– Muchos compañeros cayeron bajo estos raíles y matamos. Más allá de eso, sólo quiero que recuerdes que soy tu padre.
Mucho después, comprendí que había querido que mi infancia no tuviera nada que ver con la suya. Mamá no apartaba los ojos de él. Lo besó en los labios. Por las miradas que intercambiaban, mi hermana y yo adivinábamos lo mucho que se amaban desde el primer día.
Me vienen a la memoria las últimas palabras de Samuel.
Jeannot ha mantenido su promesa.
A quí acaba mi historia, amor mío. Aquel hombre apoyado en el mostrador del Café des Tourneurs y que te sonríe con elegancia es mi padre.
Bajo esta tierra de Francia, descansan sus compañeros. Cada vez que en algún lugar oigo a alguien expresar sus ideas en un mundo libre, pienso en ellos.
Entonces recuerdo que la palabra «extranjero» es una de las más bellas promesas del mundo, una promesa de colores, bella como la Libertad.
N o habría podido escribir este libro sin los testimonios y relatos recogidos en Une histoire vraie (Claude y Raymond Levy, Les Éditeurs Français Réunis), La Vie des Français sous l'Occupation (Henri Amouroux, Fayard), Les Parias de la Résistance (Claude Levy, Calmann-Lévy), Ni travail, ni famille, ni patrie – Journal d'une brigade FTP-MOI, Toulouse, 1942-1944 (Gérard de Verbizier, Calmann-Lévy), L'Odyssée du train fantôme. 3 juillet 1944: une page de notre histoire (Jürg Altwegg, Robert Laffont), Schwartzenmurtz ou l'Esprit de parti (Raymond Levy, Albin Michel) y Le Train fantôme – Toulouse-Bordeaux, Sorgues-Dachau (Études Sorguaises).
E mmanuelle Hardouin
Raymond y Danièle Levy, Claude Levy
Claude y Paulette Urman
Pauline Lévêque
Nicole Lattès, Leonello Brandolini, Brigitte Lannaud, Antoine Caro, Lydie Leroy, Anne-Marie Lenfant, Élisabeth Villeneuve, Brigitte y Sarah Forissier, Tine Gerber, Marie Dubois, Brigitte Strauss, Serge Bovet, Céline Ducournau, Aude de Margerie, Arié Sberro, Sylvie Bardeau y todos los equipos de Éditions Robert Laffont
Laurent Zahut et Marc Mehenni
Léonard Anthony
Éric Brame, Kamel Berkane, Philippe Guez
Katrin Hodapp, Mark Kessler, Marie Garnero, Marion
Millet, Johanna Krawczyk
Pauline Normand, Marie-Ève Provost
y
Susanna Lea y Antoine Audouard
***
[1] Los que llevan aquí varias semanas me dicen que uno se acostumbra, que, conforme pasa el tiempo, se crea una nueva rutina. Pienso en el tiempo perdido, lo cuento. No conoceré los veinte años, mis dieciocho han desaparecido sin haberlos vivido. Por supuesto, está el plato de la noche, como dice Claude. La comida es infecta, una sopa de coles, a veces algunos albaricoques, ya agujereados por los gorgojos, y nada con lo que recuperar fuerzas; nos morimos de hambre. No compartimos espacio sólo con compañeros de la MOI [1] o de los FTP, [2] sino que hay que cohabitar también con pulgas, chinches y la sarna que nos devoran. De noche, Claude se queda pegado a mí. Las paredes de la prisión están cubiertas de hielo. En medio de ese frío, nos apretamos el uno contra el otro para conseguir entrar un poco en calor. Jacques ya no es el mismo. En cuanto se despierta, empieza a caminar arriba y abajo en silencio. Él también cuenta las horas perdidas, estropeadas para siempre. Tal vez piense también en alguna mujer del exterior. La falta del otro es un abismo; a veces, de noche, levanta la mano e intenta retener lo inasible: la caricia que ya no está, el recuerdo de una piel cuyo sabor ha desaparecido, una mirada en la que la complicidad vivía en paz. A veces algún benévolo guardia nos lanza algún folleto clandestino impreso por los compañeros francotiradores partisanos. Jacques nos los lee. Eso le sirve para compensar el sentimiento de frustración que no lo abandona. La impotencia lo va carcomiendo un poco