Marc Levy - Los hijos de la libertad

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En la Francia ocupada por los nazis, dos hermanos adolescentes de origen judío, Raymon y Claude, se unen a la Resistencia en la 35ª brigada de Toulouse. La clandestinidad, el hambre, las ejecuciones y los actos de sabotaje pasarán a formar parte de sus vidas cotidianas, pero también conocerán la solidaridad, la amistad y el amor, además del valor supremo de la libertad. Mientras esperan la llegada de los aliados, Raymond y sus compañeros cruzarán Europa a bordo de un tren de deportados a los campos de concentración.

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De vez en cuando, los soldados disparan al campo, ¿han visto alguna sombra que los preocupe?

23 de agosto

El viaje nunca ha resultado tan insoportable. Los últimos días han sido caniculares. No nos quedan ni víveres ni agua. Los paisajes que recorremos están devastados. Muy pronto hará dos meses que dejamos el patio de la prisión de Saint-Michel, dos meses de que empezara el viaje, y con los ojos hundidos en las órbitas de nuestros rostros demacrados, vemos que se nos marca el esqueleto en nuestro cuerpo descarnado. Los que se han resistido a la locura se sumergen en un profundo mutismo. Mi hermanito parece un anciano con sus mejillas hundidas y, sin embargo, siempre que me mira me sonríe.

25 de agosto

Ayer se escaparon unos prisioneros. Nitti y algunos de sus compañeros consiguieron arrancar las tablas y saltaron a las vías aprovechando la noche. El tren acababa de pasar la estación de Lécourt.

Encontraron el cuerpo de uno cortado en dos, a otro con la pierna arrancada; en total hubo seis muertos. Pero Nitti y otros consiguieron escapar. Nos reunimos alrededor de Charles. A la velocidad a la que circula el convoy, cruzaremos la frontera en cuestión de horas. Aunque nos sobrevuelan aviones a menudo, no nos liberarán.

– Sólo podemos contar con nosotros mismos -farfulla Charles.

– ¿Vamos a intentar el golpe? -pregunta Claude. Charles me mira y asiento con la cabeza. No tenemos nada que perder.

Charles nos explica su plan. Si conseguimos arrancar algunos listones del suelo, podremos escabullimos por el agujero. Por turnos, los compañeros sujetarán al que se cuele. A la señal, lo soltarán. Entonces, habrá que dejarse caer con los brazos pegados al cuerpo para que las ruedas no nos hagan picadillo. Sobre todo, no hay que levantar la cabeza, para no ser decapitado por el eje, que llegará a toda velocidad. Habrá que contar los vagones que pasarán por encima de nosotros, ¿doce, trece, tal vez? Después habrá que esperar, sin moverse, a que la luz roja del tren se aleje, antes de volver a levantarse. Para evitar soltar un grito que pudiera alertar a los soldados de la plataforma, el que salte deberá meterse un trozo de tela en la boca. Y mientras Charles nos hace repetir las instrucciones, un hombre se levanta y se pone manos a la obra. Tira con todas sus fuerzas de un clavo. Sus dedos se deslizan bajo el metal e intentan hacerlo girar sin descanso. El tiempo aprieta, ¿estamos todavía en Francia?

El clavo cede. Con las manos ensangrentadas, el hombre lo maniobra y, en esta ocasión, el rostro de Claude desaparece. Armand se gira, Marc está demasiado cansado para saltar.

– Recupera tus fuerzas, haré pasar a los otros y nos iremos juntos.

Marc asiente con la cabeza. Samuel salta, Armand es el último en meterse por el agujero. Marc no ha querido irse. El hombre que ha roto el suelo se acerca a él.

– Venga, ¿qué tienes que perder?

Marc se decide al fin. Se abandona y se desliza también. El convoy frena bruscamente. Los Feldgendarmes bajan enseguida. Agazapado entre dos travesaños, los ve ir hacia donde está él, no tiene fuerza en las piernas para huir y los soldados lo cogen. Lo llevan de vuelta a un vagón. De camino, le pegan tan fuerte que pierde el conocimiento.

Armand sigue agarrado a los ejes para escapar de las linternas de los soldados que buscan a otros fugitivos. El tiempo pasa. Nota que sus brazos están a punto de fallarle. Pero tan cerca del final no puede fallar, así que resiste. De repente, el convoy se tambalea. El compañero espera a que recupere un poco de velocidad y se deja caer sobre la vía. Es el último que ve la luz roja extinguirse a lo lejos.

Hace una media hora que el tren ha desaparecido. Tal y como todos habíamos acordado, sigo la vía del tren para reencontrarme con mis compañeros. ¿Ha sobrevivido Claude? ¿Estamos en Alemania?

