Cuando se estaba secando, sintió que Phury entraba en el dormitorio y se movía a su alrededor, aunque no pudiera ver al macho.
– Phury… Te iba a ver antes de marcharme.
Con la toalla bajo su barbilla, Z miró su reflejo en el espejo, viendo sus nuevos ojos amarillos. Pensó en su vida y supo que la mayor parte de ella era una mierda. Pero habian dos cosas que no lo eran. Una hembra. Y un macho.
– Te quiero -dijo con una voz áspera, comprendiendo que era la primera vez que le había dicho estas palabras a su gemelo-. Sólo necesitaba sacar esto.
Phury caminó hacia él.
Z retrocedió con horror ante el reflejo de su gemelo. Sin cabello. Con una cicactriz en su cara. Ojos llanos y sin vida.
– Oh, dulce Virgenv -respiró Z-. Qué joder ¿Qué te hiciste…?
– Yo también te quiero, hermano. -Phury levantó su brazo. En su mano habia una jeringuilla hipodérmica, uno de los dos había sido abandonado por Bella-. Y tu tienes que vivir.
Zsadist giró alrededor y vio como el brazo de su gemelo se balanceaba hacia abajo. La aguja se clavó en el cuello de Z y sintió que la morfina iba directamente a su yugular. Gritando, agarró de los hombros a Phury. Cuando la droga empezó a surtir efecto, él cedió y con alivio cayó al suelo.
Phury se arrodilló a su lado y acarició su cara.
– Sólo te tengo a ti para vivir. Si mueres no tengo nada. Estoy completamente perdido. Y tú eres necesario aquí.
Zsadist trató de extender la mano, pero no pudo levantar los brazos cuando Phury se incorporó.
– Dios Z, sigo pensando que nuestra tragedia va a terminar. ¿Pero no se acabara, verdad?
Zsadist se desmayó con el sonido de las botas de su gemelo que salian del cuarto.
John estaba acostado en la cama, enroscado de lado, mirando fijamente la oscuridad. El cuarto que le habían dado en la mansión de la Hermandad era lujoso, anónimo y no lo hacía sentirse ni mejor ni peor.
En algun sitio en la esquina, oyó el tañir del reloj una vez, dos veces, tres veces… Siguió contando los tonos bajos, rítmicos hasta que consiguió llegar ha seis. Dando una vuelta sobre su espalda, consideró el hecho que en otras seis horas esto sería el principio de un nuevo día. Medianoche. Ya no el martes, sino el miércoles.
Pensó en los días, semanas, meses y años de su vida, tiempo que tenia porque lo había experimentado y por lo tanto podría poner la demanda de su paso.
Cuan arbitraria, esta diferencia de tiempo. Como gente humana y vampiros, para tener que reducir el infinito en algo que ellos pudieran creer que controlaban.
Qué sandez . Tú Nunca controlaste nada en tu vida. Y tampoco en la de ellos.
Dios, si sólo hubiera un modo de hacer esto. O al menos ser capaz de volver a hacer algunas cosas. Qué maravilloso sería si pudiera golpear sólo un botón de rebobinado y luego corrigiera el infierno del día pasado. De este modo no se sentiría como se sentía ahora.
Gimió y dio vuelta sobre su estómago. Este dolor era… incomparable, una revelación de la peor clase.
Su desesperación parecía una enfermedad, afectando su cuerpo entero, haciéndolo temblar aunque no tenia frió, sacudiendo su estómago aunque estaba vacío, haciendo florecer el dolor en sus articulaciones y pecho. Nunca había pensado que la devastación emocional era una aflicción, peor aún, y sabía que iba a estar enfermo un rato.
Dios… Debería haber ido con Wellsie, en vez de quedarse en casa para trabajar en las tácticas. Si hubiera estado en aquel coche, tal vez podría haberla salvado… ¿o tal vez estaría muerto también?
Bien, sería mejor que esta existencia. Incluso si no había nada en su vida futura, aun si sólo se desmayara, seguramente sería mejor que esto.
