Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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Se echaba al pie del peñasco, lejos de los otros compañeros; no quería estar con ellos. El sueño le vencía y durante segundos creía oír la voz del Bautista, que pronunciaba palabras aisladas: «Fuego, Sodoma y Gomorra, ¡golpea!» Se despertaba sobresaltado pero, una vez despierto, nada oía. Sólo los gritos de las aves nocturnas, los rugidos de los chacales y el murmullo del Jordán entre las cañas… Bajaba al río y hundía en el agua su cabeza abrasada. «¿Por qué no baja ya de su peñasco? -murmuraba-. Terminará por bajar y entonces, quiéralo o no, sabré.»

Y al verlo aparecer, se puso en pie de un salto. Los otros compañeros se levantaron también, gozosos, y le salieron al encuentro. Le tocaban los hombros, las espaldas, lo acariciaban. Los ojos de Juan se arrasaron de lágrimas: una arruga profunda surcaba su frente.

Pedro no pudo contenerse y dijo:

– Maestro, ¿por qué el Bautista se quedó hablando contigo tantos días y noches? ¿Qué te dijo? Te veo apenado; tu rostro ha cambiado.

– Le quedan pocos días de vida -respondió Jesús-. Quedaos con él. Haceos bautizar. Yo me iré.

– ¿Adónde vas, maestro? -gritó el hijo menor de Zebedeo, asiéndole las vestiduras-. Todos iremos contigo.

– Iré solo al desierto. En el desierto no es necesaria la compañía. Iré a hablar con Dios.

– ¿Con Dios? -dijo Pedro, ocultando el rostro-. ¡Pero entonces no volverás nunca!

– Volveré -dijo Jesús lanzando un suspiro-. Es preciso que vuelva. El destino del mundo pende de un hilo. Dios me dictará su voluntad y volveré.

– ¿Cuándo? ¿Cuántos días vas a estar ausente? ¡Mira cómo nos abandonas! -gritaban todos procurando impedir que partiera. Judas, solo, apartado, silencioso, escuchaba y los miraba con menosprecio… «Carneros… carneros… -murmuraba-. Doy gracias al Dios de Israel por ser el lobo.»

– Volveré cuando Dios lo disponga, hermanos. Adiós. Quedaos aquí y esperadme. Hasta pronto.

Todos permanecieron inmóviles, petrificados. Siguieron con la mirada a Jesús, que se dirigía a paso lento hacia el desierto. Ya no como antes, cuando apenas tocaba la tierra; su paso era ahora pesado, como si los pensamientos le abrumaran. Cortó una caña para apoyarse en ella, subió el puente en forma de caballete, se detuvo en el punto más alto y miró hacia abajo. Vio a los peregrinos en la corriente fangosa. Sus rostros tostados por el sol resplandecían de alegría. Enfrente, en la orilla, otros se golpeaban aún el pecho y arrojaban sus pecados a todos los vientos.

Con ojos ardientes miraban al Bautista, a la espera de que les indicara con una señal que entraran a su vez en el río sagrado.

Y el salvaje asceta, sumergido hasta los lomos en el Jordán, bautizaba a los rebaños humanos y luego los empujaba hacia la orilla, sin ternura, con cólera; otros rebaños entraban entonces en el agua. Su barba negra y puntiaguda, sus cabellos ensortijados que nunca habían sido cortados, brillaban al sol. Y su boca inmensa, perpetuamente abierta, aullaba.

Jesús paseó la mirada por el río, por los hombres y, a lo lejos, el Mar Muerto, las montañas de Arabia y el desierto. Se inclinó y vio que su sombra se deslizaba con la corriente de agua hacia el Mar Muerto.

– «¡Qué felicidad -pensaba- estar sentado al borde del río, ver cómo el agua corre hacia el mar y cómo, reflejados en ella, corren asimismo los árboles, las aves, las nubes, la noche, las estrellas! ¡Qué felicidad que yo también pudiera correr con ella hacia el mar! Y no sentirme roído por la angustia del mundo…»

Pero se estremeció, arrojó de sí la tentación, se apartó de la barandilla, descendió con paso rápido y desapareció tras las rocas desiertas. El pelirrojo estaba en pie a la orilla del río y no le despegaba los ojos. Lo vio desaparecer. Temió que se le escapara, se arremangó y salió tras él. Lo alcanzó en el momento en que Jesús iba a entrar en el inmenso mar de arena.

