Almudena Grandes - Las Edades De Lulú

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Sumida todavía en los temores de una infancia carente de afecto, Lulú, una niña de quince años, sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven, amigo de la familia, a quien hasta entonces ella había deseado vagamente. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, alimenta durante años, en solitario, el fantasma de aquel hombre que acaba por aceptar el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la niñez. Crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo pierde valor. Pero el sortilegio arriesgado de vivir fuera de la realidad se rompe bruscamente un día, cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos.

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– Claro que sí, borracha pero bien -desde que había dejado a Pablo, Marcelo parecía obsesionado por mi bienestar.

– Seguro? -no me creía.

– Que sí, Marcelo, que estoy bien, me he pasado bebiendo, nada más.

– ¿Quieres que vaya a buscarte?

– Oye tío, que ya tengo treinta años, puedo volver sola a casa, vamos, creo yo…

– Es verdad, siempre se me olvida, perdóname -nunca había dejado de tratarme como a una niña era igual que Pablo para eso, pero a mí tampoco me molestaba, también le he adorado siempre, a mi hermano-. Llámame mañana, ¿vale?

– Vale.

Mientras empezaba la copa, me preguntaba a mí misma para qué había entrado allí, por qué había renunciado a cenar en casa de Marcelo, qué podía esperar de todo aquello. Al rato me contesté que no esperaba nada. Había entrado allí para mirarles

me concentré en ello.

Seguían de pie, en la otra punta del bar. Podía observarles a gusto, ellos seguramente no me veían estaba medio escondida al final de la barra.

El jovencito y el de negro eran novios, estaba casi segura de eso. Hacían muy buena pareja. Aproximadamente de la misma altura, ligeramente por encima del metro ochenta ambos, compartían cierto aspecto sano y relajado. El moreno tenía un cuerpo magnífico, griego, hombros enormes, torso macizo, piernas y brazos largos y fuertes, ni una sola gota de grasa, los músculos en el límite exacto de lo deseable. Se lo trabaja a conciencia, pensé, como mis niños californianos. Tenía la cara larga y angulosa, los ojos oscuros, muy grandes, no era feo, desde luego, pero en conjunto su rostro resultaba demasiado duro, no pegaba mucho con la coleta, ni con su condición de sodomita. Para bien o para mal, tenía cara de macho mediterráneo, de esos que atizan a la mujer con la correa, y eso no se lo iban a arreglar en ningún gimnasio.

Su novio era adorable, absolutamente ambiguo. Muy delgado, su cuerpo poseía un cierto toque lánguido, evocador del encanto de los efebos clásicos, aunque resultaba demasiado grande, demasiado voluminoso, demasiado masculino en suma como para asociarlo al modelo tradicional. Eso era lo que más me gustaba de él, no soporto a los efebos aniñados, afeminados, no me dicen nada. Tenía un culo perfecto, duro y redondo, sus líneas se dibujaban nítidamente bajo la leve tela del pantalón abombado, réplica exacta del que lucía su compañero. El óvalo de su rostro era también perfecto. Las mejillas sonrosadas, las pestañas largas y rizadas sobre dos ojos castaños, almendrados, de expresión dulce, los labios, sin embargo, finos y crueles, la nariz pequeña, el cuello sutil, interminable, debe volverles locos, pensé.

Hablaban entre ellos, mirándose de frente, al principio se sonreían cariñosamente, pero luego su conversación pareció cambiar de rumbo. El del flequillo teñido, que no me gustaba nada, demasiado parecido a los mariquitas de toda la vida a pesar de la ausencia de signos convencionales, uñas largas, colore te, etcétera, se metió por medio. El jovencito adoptó entonces una actitud sumamente complaciente. Acariciaba los brazos de su amigo, deslizaba las manos sobre sus músculos, escondía la cabeza en su hombro, le besaba en el cuello, parecía decirle que le amaba, le amaba sin ninguna duda, pero el moreno iba de duro. Sus gestos eran distantes, luego incluso bruscos, sobre todo a medida que avanzaba lo que creí identificar como una discusión. El adolescente parecía dispuesto a todo para congraciarse con él, parecía pedir perdón con su cara, con sus manos, con todos sus gestos, pero era inútil, llegó un momento en que fue rechazado, los brazos del atleta le alejaron de sí, el del flequillo hizo un gesto de alborozo estaba contento, pero también se llevó lo suyo, el moreno le chilló y le zarandeó sin demasiadas contemplaciones. Parecía harto de los dos. El más joven le dio la espalda, se apoyó en la repisa de la pared y escondió la cabeza entre los brazos, como si estuviera desesperado. Eso ablandó a su compañero, que al final se acercó y le abrazó por detrás, acariciando su pelo, rubio natural. El jovencito se dio la vuelta finalmente, y se besaron tan apasionadamente como cuando se habían encontrado. Al rato, estaban como si tal cosa.

