Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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– ¿Por qué os vais a marchar? Podéis charlar aquí. Yo me voy a lavar los platos a la cocina.

– Necesito volver pronto al trabajo. Mei y yo podemos hablar por el camino.

– ¿Y qué pasa con tu siesta?

– Ya no estoy cansado -dijo el tío Chen, evitando la mirada de su mujer.

– Entonces espera un momento -la tía Chen fue rápidamente a la cocina y volvió al momento agitando una bolsa de red-. Compra algunos rábanos al volver a casa. Para la cena hay cazuela.

El tío Chen cogió la bolsa y asintió.

– Adiós, tía Chen -dijo Mei-. Ya hablaremos la próxima vez.

Ahora las calles estaban tranquilas. Era la hora de la siesta. La mayor parte de los vendedores había echado el cierre a sus puestos. Los conductores de carretas habían aparcado bajo los árboles y estaban acuclillados en círculo, comiéndose las meriendas que traían de casa. El tío Chen iba andando al lado de Mei, empujando su bicicleta.

– Lo siento, fuera hace calor y humedad. Pero ya conoces a la tía, es mejor que no oiga lo que decimos.

Había un banco de piedra bajo un roble y un cuerpo desplomado sobre él: alguien había encontrado una cama para la siguiente hora. Más adelante encontraron un banco que no estaba ocupado y se sentaron.

El cielo amenazaba lluvia.

– Tío Chen, has sido amigo de mi familia mucho tiempo. Me conoces desde que era pequeña. Así que te lo voy a decir sin rodeos: doy por sentado que tenías tus razones.

Mei había barajado varias alternativas, pero las palabras que le salieron no estaban ensayadas.

– Nunca fuiste a Luoyang, ¿verdad? Si no, sabrías lo que es el ojo de jade; o, más exactamente, quién es el ojo de jade. Fue a mi madre y a Song a quienes se les asignó ese trabajo, y fue mi madre quien te habló del sello de jade. Te topaste con el artículo sobre la vasija ritual por casualidad, y te hizo pensar. Quizá pensaste que tenías una ocasión de hacerte rico, o puede que tuvieras otros motivos. Pero ¿por qué mentirme a mí?

La cara del tío Chen se puso roja. Sacó un pañuelo arrugado y se secó el sudor del ceño.

– Yo nunca…

– Ahora sé por qué no querías que se lo contara a mi madre -Mei contempló al tío Chen. Su ira y su sentimiento de traición contenidos amenazaban desbordarse-. ¿Estás contento de que le diera el ataque? Ahora puede que ya nunca llegue a saber quién eres en realidad.

– Por favor, Mei, no me digas esas cosas tan hirientes. Tú no sabes lo mucho que ella ha significado para mí -el tío Chen aspiró boqueando como un insecto atrapado en la tela de una araña-. Mi debilidad ha sido querer siempre cosas: quería ser alguien, vivir bien. ¿No me lo merezco? Siempre he seguido las órdenes del Partido. He dado mi corazón y nunca he herido a nadie, al menos a propósito. Pero nunca he sido lo bastante bueno, ni para tu madre, ni para mi unidad de trabajo; ni siquiera para mi familia.

»Mira mi casa: cien metros cuadrados. ¿Es eso lo mejor que voy a tener? Cincuenta metros cuadrados para una familia de cuatro. La tía y yo llevamos tantos años durmiendo en el salón que ya ha llegado a ser costumbre. Dong Dong tiene que esperar a casarse para que su unidad de trabajo le tenga en cuenta al asignar viviendas. La unidad de trabajo de Jing no tiene vivienda de ninguna clase. Y ganan tan poco que no pueden permitirse comprar ni alquilar.

»Yo he acabado una carrera. Antes pensaba que podía destacar. Pero mira a Song: tiene trescientos metros cuadrados sólo para él y el delincuente de su hijo: ese cabroncete es un gusano, y Song lo sabe, pero una y otra vez le saca bajo fianza. ¿Por qué? ¡Porque puede! Tiene poder y contactos, y su hijo va por ahí persiguiendo mujeres en un coche con chófer.

»Mis hijos no toman drogas ni andan con delincuentes, pero no tienen nada, porque su padre no es nada. ¿Quién soy yo? Un don nadie, y tu madre lo sabe -dejó caer la cara entre las manos.