– Hijo de David -gritó-, espera. ¿Cómo puedes abandonarme?

Jesús se volvió y le suplicó:

– Judas, hermano mío, río me sigas. Debo quedarme solo.

– ¡Quiero saber! -dijo el pelirrojo y continuó avanzando.

– No tengas prisa. Sabrás cuando llegue el momento. Sólo te digo esto, Judas, hermano mío: ¡puedes estar contento porque todo marcha bien!

– Todo marcha bien… eso no me basta. El lobo no se conforma con palabras. Tú no lo sabes, pero yo sí lo sé.

– Si me amas, ten paciencia. Mira los árboles: ¿tienen prisa por que maduren sus frutos?

– No soy un árbol, soy un hombre -replicó el pelirrojo, sin dejar de avanzar-. Soy un hombre, es decir, algo que tiene prisa. Yo tengo mis propias leyes.

– La ley de Dios es la misma para los árboles y para los hombres, Judas.

El pelirrojo hizo rechinar los dientes y dijo en un silbido:

– ¿Y cuál es esa ley?

– El tiempo.

Judas se detuvo y apretó los puños. No aceptaba aquella ley. Su paso era excesivamente lento. En el fondo de su ser poseía una ley propia, opuesta a la del tiempo.

– Dios vive mucho tiempo -gritó-; es inmortal. Por eso puede tener paciencia y esperar. Pero yo soy un hombre, te repito, algo que tiene prisa. No quiero morir antes de ver, y no sólo de ver sino de tocar con estas manazas lo que tengo en la cabeza.

– Lo verás -respondió Jesús, agitando la mano para tranquilizarle-. Lo verás y lo tocarás, hermano Judas, ten confianza. Hasta la vista. Dios me espera en el desierto.

– Iré contigo.

– Dos hombres en el desierto son demasiados. Vuélvete.

Como el perro de pastor ante la orden de su amo, el pelirrojo gruñó y mostró los dientes, pero bajó la cabeza y obedeció. Cruzó el puente con el rostro ensombrecido; caminaba y hablaba solo. Recordó la época en que vivía en la montaña con Barrabás -¡ése sí que era un hombre!- y los otros rebeldes. ¡Qué viento de salvaje pasión y de libertad les azotaba, qué capitán de degolladores era el Dios de Israel! Necesitaba un jefe como ése… ¿por qué había seguido a aquel iluminado que tenía miedo de derramar sangre y que gritaba sin cesar: «¡Amor! ¡Amor!», como una virgen angustiada? Pero, ¡paciencia! ¡Ya se vería qué traía del desierto!

Jesús ya había entrado en el desierto y, a medida que avanzaba, sentía con más intensidad que penetraba en la guarida de un león. Se estremeció, aunque no de miedo sino de alegría oscura e inexplicable. No podía comprender por qué se sentía alegre… Bruscamente recordó. Hacía miles de años, cuando aún era un niño y apenas sabía hablar, una noche había tenido un sueño, el primero que recordaba. Se había deslizado en el interior de una gruta profunda, donde había encontrado una leona que acababa de parir y amamantaba a sus cachorros; al verla, sintió hambre y sed, se acostó junto a los leoncitos y se puso a mamar con ellos. Luego todos salieron a una pradera y comenzaron a jugar bajo el sol… Pero mientras jugaba, su madre María apareció en el sueño, lo vio con la leona y lanzó un grito. Se despertó entonces, se encolerizó y se volvió hacia su madre que dormía a su lado: «¿Por qué me despertaste? -gritó-. ¡Estaba con mi madre y mis hermanos!»

«Ahora comprendo por qué me siento alegre -pensó-. Entro en la gruta de mi madre la leona, la soledad…»

Oía los silbidos inquietantes de las serpientes y del viento abrasador que soplaba entre las piedras, y el silbido de los espíritus invisibles del desierto.

Jesús se inclinó y habló a su alma:

– Alma mía, aquí probarás si eres inmortal.

Oyó pisadas a sus espaldas y prestó atención. La arena crujía; alguien marchaba a paso lento, con calma y se acercaba. Se estremeció. «La había olvidado -pensó-, pero ella no me olvida, me sigue: es mi Madre.» Sabía que era la Maldición, pero desde hacía mucho tiempo le daba el nombre de Madre…

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