Me estaba divirtiendo mucho. Pedí otra copa, sin quitarles los ojos de encima.

– Los homosexuales solamente son personas humanas como cualquiera -me volví muy sorprendida, no tanto por la peculiar construcción de la frase como por la misteriosa identidad de mi interlocutor.

Detrás de la barra, un jovencito de aspecto similar al tío del flequillo me dirigía una mirada furiosa.

– Sin duda alguna -le contesté, mientras me colocaba frente a él.

– Pues entonces, no sé por qué miras tanto a Jimmy -éste era francamente feo, el pobre.

– No sé quién es Jimmy.

– ¿En serio? -mi respuesta le había descolocado profundamente, al parecer.

– En serio.

– Es ése de negro, pero no entiendo, si no le conoces…, ¿por qué le miras tanto?

– Porque me gusta.

– ¿Que te gusta? -soltó una carcajada-. Pues lo llevas claro, tía, es gay ¿sabes?, de toda la vida, ese rubito de ahí es su tronco.

– De eso ya me he dado cuenta -le miré con ojos serios e hice una pausa-. Soy una tía, pero no soy gilipollas, ¿está claro? -no le di tiempo para asentir-. Además, me gusta porque es gay, solamente por eso, ¿entiendes?

– No -su desconcierto era tan abrumador que me hizo sonreír.

– Me gustan los homosexuales, simplemente. Me gustan, me excitan mucho.

– Sexualmente… ¿quieres decir?

– Sí -se quedó inmóvil, con el vaso en la mano, paralizado, fulminado por mi respuesta-. No creo que sea nada del otro mundo, a los hombres, quiero decir a los hombres heterosexuales, les gustan las lesbianas, las lesbianas guapas por lo menos, y a todo el mundo le parece natural.

– Pues yo es la primera vez que lo oigo en mi vida…

– Habrás vivido poco -aunque no tenía datos al respecto, me negaba a creer que mi deseo fuera inédito.

Los deseos inéditos no existen.

– La primera vez… -repitió aturdido, moviendo la cabeza, mientras me ponía la copa.

Unos minutos después, volvió sobre el tema.

– Quieres decir que te gustaría acostarte con ellos…, aunque no te hicieran nada, quiero decir, estar allí solamente, mirándoles, por ejemplo? -su cara no había recuperado la expresión normal, me miraba como a un bicho raro, espantado todavía.

– Por ejemplo -le contesté-, eso me encantaría.

– ¿Quieres que hable con ellos? -le estudié disimuladamente. Parecía solícito, pero desprovisto de móviles mercantiles, por lo menos en aquel momento.

– Por favor -le contesté, y solamente entonces me di cuenta de la movida en la que me había metido yo solita, sin ayuda de nadie.

Desapareció por una puerta abierta, detrás de la barra. Le volví a ver unos segundos después, hablando con Jimmy y con su novio, o lo que fuera.

El camarero les contaba el episodio como si se tratara de un chiste, riéndose estrepitosamente todo el tiempo. El rubito también lo encontró gracioso. Jimmy no. El sólo me miraba. Le sostuve la mirada mientras me preguntaba qué haría si me pedían dinero. Era vergonzoso, pagar para acostarse con un hombre, mucho más vergonzoso que cobrar, desde luego, pero, por otra parte, ellos no eran hombres, es decir, no contaban en ese sentido.

Estuvieron deliberando un rato, los dos, el camarero se mantenía al margen. Entonces Jimmy llamó al individuo del flequillo, y éste se unió a la discusión, mirándome todo el tiempo, con los ojos como platos. Tardaron mucho tiempo en llegar a un acuerdo. Luego, el rubito intercambió unas palabras con el camarero y vinieron hacia mí los dos juntos.

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