– Kate -dijo Nat bajito, con expresión preocupada-. Kate, no puedes odiar a alguien que no conoces.
– No necesito conocerla. ¡La odio! Odio lo que me hizo… ¿Por qué tiene que ser ella?
Se echó a llorar. Nat la rodeó con el brazo, pero ella se soltó.
– Lo siento, Kate -dijo Jocasta suavemente-, lo siento mucho. Qué te parece si me voy ahora, y así podéis hablar. Tienes mi teléfono. Si cambias de opinión, Kate, si decides que quieres hablar con Martha, creo que te sentirás diferente.
– No quiero hablar con ella. No querré nunca. Estúpida. Estúpida de mierda. ¡Dios!
Se levantó y se puso a pasear arriba y abajo. Nat se puso de pie y le cogió una mano.
– Venga, Kate -dijo-, vamos a dar una vuelta con el coche. ¿Le parece bien, señora Tarrant? Creo que la ayudará a tranquilizarse.
Helen asintió y todos miraron cómo la sacaba de la habitación, sonriéndole para calmarla y diciendo:
– Venga, no pasa nada, todo se arreglará.
Como si fuera una niña pequeña en su primer día de escuela o en el dentista.
Finalmente Helen dijo:
– Ese chico es un tesoro.
– Sí lo es -dijo Jocasta-. ¿Estás bien, Helen?
– Sí, estoy bien, gracias. Estoy bien.
– Una cosa -comentó Ed, mientras paseaban por la calle-, ¿él… él lo sabe?
– No -contestó Martha-. No, no tiene ni idea. Nunca le he dicho… nada.
– Pero ¿sabes quién es?
– Ed…
– Oye -dijo Ed, y por primera vez mostró una actitud impaciente-, oye, hasta ahora me he portado bien. Te he apoyado en todo. Creo que tengo derecho a hacer algunas preguntas, ¿no?
– Por supuesto que sí. Pero esa pregunta no puedo contestártela. Lo siento.
– ¿Es que no sabes quién es?
– Sé quién es. Sí. Pero no pienso hablar de eso…, de él. Nunca.
Hubo un largo silencio, y después:
– A mí me parece que no confías en mí. A menos que sigas enamorada de él, claro.
– No estoy enamorada de él. Nunca estuve enamorada de él. Fue algo… algo que pasó. Cuando me enteré de que estaba embarazada, no tenía ni idea de dónde estaba.
– Pero ¿ahora lo sabes?
Martha no contestó.
– ¡Lo sabes! Por el amor de Dios, Martha, ¿no crees que deberías decírselo? ¿No crees que querría saberlo?
– ¿Quién?
– ¿Quién? Kate. Tu hija. ¡Por Dios! Esto está empezando a afectarme, Martha. ¿No crees que esa pobre niña tiene derecho a saber quién es su padre?
– No lo sé -dijo Martha-. ¿Tú crees?
– Por el amor de Dios -dijo él-. Oye, tengo que estar un rato a solas. De repente, todo esto me sobrepasa. Nos veremos más tarde. Te llamaré, ¿vale?
– Vale.
Martha le miró alejarse con los ojos empañados por las lágrimas.
Y deseó poder decírselo.
Había pasado el viaje medio dormida en el barco de regreso de Koh Tao a Koh Samui. El barco era raquítico, incluso para los criterios tailandeses, muy básico, sin servicios a bordo. Tiró su mochila en la pila con las demás, encontró un rincón tranquilo y se puso a leer.
El viaje era bastante largo, unas tres horas, y se levantó viento. Martha, que era buena marinera, se había adormilado. Se despertó y vio que su mochila caía sobre los sacos de correo, en la cubierta inferior. Se inclinó e intentó cogerla, pero no llegaba, y volvió a su rincón. Faltaba media hora para llegar al puerto de Hat Bophut, cuando oyó su voz.
– ¡Hola, Martha! Acabo de darme cuenta de que eres tú. Tienes el pelo diferente.
Martha se sentó y le vio, sonriéndole desde arriba.
– ¡Hola! Ah, las trenzas. Sí, me las hicieron en la playa. ¿Has estado en Koh Tao?
No le sorprendió en absoluto encontrarlo. Ésa era la gracia del viaje. La gente entraba en tu vida, te relacionabas con ellos, después te despedías, y volvías a encontrarlos unos meses después, en un lugar completamente diferente.
