Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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– Los apartamentos tienen que ser muy caros -dijo la tía Pequeña con envidia.

– Lo son, y además te tienen que dar el visto bueno los directores del proyecto. Quieren sólo a la gente más respetable -Lu se estaba animando. La cara le brillaba de autosatisfacción.

Mei la miró estupefacta.

– ¿Fue por eso por lo que no fuiste ayer a ver a Mamá? ¿Porque estabas comprándote un apartamento nuevo?

– Era importante. Llevábamos meses esperando a que nos dieran la aprobación.

– ¿Más importante que ocuparte de tu propia madre? -le espetó Mei.

– No me critiques a mí. Tú tampoco estabas allí -replicó Lu.

– Qué egoísta eres. Sólo te preocupas de ti misma. «Ay, no puedo ir a ver a mi madre, que se está muriendo, porque tengo que ir a comprarme un apartamento más grande y mejor.»

– ¿Que yo soy egoísta? -Lu se puso de pie, los almendrados ojos llameando de rabia-. ¿Qué has hecho tú por Mamá? Yo he traído a la tía Pequeña de Shanghai y he pagado todos sus gastos. También habría pagado los gastos de hospital de Mamá, que muy bien podrían haberle salvado la vida. ¿Y qué puedes hacer tú? Nada; porque no tienes nada. Eres un gran fracaso. De hecho, lo único que has hecho siempre ha sido dar disgustos a Mamá. Probablemente es culpa tuya que esté en el hospital.

Mei se levantó.

– ¿Cómo te atreves? Yo quiero a Mamá. Haría cualquier cosa por ella. ¡Tú has triunfado porque has utilizado a todas las personas que has conocido!

– ¡Chicas, chicas! -la tía Pequeña se puso de pie, moviendo los brazos como una demente-. ¡Parad ahora mismo este absurdo! -gritó-. Le rompéis el corazón a vuestra madre -de pronto rodaron lágrimas por sus mejillas-. ¿Tenéis idea de todo lo que ha pasado vuestra madre? Esto no está bien, sobre todo después de lo que ella ha hecho por vosotras.

Mei y Lu cogieron cada una de un brazo a la tía Pequeña y la ayudaron a sentarse en el sofá. Lu trajo rápidamente un paquete de clínex. La tía Pequeña lloraba, ora gimiendo dolorosamente, apretándose el pecho, ora haciendo mudos pucheros. Las hermanas contemplaron las lágrimas que se vertían por sus mejillas como si no tuvieran fin. Las conmocionó que su tía, a quien siempre habían conocido como la feliz hermanita menor de su madre, pudiera albergar tanta pena en su diminuto cuerpo; le temblaban los hombros, tenía los ojos rojos y llenos de aflicción.

– Háblanos de eso -dijo Mei. Le echó una mirada a su hermana: no la había perdonado, pero ahora tenían que dejar de lado sus diferencias y hablar con la tía Pequeña.

– Queremos saberlo -dijo Lu.

La tía Pequeña sacudió la cabeza:

– Le prometí a vuestra madre…

– Tía Pequeña -la dulce voz de Lu tenía autoridad-. Yo sé que Mamá no habría querido tener secretos para mí si supiera que se iba a morir.

Mei le sirvió una taza de té a la tía Pequeña. La fragancia del jazmín llenó el aire.

– Tía Pequeña, cuéntanos, por favor. Nosotras ya hemos descubierto muchas cosas. Sabemos que Mamá y el tío Chen trabajaron juntos. ¿Cuándo fue eso? ¿Qué hacía Mamá?

Poco a poco, la tía Pequeña dejó de sollozar. Se enjugó la cara con un clínex limpio y cogió la taza de té.

– Tendré que empezar por el principio -dijo pausadamente, mirando a las pipas de girasol del cuenco de cristal como si les estuviera hablando sólo a ellas.

Sus sobrinas asintieron. La presión en el cuarto había llegado a tal intensidad que daba la impresión de que una palabra más o un simple movimiento podían hacer que aquella confrontación se viniera abajo.

Despacio, suavemente, la tía Pequeña empezó:

– Vuestra madre fue seleccionada por el Ministerio de Seguridad del Estado antes incluso de licenciarse en la universidad. Hablaba bien el ruso, era una estudiante brillante y disciplinada, y además la representante del Partido Comunista en su clase. Sí, entró en los servicios secretos. Era un trabajo de mucho prestigio, como os podéis imaginar.

