El novio de Jimmy se me acercó y me plantó dos besos en las mejillas.
– Hola, me llamo Pablo.
– ¡ Ah! Cojonudo…
– ¿Por qué dices eso? -mi observación, poco cortés desde luego, le había ofendido.
– No, por nada, es una manía, en serio…, no tiene importancia -no movió un solo músculo de la cara, así que se lo conté-. Verás, es que mi marido también se llama Pablo, y como le acabo de dejar…
– Ya -me sonrió-. ¡Vaya, qué coincidencia!
– Sí… -no sabía qué decir.
– ¿Te puedes poner de pie? -me preguntó-. Mi amigo quiere verte.
Eso sí que no me lo esperaba.
Me levanté y di una vuelta completa, girando sobre mis tobillos lentamente. Luego me volví a sentar y miré en dirección a Jimmy. Su novio también le miraba. El levantó una mano con el pulgar alzado. El tipo del flequillo seguía a su lado.
– Bueno -el rubio me miró-. ¿Habría pasta?
– Podría haberla… -creo que nunca en mi vida he pronunciado una frase con menos convicción.
– Treinta talegos para cada uno.
– ¡Sí hombre! ¿Y qué más? -era consciente de mi inexperiencia, y hasta podía comprender que aprovecharan la ocasión para robarme, pero no tanto-. Veinte, y vais que os matáis.
– Veinticinco…
– Veinte -le miré a la cara, pero no pude leer nada en ella-. Veinte talegos. Es mi última oferta; total, sólo voy a mirar…
– De acuerdo -contestó rápidamente. No parecía descontento en absoluto.
Bravo, Lulú, pensé, ya hemos vuelto a hacer el canelo.
– Veinte para cada uno -repitió.
Hubiera aceptado quince, incluso doce, pensé.
– Cuarenta… -lo dije dos o tres veces, con aire pensativo, como si fuera capaz de valorar la cifra. Me parecía carísimo, una auténtica burrada, pero en fin, podía permitirme ese capricho, no muy a menudo desde luego, pero, bueno, una vez en la vida… En realidad, ni siquiera tenía idea de cuánto valía una puta, y estos debían ser más caros, o a lo mejor no, pero al ser una mujer el cliente, serían más caros, o no lo serían, ¿cómo iba a adivinarlo? Pablo segura mente sabría qué hacer, pero ni siquiera había querido decirme cuánto le había dado a Ely, aquella noche. Ely era un travesti pero estos ni siquiera parecían profesionales, estaba hecha un lío.
– No. Sesenta -la sorprendente afirmación del rubito puso un brusco final a mis elucubraciones.
– ¿Cómo que sesenta? -le miré con cara de indignación-. Hemos quedado en veinte para cada uno. Veinte y veinte, cuarenta.
– Es que somos tres.
– ¿Y quién es el tercero?
– Mario, ése que está con Jimmy…
– ¿El del flequillo? -asintió con la cabeza-. Ni hablar, ése no entra, no me gusta nada.
– Es que… -me miraba con expresión suplicante, parecía en un compromiso- es que, si no viene él, Jimmy no va a querer.
– Y ¿por qué no?
– Bueno, es que… -se estaba poniendo colorado-. Mario es su tronco.
– Pero, ¿Jimmy no estaba liado contigo?
– Sí… -afirmó-, pero también está liado con Mario.
– ¿Sois un trío? -era una posibilidad, pero él de negó rápidamente con la cabeza-. Ya… -de repente comprendí, la discusión de antes me dio la clave-. Sois dos parejas con un miembro intercambiable, y nunca mejor dicho… -le miré detenidamente. De cerca era todavía más guapo-. Lo que no entiendo…, lo que no entiendo es cómo eres tan gilipollas, tú. Tú no tendrías por qué compartir un tío con nadie, en la vida, jamás, tú debes tenerlos a cientos, esperando…
– Eso no es asunto tuyo.
– Eso es verdad -admití-. Bueno, al del flequillo no lo quiero, si tiene que venir que venga, pero os voy a dar cuarenta papeles, ni uno más, luego, si queréis, os apañáis entre vosotros, yo no quiero saber nada.
Me miró un momento, en silencio. Luego se dio la vuelta, y fue a informar al comité, con la cabeza gacha. Los otros dos discutieron con él, no les debía parecer un buen trato, el rubito se encogía de hombros, al final se pusieron de acuerdo y él regresó para hablar conmigo.