más cada día. Supongo que la ausencia de Osna también. Sin embargo, viéndolo encerrado en su desesperación, en medio de este sórdido universo, he descubierto una de las bellezas más justas de nuestro mundo: un hombre puede conformarse con perder la vida, pero no con la ausencia de los que ama. Jacques se calla un instante, retoma su lectura y nos da noticias de los amigos. Cuando nos enteramos de que un par de alas de avión han sido saboteadas, que un poste se ha caído, arrancado por la bomba de un compañero, que un miliciano ha caído en la calle, que diez vagones han quedado inutilizados para el servicio -que consistía en deportar inocentes-, compartimos un poco su victoria. Aquí estamos en la cloaca del mundo, en un espacio oscuro y pequeño, un territorio en el que reina la enfermedad. No obstante, en medio de ese territorio infame, en lo más oscuro del abismo, todavía queda una ínfima parcela de luz, que es como un susurro. Los españoles que ocupan las celdas vecinas la invocan cantando de noche, la han bautizado Esperanza.
Mano de Obra Inmigrante.
[2] Los que llevan aquí varias semanas me dicen que uno se acostumbra, que, conforme pasa el tiempo, se crea una nueva rutina. Pienso en el tiempo perdido, lo cuento. No conoceré los veinte años, mis dieciocho han desaparecido sin haberlos vivido. Por supuesto, está el plato de la noche, como dice Claude. La comida es infecta, una sopa de coles, a veces algunos albaricoques, ya agujereados por los gorgojos, y nada con lo que recuperar fuerzas; nos morimos de hambre. No compartimos espacio sólo con compañeros de la MOI [1] o de los FTP, [2] sino que hay que cohabitar también con pulgas, chinches y la sarna que nos devoran. De noche, Claude se queda pegado a mí. Las paredes de la prisión están cubiertas de hielo. En medio de ese frío, nos apretamos el uno contra el otro para conseguir entrar un poco en calor. Jacques ya no es el mismo. En cuanto se despierta, empieza a caminar arriba y abajo en silencio. Él también cuenta las horas perdidas, estropeadas para siempre. Tal vez piense también en alguna mujer del exterior. La falta del otro es un abismo; a veces, de noche, levanta la mano e intenta retener lo inasible: la caricia que ya no está, el recuerdo de una piel cuyo sabor ha desaparecido, una mirada en la que la complicidad vivía en paz. A veces algún benévolo guardia nos lanza algún folleto clandestino impreso por los compañeros francotiradores partisanos. Jacques nos los lee. Eso le sirve para compensar el sentimiento de frustración que no lo abandona. La impotencia lo va carcomiendo un poco más cada día. Supongo que la ausencia de Osna también. Sin embargo, viéndolo encerrado en su desesperación, en medio de este sórdido universo, he descubierto una de las bellezas más justas de nuestro mundo: un hombre puede conformarse con perder la vida, pero no con la ausencia de los que ama. Jacques se calla un instante, retoma su lectura y nos da noticias de los amigos. Cuando nos enteramos de que un par de alas de avión han sido saboteadas, que un poste se ha caído, arrancado por la bomba de un compañero, que un miliciano ha caído en la calle, que diez vagones han quedado inutilizados para el servicio -que consistía en deportar inocentes-, compartimos un poco su victoria. Aquí estamos en la cloaca del mundo, en un espacio oscuro y pequeño, un territorio en el que reina la enfermedad. No obstante, en medio de ese territorio infame, en lo más oscuro del abismo, todavía queda una ínfima parcela de luz, que es como un susurro. Los españoles que ocupan las celdas vecinas la invocan cantando de noche, la han bautizado Esperanza.
Francotiradores y partisanos.
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