– ¿Quieres que vuele esa cometa para ti? -Tragó saliva. La nuez se le levantó y descendió acto seguido. El viento le alborotaba el pelo. Creí verlo asentir-. Por ti lo haría mil veces más -me oí decir.
Me volví y eché a correr.
Fue sólo una sonrisa, nada más. No lo haría todo mejor. No haría nada mejor. Sólo era una sonrisa. Algo minúsculo. Una hoja en medio de un bosque, temblorosa como un pájaro asustado que emprende el vuelo.
Pero la recibiría. Con los brazos abiertos. Porque cuando la primavera llega, la nieve se derrite copo a copo, y tal vez lo que acababa de presenciar fuera el primer copo de nieve que se derretía.
Corrí. Era un hombre hecho y derecho corriendo junto a un enjambre de niños alborozados. Pero no me importó. Corrí con el viento en la cara y con una sonrisa en los labios tan ancha como el valle del Panjsher.
Corrí.
Agradecimientos
Estoy en deuda con los siguientes colegas por su consejo, ayuda o apoyo: el doctor Alfred Lerner, Dori Vakis, Robin Heck, el doctor Todd Dray, el doctor Robert Tull y la doctora Sandy Chun. Gracias también a Lynette Parker del East San Jose Community Law Center por asesorarme sobre los procedimientos de adopción, y al señor Daoud Wahab por compartir sus experiencias en Afganistán conmigo. Agradezco la tutela y el apoyo de mi querido amigo Tamim Ansary, y el ánimo y el intercambio de ideas de la pandilla del San Francisco Writers Workshop. Quiero dar las gracias a mi padre, mi amigo más antiguo y la inspiración de todo lo noble que hay en Baba; a mi madre, que rezó por mí e hizo nazr en todas las fases de la escritura de esta novela; y a mi tía, que me compraba libros cuando yo era joven. Gracias también a Ali, Sandy Daoud, Walid, Raya, Shalla, Zahra, Rob y Kader por leer mis historias. Asimismo quiero dar las gracias al doctor Kayoumy y a su mujer -mis otros padres- por su calidez y apoyo incondicional.
Debo dar las gracias a mi agente y amiga, Elaine Koster, por su sabiduría, paciencia y gentileza, así como a Cindy Spiegel, mi atenta y juiciosa editora, que me ayudó a abrir muchas de las puertas de este relato. Y también me gustaría dar las gracias a Susan Petersen Kennedy por arriesgarse con este libro, y al equipo de Riverhead por trabajar con él.
Por último, no sé cómo dar las gracias a mi maravillosa mujer, Roya -a cuya opinión soy adicto-, por su gracia y bondad, y por leer, releer y ayudarme a corregir todos los borradores de esta obra. Te querré siempre por tu paciencia y comprensión, Roya jan .
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