– Sí. Haciendo buceo. ¿Y tú?
– No, sólo bañándome. Nada del otro mundo. Pero ha sido estupendo.
– A que sí. ¿Adónde vas ahora?
– Vuelvo a Big Buddha unos días y después he quedado con una chica en que iríamos juntas a Phuket.
– Es muy bonito. Y Krabi. El mar es verde en lugar de azul. ¿Ya has ido al norte?
– Sí, fue alucinante.
– Sí, es increíble. ¿Puedo sentarme contigo?
Ella asintió. Él sonrió, tiró su mochila encima de la de Martha y las sacas de correo y le ofreció un cigarrillo. Martha negó con la cabeza.
– ¿Y tú adónde vas?
– A Bangkok, unos días. Oye, Martha, ¿no hueles a quemado?
– Sólo tu cigarrillo.
– No, no es eso. Estoy seguro de que… ¡Dios mío! ¡Mira, mira cuánto humo!
Ella miró. De la sala de motores salía una gruesa columna de humo gris. El chico que guiaba el barco sonreía con determinación y cualquier cosa que pudiera considerarse tripulación brillaba por su ausencia. El humo se hizo más espeso.
– ¡Mierda! -dijo él-. Esto no me gusta. ¡Dios mío, mira, ahora salen llamas!
De repente Martha se asustó mucho.
Miró hacia tierra, y la consoladora curva blanca de la playa y la imponente figura de Big Buddha, y se sintió mejor. Estaban lo bastante cerca para nadar hasta la costa si fuera necesario. Así lo dijo.
– No, Martha, no, al menos hay un kilómetro de distancia y esto está infestado de tiburones. ¡Mierda, mierda, mierda!
Todo el mundo estaba muy asustado, señalando las llamas y gritando al capitán, que seguía guiando el barco obstinadamente hacia tierra y sonriendo con determinación.
– ¿Qué hacemos? -preguntó alguien.
– Saltar -dijo otro.
– No, estamos demasiado lejos -se oyó.
– ¡Tiburones! -dijo alguien, con voz temblorosa.
Era evidente que el fuego ya estaba descontrolado.
Una chica se puso a gritar y después otra. Una anciana tailandesa empezó a murmurar una plegaria.
Y entonces…
– Dunquerque -dijo Martha señalando-. ¡Mira!
Una pequeña armada de barcas alargadas, con los ensordecedores motores diesel a todo trapo, se acercaba desde la costa. Un piloto por barca con dos niños colgados en la popa de cada una.
«Habrán visto el fuego -pensó Martha- en cuanto ha empezado y han salido a la mar.» Ningún rescate oficial podría haberlo hecho mejor.
Una tras otra, las barcas se pararon junto al barco incendiado y la gente comenzó a saltar por la borda. Las llamas eran cada vez más fuertes y empezaba a haber oleaje. Algunos estaban aterrados, gritaban y lloraban, pero los hombres de las barcas mantuvieron la calma e incluso la alegría, ayudándolos y acompañándolos.
Los mochileros fueron los últimos en abandonar el barco. Por su inherente cortesía (y por ser inglesa) Martha, ocultando su terror, fue la última. Su último pensamiento desesperado al bajar por la escalera fue que debía rescatar su mochila. Pero estaba en el otro extremo del barco, cerca de las llamas.
Mientras las barcas volvían en convoy a Bophut, el capitán y un chico se esforzaban por rescatar el equipaje. Las llamas empezaban a consumir el barco a toda velocidad. Martha les miró con confianza. Seguro que cogían su mochila, seguro que la cogían. Y entonces, consciente de que si hubiera durado cinco minutos más habrían corrido un grave peligro, se echó a llorar.
Todos se quedaron en la orilla viendo cómo el barco se encendía como una bola de fuego. Martha se sintió enferma, temblaba violentamente incluso bajo el fuerte sol.
– Eh -dijo él, acercándose y rodeándole los hombros-, estás helada. Toma, ponte mi jersey.
Se lo puso sobre los hombros.
– Creo que estoy un poco afectada -dijo-. Es que, si hubiera pasado media hora antes, estaríamos todos muertos. No podríamos haber llegado nadando, y sin duda había tiburones.
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