchada. Tuvieron que darle un empujón a la puerta, que al parecer se atascaba. Dentro, la sala estaba húmeda y llena de humo.

– Éste es del Estado. Es caro, pero está limpio -dijo el tío Chen.

Encontraron una mesa en un rincón. El tío Chen se dirigió al mostrador. A los cinco minutos volvió con dos cuencos de sopa de arroz con huevo en salmuera, dos cestillos de bollitos Dragón y un plato pequeño de encurtidos.

Se sentó del otro lado de la mesa. Empujó un cestillo hacia Mei y le dijo que comiera:

– Los jóvenes como tú necesitáis comer para haceros fuertes.

Se atragantó: la sopa estaba caliente.

– ¿Has encontrado el jade? -el tío Chen miró con ansiedad a Mei.

– En realidad no he venido por lo del jade.

– Ah, pensé que… -el tío Chen le dio un mordisco a un bollito Dragón. Un reguero de aceite manó de la comisura de su boca; se lo limpió rápidamente con la mano-. ¿Entonces de qué quieres hablarme? -preguntó.

Mei empujó con los palillos los huevos en salmuera, hundiéndolos en la sopa de arroz. No tenía hambre. Contempló cómo devoraba el tío Chen los bollitos Dragón.

– ¿Quién se está ocupando de mi madre? ¿Son los servicios secretos? -preguntó.

Una lámina de rábano en vinagre se le atravesó en la garganta al tío Chen, que tosió:

– ¿Qué te ha hecho pensar eso?

Mei frunció el ceño.

– Lo sé, tío Chen. La tía Pequeña nos lo ha contado. Tú también eres uno de ellos -apartó su cestillo de bollitos Dragón-. Tú lo sabías, ¿verdad? Por eso no te sorprendiste lo más mínimo cuando te dije que habían trasladado a mi madre.

El tío Chen enterró la cara en el cuenco de sopa. Un largo silencio cayó como una pluma.

– Song dijo que él se ocuparía -dijo al fin el tío Chen, de forma casi inaudible.

– ¿Y él quién es?

El tío Chen apoyó los palillos sobre el cuenco de sopa y se enjugó la cara con sus manos rosadas.

– Ésa es una pregunta fácil de difícil respuesta -se inclinó hacia delante-. Nunca verás su foto, ni su nombre siquiera, en los periódicos. Uno ve a Song y se figura que es un limpio funcionario de grado medio de alguna unidad de trabajo sin rostro. Y no, es un hombre que puede decidir la vida o la muerte si quisiera.

A dos mesas de allí había gente que se iba, arrastrando las sillas en el suelo y hablando fuerte. El tío Chen esperó hasta que hubieron salido y luego continuó:

– Yo seguí a tu madre hasta Pekín cuando vinimos a la universidad. No dejamos de ser buenos amigos, pero en aquellos años parecía que ella iba por delante: las mujeres maduran mucho más deprisa a esa edad. Por la época en que entró en el Ministerio de Seguridad del Estado, habíamos derivado cada uno hacia un lado. Quizá por eso luché tanto por meterme en el cupo de ese mismo ministerio. Por lo que puedo recordar, ésa fue la única vez en mi vida que competí por algo con tanta determinación. Pensaba que si entraba en el mismo ministerio podría reavivar el tipo de relación cercana que teníamos en Shanghai, y que quizá algún día ella llegaría a verme como algo más que un amigo.

El tío Chen miró a otro lado. Su voz se iba irritando.

– Pero, por supuesto, el ministerio era inmenso. Tu madre y yo no trabajábamos exactamente juntos, si es que puede decirse así. En realidad, ella vivía y trabajaba dentro del recinto principal del Jardín de Poniente, mientras que yo trabajé primero en una unidad especializada cerca del Jardín del Bambú de Púrpura y luego en la Agencia de Prensa Xinhua.

»Aun así se renovó nuestra amistad, porque pertenecíamos al mismo ministerio y hacíamos trabajos parecidos. A veces pasábamos juntos los domingos. Por aquel entonces la semana tenía seis días, y el domingo era el único día libre. Tu madre le gustaba a mucha gente y tenía muchos amigos; pronto todos nos fuimos conociendo. Así fue como conocí a Song, que era el jefe del grupo de ella en aquellos tiempos.

»Song tenía dos años más que tu madre. Era alto y guapo, era una estrella. A mí no me caía bien. Puede que me sintiera amenazado por él… pero entonces me sentía amenazado por mucha gente. Había algo en él que siempre me dejaba intranquilo, tenía siempre la sensación de estar siendo observado. Es muy raro, ya lo sé, pero así es como me sentía. Como si él tuviera un tercer ojo.

»Tres años más tarde empezó la Revolución Cultural y las cosas se pusieron mucho más oscuras. Se abrían los expedientes secretos y se creaban otros nuevos. La gente era denunciada por una razón u otra, especialmente si habían dicho o escrito cualquier cosa que pudiera considerarse «antirevolucionaria». Pronto la gente empezó a morir en grandes cantidades, de formas horribles. Yo conocí a un tipo que fue apaleado hasta la muerte porque llevaba jerséis de cachemira de marca extranjera. ¡Qué locura fue todo aquello!

» La Revolución Cultural fue un golpe para tu madre. Cuando estuvimos en Luoyang, se quedó asombrada al ver lo que estaba ocurriendo en la calle.

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