Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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– Probablemente tienes razón -respondió Mei-, sólo que yo no puedo pensar en sobrevivir, al menos ahora. Ya sé que no es coherente. No paro de pensar en la muerte y en lo eterno, pero cuanto más lo pienso, más siento que no puedo vivir sin ella. Ella es lo más parecido que tengo al cariño, por triste que parezca. El mundo es un lugar frío, por lo menos para mí, y sin ella sería mucho más frío.

Se quedaron callados. El sol se extendía por todo el amplio espacio que tenían ante ellos en ondas, como la música, algunas notas más altas que otras, en una serena armonía.

Mei le había contado a Yaping cosas que nunca le había contado a nadie. No lograba entender por qué lo había hecho.

– Siento haber hablado tanto de mí misma. Tú tienes que coger un avión -dijo, recomponiéndose.

– No, soy yo el que lo siente. Me gustaría que pudiéramos quedarnos así y seguir hablando mucho tiempo. En estos años me he imaginado muchas conversaciones como ésta. En cierto modo, todas formaban parte de una conversación muy larga que todavía estamos manteniendo. Siento muchísimo lo de tu madre.

Se pusieron de pie. El sol cálido les acariciaba la espalda como las manos de un amante. Un silencio triste empezó a dividir los minutos en mitades y las mitades otra vez en mitades hasta que ya no quedó tiempo.

– Es posible que vuelva a Pekín a trabajar -dijo Yaping-. La empresa quiere que crezca nuestra actividad en Asia y abrir aquí una sucursal.

Cuando llegaron a donde estaba el coche, Yaping sacó su equipaje del maletero.

– Voy a coger un taxi para ir al aeropuerto. El señor Liu puede llevarte a donde tú quieras. Está contratado por todo el día.

El conductor asintió cortésmente desde detrás del volante, sus guantes de una blancura impecable.

– Adiós, Mei -Yaping le tendió la mano.

– Adiós -ella le tendió la suya.

Sitiados por la luz blanca del sol, se quedaron con las manos cogidas, acordándose de una promesa que se les escabulló un día, en un tiempo lejano.

Capítulo 28

El portero del edificio de Lu tenía cara de luna llena, una sonrisa cálida y, por lo visto, una memoria asombrosa. Saludó a Mei por su nombre en cuanto ella entró en el portal.

– Señorita Wang, cuánto tiempo sin verla. ¿Qué han sido, seis meses, por lo menos? -el portero asintió, haciendo girar un lápiz con la mano. Llevaba el uniforme azul primorosamente planchado. Se había enterado de lo del ataque de Ling Bai y le dijo cuánto lo sentía-. Qué pena -sacudió la cabeza-. Lo han tenido difícil; la generación de los mayores, quiero decir. Primero fue el Gran Salto Adelante: nada que comer; luego la Revolución Cultural: la lucha y la paliza diarias. Por fin la vida mejora un poco, los hijos y las hijas van prosperando, y ahora, esto. Una pena, ya digo. La gente como su madre se ha pasado la vida sufriendo; no es de extrañar que se les haya resentido la salud.

Suspiró, jugueteando con el lápiz.

– Su hermana ha salido, pero ha dicho que subiera usted directamente en cuanto llegara -hizo una ligera inclinación.

Mei le siguió hasta el ascensor.

– Cómo quiere Lu a su madre. Rompe el corazón verla tan preocupada -dijo el portero.

Tras ellos, la gigantesca puerta de cristal se abrió y entraron un joven veinteañero rubio de bote y una chica algo más joven con un par de gafas excesivas y una melena rosa de muñeca. El chico llevaba una bolsa de golf tan grande como él mismo, con un hato de palos de golf cuidadosamente escondidos en mullidas fundas amarillo pollito. También se veían unas fundas rosas con pompones, presumiblemente de la chica.

El portero llamó rápidamente el ascensor para ellos, sonriendo a los recién llegados. La chica le hizo una inclinación y el chico le devolvió un hola cortés. Ninguno de ellos volvió a hablar. El ascensor del ático apareció enseguida.