Mei no dijo nada. No era necesario.

– Lo siento, Mei -suspiró él-. Nunca pensé que lo fueras a descubrir. Recurrí a ti porque sabía que no ibas a dudar de mí.

– Sí, fui una estúpida al creerme tus mentiras. ¿En qué otras cosas me mentiste? ¿Enviaste tú a mi padre a la cárcel? ¿O fue Song Kaishan? ¿Cómo murió mi padre?

– Te he contado todo lo que sé, Mei. Ésa es la verdad. Acudí a ti porque quería que nuestras dos familias sacaran provecho del asunto. Pensé que compartiríamos el dinero.

– ¿Qué dinero? -dijo Mei-. El sello de jade fue con toda probabilidad destruido hace mucho tiempo, y tú lo sabes. Así que me he estado preguntando por qué te has metido en esto. Creo que lo has hecho por venganza. Sabías que yo seguiría el rastro hasta llegar a Song. Viniste a mí porque era yo la persona que tenía que hacerlo: yo soy hija de mi madre. Ahora, para variar, soy yo quien va a hablar: consigúeme una entrevista con Song.

– No se puede entrar en el ministerio sin un permiso especial.

– Pero tú sí puedes. Dile que necesito hablar con él, y pronto.

De vuelta en su oficina, Mei se sentó junto al teléfono. Desde su ventana contempló cómo las nubes preparaban una tormenta.

Llamó a Lu y le dejó el recado al ayudante. Se preguntaba si el amigo médico de Lu habría averiguado algo de lo del hospital.

Gupin se fue a casa. Estaba oscureciendo. Por fin, el teléfono sonó.

– Te verá en el bar de Las Tres Banderas Rojas, en Houhai, dentro de una hora… -el tío Chen tenía la voz tirante y seca. Tuvo un instante de vacilación-. Mei, no vayas. Olvidémonos de todo el asunto.

– Me temo que ya es tarde para eso -dijo ella.

Capítulo 33

El cielo era como una inmensa tapa negra a punto de desplomarse. Los rayos llegaban en oleadas, perseguidos por los truenos. La lluvia caía sesgada.

Mei pisó el acelerador, dubitativa. No alcanzaba a ver la carretera ni el canal. Un muro de agua caía oblicuo sobre el parabrisas y ante los faros. En un relámpago (con su rodar de trueno) vio la oscura y arqueada forma de un puente de piedra. Luces rojas destellaban en la negrura ante ella a medida que muy poco a poco avanzaba hacia delante. Al siguiente relámpago giró por una calle y vio los bares de Houhai, iluminados como farolillos de papel en un mar de tempestad.

Mei dejó el coche junto al puente y salió. Se protegió la cabeza y adelantó el hombro contra la lluvia. De inmediato se le empaparon los zapatos, se le empaparon los vaqueros. El agua le chorreaba mangas adentro mientras trataba de mantener sujeto el impermeable.

Vio el Audi negro, pegado a la cuesta que bajaba hasta el canal. Siguió adelante. Algo o alguien se movía detrás de las ventanas amarillas, pero no lo veía con claridad: la lluvia lo velaba todo.

Cuando vio el bar Las Tres Banderas Rojas, cruzó la calle. No había nadie cerca, ni turistas, ni policías de servicio ni camareras que invitaran a entrar. Nadie ofrecía bebidas especiales ni horas felices.

Mei batalló contra el viento y la lluvia hasta la puerta. Cuando estaba a medio metro de ella hizo un último esfuerzo y alcanzó el picaporte.

Lo giró y al momento estuvo dentro del bar. El encargado se acercó corriendo a cerrar para que no entrara la tormenta.

Estaba tocando un grupo heavy. La cantante, en atuendo de mujer primitiva, saltaba y gritaba como si tuviera muelles por piernas. La guitarrista, con el pelo de pincho y vaqueros ajustados, estaba tranquila: tocaba como si le fuera indiferente, y probablemente así era. La batería era un remolino volante de pelo.

El encargado dijo algo que Mei no logró oír. Se estaba preguntando si no se habría equivocado de sitio. Se desenvainó del impermeable y se lo dio al encargado, que le tendió la chorreante prenda de plástico amarillo a una camarera de negro.

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