Ante mí se perfila un pequeño puente, guardado por un centinela alemán. Es donde mi hermano había estado a punto de saltar, justo antes de que Charles se lo impidiera. El soldado de guardia tararea «Lili Marlene». Eso parece responder a una de mis dos preguntas; la otra concierne a mi hermano. El único modo de salvar a ese guardia es deslizarse bajo una de las vigas que sostienen el puente. Suspendido en el vacío, avanzo en la noche clara, temiendo a cada instante que alguien me sorprenda.

***

He caminado durante tanto tiempo que ya no puedo contar mis pasos, ni los travesaños de la vía que he pasado. Delante de mí, sigue reinando el silencio y no hay ni un alma. ¿He sido el único que ha sobrevivido? ¿Están todos mis compañeros muertos? «Tenéis una posibilidad entre cinco de salir bien parados», había dicho el antiguo colocador de vías. Maldita sea, ¿y mi hermano? ¡Eso no! Que me maten a mí, pero no a él. No le pasará nada, lo llevaré de vuelta a casa, se lo prometí a mamá en el peor de mis sueños. Creía que ya no me quedaban lágrimas, ni razón alguna para llorar y, sin embargo, arrodillado en medio de la vía, solo en aquel campo desierto, te lo confieso, lloré como un niño. ¿De qué servía la libertad sin mi hermano? La vía se extiende a lo lejos y Claude no está en ninguna parte.

Un temblor en un arbusto me hace volver la cabeza.

– Bueno, ¿te importaría dejar de lloriquear y venir a echarme una mano? Estas espinas hacen un daño horrible.

Claude, boca abajo, está enmarañado en unas zarzas. ¿Cómo se las ha arreglado para acabar así?

– Libérame primero y luego te lo explico. ¡Ahora! -grita.

Y mientras lo estoy sacando del ramaje en el que se ha enganchado, veo la silueta de Charles que camina vacilante hacia nosotros.

El tren había desaparecido para siempre. Charles lloraba un poco cuando nos estrechó entre sus brazos. Claude intentaba quitarse como podía las espinas que tenía clavadas en los muslos. Samuel se sujetaba la nuca, ocultando una fea herida que se había hecho al saltar. No sabíamos si todavía estábamos en Francia o si ya habíamos llegado a territorio alemán.

Charles nos señala que estamos al descubierto y que sería mejor salir de allí. Llegamos a un pequeño bosque, llevando a rastras a Samuel, que se está quedando sin fuerzas, y esperamos escondidos detrás de los árboles la llegada del día.

Capítulo 38

26 de agosto

L lega el alba. Samuel ha perdido mucha sangre durante la noche.

Mientras los otros siguen durmiendo, lo oigo gemir. Me llama, y me acerco a él. Está pálido.

– ¡Qué tontería, tan cerca del final! -murmura él.

– ¿De qué estás hablando?

– No te hagas el tonto, Jeannot, voy a morir, ya no siento las piernas y tengo mucho frío.

Tiene los labios de color violeta y está tiritando, así que lo abrazo para hacer que entre en calor lo mejor que puedo.

– Ha sido una huida memorable, ¿no crees?

– Sí, Samuel, ha sido una huida memorable.

– ¿Notas lo agradable que es el aire?

– Reserva tus fuerzas, amigo mío.

– ¿Para qué? Sólo me quedan unas horas. Jeannot, algún día tendrás que contar nuestra historia. No puede desaparecer como yo.

– Cállate, Samuel, no dices más que tonterías, y yo no sé contar historias.

– Escúchame, Jeannot, si tú no lo consigues, entonces, tus hijos lo harán en tu lugar. Tendrás que pedírselo. Júramelo.

– ¿Qué hijos?

– Verás -continúa Samuel, presa de un delirio alucinado-, dentro de unos años, tendrás uno, dos o más, no lo sé, no he tenido tiempo para contarlos. Entonces, tendrás que pedirles algo de mi parte, y diles que es muy importante para mí. Será como si mantuvieran una promesa que hubiera hecho su padre en un pasado que ya no existirá. Porque este pasado de guerra habrá dejado de existir, ya verás. Les dirás que cuenten nuestra historia en su mundo libre, que luchamos por ellos. Les enseñarás que, en este mundo, no hay nada más importante que la jodida libertad, capaz de someterse al mejor postor. Les dirás también que esa gran zorra ama el amor de los hombres, que siempre se escapará de quienes quieran apresarla, y que siempre dará la victoria al que la respete y a quien no espere nunca mantenerla en su cama. Jeannot, diles que cuenten todo eso de mi parte, con sus propias palabras, con las de su época. Las mías están hechas con acentos de mi país, de la sangre que tengo en la boca y en las manos.

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