– Gracias -dijo Mei, al tiempo que entraba en él. Quería decir algo más, corresponder a la amabilidad del portero. Pero, antes de que pudiera hablar, la puerta se había cerrado y ella ascendía.

Con un sonido de campana, el ascensor se paró. Mei salió. Una impoluta moqueta beis se extendía por un pasillo blanco. Había lámparas como bolas de cristal distribuidas a lo largo de las paredes. No había sonido, sólo la pálida armonía de la muda perfección. Mei tocó el timbre y esperó.

– ¡Oh, Mei, has venido! -exclamó el ama de llaves, abriendo la puerta tanto como su sonrisa.

Un ligero aroma de clavo y jengibre saludó a los sentidos de Mei. La luz del sol hacía más profundos y cálidos los matices, y se pegaba a las ventanas que llegaban desde el suelo hasta el techo.

– Tu tía está durmiendo -dijo el ama de llaves.

Mei asintió y le dio el bolso y la chaqueta.

– ¿Qué tal estás, tía Zhang? -dijo, volviendo la cabeza hacia un lado para que sus palabras pudieran seguir al ama de llaves mientras ésta se echaba a andar-. Parece que has adelgazado.

– ¿De verdad? -la tía Zhang dio una vuelta. Se alisó la camisa de flores-. ¿Te parece? -preguntó complacida.

La tía Zhang rondaba los cincuenta años. Tenía los brazos y las piernas largos, con grandes manos y pies. Llevaba muchos años trabajando para Lu, primero limpiando y cocinando y luego, cuando Lu se casó, como ama de llaves, supervisando a las asistentas y a la cocinera.

Miró a Mei con una delicadeza que ayudaba a suavizar sus rústicos rasgos:

– Sé que estás preocupada por tu madre -sacó un par de zapatillas de franela blanca del zapatero-, pero escucha a la tía: tienes que cuidar de ti misma. Es lo mismo que le digo a Lu. No dejes que esto te hunda, porque entonces tu madre no podrá tenerte como apoyo.

Mei se puso las zapatillas. Estaban nuevas como la nieve virgen.

La tía Zhang señaló con la barbilla hacia la ventana.

– Siéntate. Te traeré un té.

Mei bajó dos escalones hasta el salón. Había largos trincheros antiguos de laca roja arrimados a las paredes. Por todas partes relucían objetos: un Buda de oro, un par de copas de vino antiguas, dos caballos de porcelana tricolor de la dinastía Tang, una caja de arras pintada con oro auténtico (eso decía Lu), un equipo de música Bang amp; Olufsen, premios, trofeos y fotos en marcos brillantes. Había dos macetas de orquídeas blancas en soportes con forma de clepsidra, con veinte flores cada una. El techo era tan alto que le hacía sentir vértigo.

Mei se sentó en el sofá al pie de un retrato a lo Warhol de Lu. Resultaba extraño ver en la pared a Lu en lugar de a Mao Zedong o a Marilyn Monroe.

Mei cogió de la mesita baja un lujoso libro sobre el río Azul y lo hojeó. En una de las páginas vio un junco solo, con su enorme vela amarilla, meciéndose en la margen de una oscura extensión de agua. A Mei le impresionó su solitaria grandeza. Algunas páginas más allá había fotos de las famosas cuevas y los «caminos celestiales». Esos caminos estaban cincelados en acantilados verticales: durante siglos, los ejércitos habían marchado lealmente por ellos. «La gente de la zona cree», explicaba el texto, «que por la noche aún puede oírse a los fantasmas de los soldados muertos que se afanan en subir los acantilados».

Todo eso estaría muy pronto bajo el agua, desaparecido para siempre, cuando la presa de las Tres Gargantas estuviera terminada. Mei pensó que tenía que ir y ver por sí misma el río antes de que fuera demasiado tarde.

– Aquí tienes el té -la tía Zhang entró con una bandeja en la que había una tetera de hierro fundido y delicadas tazas con ribete de oro.

– ¿Dónde está Lu? -preguntó Mei.

– Ha ido al salón de belleza, pero estará de vuelta muy pronto.

La tía Zhang sirvió la primera taza, verde como el valle.

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