Wellsie… muerta, muerta. Su cuerpo, eran cenizas. Por lo que John había oído por casualidad, Vishous había puesto su mano derecha sobre ella en la escena y luego había tomado lo que había quedado. Una ceremonia formal sería realizada, excepto que nadie podría hacerla sin Tohr.
Y Tohr también se había ido. Desapareció. ¿Quizás estaba muerto? Había estado así, cerca del alba cuando se había ido… de hecho, tal vez ese había sido el punto. Tal vez había salido corriendo a la luz para poder irse con el espíritu de Wellsie.
Irse, irse… todos parecían irse.
Sarelle… perdido el lessers , también. Perdida antes de que él realmente la conociera. Zsadist iba a tratar de recuperarla, pero ¿Quién sabía qué pasaría?
John imaginó la cara de Wellsie su pelo rojo y su pequeño vientre embarazado. Él vio la caricia de Tohr, sus ojos azul marino y sus amplios hombros en el cuero negro. Imaginó a Sarelle estudiando minuciosamente aquellos viejos textos, sus letras mayúsculas, su pelo rubio, largo, sus manos pasando las páginas.
La tentación de comenzar a llorar otra vez, se elevó, John se sentó rápidamente, frenando el impulso. El llanto. No lloraría otra vez por nadie. Las lágrimas eran completamente inútiles, una debilidad no digna de sus recuerdos.
La Fuerza sería su ofrenda. El Impulso su elogio. La Venganza el rezo en sus tumbas.
John salió de la cama, usó el cuarto de baño, luego se vistió, resbalando sus pies en los Nikes que Wellsie le había comprado. En unos momentos estaba abajo, pasando por la puerta secreta que conducía al túnel subterráneo. Andaba rápidamente por el laberinto de acero, sus ojos fijos, sus brazos balanceándose con el ritmo preciso de un soldado.
Cuando caminaba por la parte trasera del armario y por la oficina de Thor, vió que el lío había sido limpiado: el escritorio estaba de vuelta donde antes había estado, y la horrible silla verde metida dentro. Los papeles, plumas y archivos todo en su lugar. Incluso el ordenador y el teléfono estaban donde debían estar, aunque ambos habían sido despedazados la noche anterior. Deben ser nuevos…
El orden había sido restaurado, y la mentira tridimensional trabajó para él.
Fue al gimnasio y tiró de las luces de la jaula del techo. No había clases hoy debido a todo lo que había pasado, y se preguntó si con Tohr desaparecido la formación se pararía totalmente.
John caminó a través de las esteras al cuarto de armas, sus zapatillas de deporte hacían ruidos contra las resistentes pieles azules, Del gabinete de cuchillos sacó dos dagas y luego agarró de improviso una pistolera de pecho suficiente pequeña para él. Una vez que las armas estuvieron atadas en la correa, fue al centro del gimnasio.
Justo como Tohr le había enseñado, comenzó bajando la cabeza.
Y luego toco las dagas y comenzó a trabajar con ellas, vistiéndose de cólera contra su enemigo, imaginando a todos los lessers que iba a matar.
Phury caminó por el cine y tomó asiento en la parte de atrás. El lugar estaba atestado, se oían conversaciones, parejas jóvenes y legiones de muchachos del club estudiantil masculino. Oyó voces bajas y fuertes. Escuchaba risas, oía desenvolver los caramelos sorbidos ruidosos y gente mascando.
Cuando el telón subió las luces se atenuaron y la gente comenzó a gritar.
Supo cuando el lesser se acercó. Podría oler el dulzor en el aire, por encima del olor de las palomitas de maíz y los perfumes de nena que emanan de las parejas.
Un teléfono celular apareció delante de su cara.
– Tómelo. Póngalo en su oído.
Phury lo hizo y oyó alientos ásperos en la línea.
La muchedumbre en el teatro gritó.
– ¡Maldito, Janet, vamos tacaño!
La voz del lesser llegó directamente detrás de su cabeza.
– Dígale que va a venir conmigo sin ningún problema. Prométale que ella vivirá porque usted va a hacer lo que le dicen. Y hágalo en español para que pueda entenderle.
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