– Bueno, de acuerdo, pero les he dicho que eran cuarenta y cinco, quince para cada uno -me miró como pidiendo disculpas-. No podía hacer otra cosa, en serio… Tú luego me pagas a mí, yo me quedo sólo con diez, y ya está.
– ¡Tú eres imbécil, chaval! -estaba realmente indignada, lo de aquel chico me parecía un desperdicio.
Se quedó parado, sin decir nada. Pero yo todavía tenía que averiguar algunas cosas.
– ¿Dónde lo vamos a hacer?
– En tu quel -me miró sorprendido. ¿O no?
Tuve que pensármelo un rato. Inés estaba con Pablo, pasando el fin de semana, así que eso no era problema, pero no estaba muy segura de querer meterlos en casa. Claro que ir a un hotel decente me saldría mucho más caro, tendría que pagarlo yo, y con las cuarenta mil pelas que me iba a costar la broma ya tenía bastante. Tampoco podía dejarles elegir a ellos, no podía fiarme de la clase de antro en el que me meterían. Así que, al final, pensé que lo mejor era ir a casa.
– Vale -le dije-. No tenéis coche, ¿verdad?
– No, pero Jimmy tiene una moto. Puede ir a buscarla. Yo iré contigo, si no te importa, y no vuelvas a insultarme, por favor.
Le apunté mi dirección en una servilleta de papel y se la llevó a su amigo. Le dio un largo beso de despedida en la boca.
Me dieron asco, Jimmy me dio asco, de repente. Estaba a punto de arrepentirme de todo y salir corriendo cuando el rubito volvió y se me colgó del brazo.
Salimos a la calle. Caminamos hacia mi coche, en silencio al principio, luego saqué un tema de conversación vulgar, el encanto del Madrid viejo o algo así, y él se animó.
Fuimos charlando por el camino, y me contó su vida, como todos.
– Soy un tío muy raro, no creas -me confesó-. No quiero a mi vieja, por ejemplo.
– Yo tampoco quiero a mi madre -le contesté-. Así que, ya ves, ya tenemos algo en común.
Me dijo que tenía veinticuatro años, pero no le creí, tal vez ni siquiera había cumplido los veinte. Estaba muy enamorado de Jimmy, era su primer hombre, me contó la historia, y su relato me confirmó en la impresión de que su novio no era más que un macarra repugnante.
– A veces daría cualquier cosa porque me gustaran las tías, de verdad, cualquier cosa.
Era solamente un crío, un crío torpe y encantador, me recordaba mucho a Ely.
Le echaba unos huevos tremendos a la vida.
Paré en un banco con el portal iluminado y saqué treinta mil pelas de un cajero automático. Quería quedarme con diez para la compra del día siguiente, y en casa solamente tenía cinco mil duros.
Recuerdo retazos, fragmentos, detalles insospechadamente intensos.
El era el favorito, estaba segura, a pesar de las humillaciones, constantes.
No le dejaron intervenir, al principio. Sentado a mi lado, tuvo que verlo todo. Jimmy calentó a Mario durante mucho tiempo. Sus labios le susurraban frases tiernas, palabras de amor y de deseo, sus brazos le abrazaban con suavidad, luego la presa se hizo más intensa, al final le dio la vuelta bruscamente, le obligó a dar un par de pasos casi en volandas y se colocaron enfrente de nosotros. Entonces una de sus manos presionó el sexo de su amigo, que separó las piernas, la otra se deslizó a lo largo de su grupa y ambas comenzaron a moverse, a frotar la carne por encima de la tela, las puntas de los dedos se rozaban entre los muslos y regresaban al punto de partida, las palmas se agitaban sobre el pantalón oscuro como si quisieran abrillantar su superficie, cada vez más rápido, el sexo crecía, adquiría consistencia, se dibujaba netamente más allá de su envoltorio, tenso ahora, a punto de reventar, de sucumbir a la presión de la carne aguda, los muslos le temblaban, la lengua le asomaba entre los labios, su rostro se deformó hasta adquirir una expresión bestial, la cara de un retrasado mental que gruñe y jadea, incapaz de hablar, de mantener los ojos abiertos, de sostener la cabeza.
Читать дальше