»Lógicamente, había mucha reserva: nunca podía decirme exactamente lo que hacía, y a veces ni siquiera dónde estaba. Pero yo sabía que era feliz. Se hizo nuevos amigos y volvió a conectar con viejos amigos, como el tío Chen, que también entró en el ministerio. Y conoció a vuestro padre, un joven escritor en alza, atractivo e inteligente. Vuestra madre se enamoró profundamente.

»Luego vino la Revolución Cultural. De pronto las instituciones, lo que solíamos llamar la Vieja Guardia, se convirtieron en enemigos del Estado. Yo me alisté en las Guardias Rojas, como tantos millones de adolescentes. Viajábamos por el país rebelándonos contra lo antiguo. Al poco tiempo, el país entero estaba siendo puesto patas arriba. Entonces vuestro padre fue denunciado y enviado a un campo de trabajos forzados por sus opiniones contra Mao. Vuestra madre fue con él, llevándoos a vosotras dos.

»Cuando por fin volvió a Pekín, había estado un tiempo enferma y había adelgazado mucho. No sé cómo os rescató vuestra madre del campo de trabajo, nunca me habló de eso. Pero sé que tiene que haber sido un infierno para ella. Uno no salía así como así de un campo de trabajos forzados.

»Ella había cambiado. Vuestra madre era guapa de joven. Pero cuando volví a verla después del campo de trabajo, parecía vieja y su belleza había desaparecido; estaba triste y hacía grandes esfuerzos para escapar de la desgracia que parecía estarla consumiendo. Había perdido su casa, su marido y su trabajo. No tenía esperanza alguna, aparte de vosotras dos.

»Es probable que no os acordéis de lo duro que fue cuando os estabais criando. Os iban trasladando de aquí para allá, a cualquier sitio donde hubiera un cuarto libre, y nunca os llegaba para comer. Tu madre luchó mucho, hasta que al final le dieron el trabajo en la revista.

– ¿Qué pasó con su trabajo del Ministerio de Seguridad del Estado? -preguntó Mei.

– Lo perdió. Como estaba casada con tu padre y había ido con él al campo de trabajo, ya no era una revolucionaria roja. Ya no podía seguir trabajando para el Ministerio de Seguridad del Estado.

– ¿Y por qué ahora el ministerio se está ocupando de ella? -preguntó Lu, brillantes sus ojos de almendra.

– No sé si será el ministerio. No ha tenido nada que ver con ellos en veinticinco años -la tía Pequeña parecía reacia a continuar.

– ¿Pero quién si no podría tener tanto poder? -Lu frunció el ceño.

La tía Pequeña sacudió la cabeza.

– Sea quien sea, ojalá hubiera llegado antes. Así ella no habría sufrido tanto. Mi pobre Hermana Mayor. Estaba sola y la salud se le iba. No debería haber sido así. Se suponía que ella lo tenía todo: belleza, inteligencia, pasión y un futuro brillante. Pero tuvo que casarse con vuestro padre.

– ¿Tú sabes lo que le pasó a él? -durante veinte años, Mei había esperado a que alguien le diera una respuesta-. ¿Cómo murió?

– No lo sé y, francamente, creo que no deberías preguntar por él. Sobre todo ahora. ¿Por qué siempre te ha importado tanto tu padre? Eso es lo que suele poner triste a tu madre. Vuestro padre está muerto, y os destrozó la vida. Es vuestra madre la que ha sufrido, la que os ha querido y os ha criado. Espero que entendáis las dificultades que ha tenido que pasar. Escaló un monte de dagas y buceó en un mar de fuego por vosotras dos. Estáis hoy aquí porque ella os eligió. Eligió quereros a vosotras.

A medida que la tía Pequeña pronunciaba estas palabras, empezó a llorar de nuevo. Su hermana también la había querido a ella. Y ahora, la que había sido tan fuerte y tan generosa se estaba muriendo.

Capítulo 29

Mei anduvo a paso vivo a lo largo de los muros de la Antigua Sala de Plegarias. La mañana seguía fresca por el influjo de la noche. Los viejos y los enfermos habían salido al parque a hacer ejercicio, haciendo remolinos con los brazos. Un grupo de mujeres de mediana edad hacía ejercicios de sable en una glorieta. Junto a un pequeño estanque, un joven, de pie en el borde de un kiosco, cantaba ópera de Pekín.

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