Nikos Kazantzakis - La Última Tentación
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Al día siguiente entraron en Judea. Poco a poco iban cambiando los árboles. Alineábanse ahora al borde del camino álamos de follaje amarillento, algarrobos cargados de frutos y cedros milenarios. La región,, pedregosa y privada de agua, era ingrata. Los campesinos que se asomaban a las puertas de sus casas bajas y oscuras parecían estar hechos, también ellos, de sílice. A veces, emergía entre aquellas piedras una flor silvestre, azul, modesta, graciosa. Y a veces, en el desierto silencioso, en el fondo de un barranco, chillaba una perdiz. «Ha debido hallar una gota de agua y bebe…», pensaba Jesús; sentía en la palma de la mano el vientre caliente del ave y se regocijaba.
A medida que se acercaban a Jerusalén, la comarca se iba volviendo más silvestre. Dios cambiaba también; las tierras no sonreían como en Galilea y el mismo Dios estaba hecho de sílice, como los hombres y los pueblos. El cielo, que en Samaría amenazaba lluvia para refrescar la tierra, era aquí de hierro al rojo. Marchaban jadeando por aquel horno abrasador. Esculpidos en las rocas, una muchedumbre de sepulcros alzaban sus formas negras, recortados contra el cielo. Millares de antepasados se habían descompuesto allí; habían vuelto a la piedra. Cayó la noche. Se refugiaron en las tumbas vacías, se acostaron y durmieron temprano para entrar descansados al día siguiente en la ciudad santa.
Jesús era el único que no dormía aquella noche. Vagaba entre las tumbas y escuchaba las voces nocturnas. Su corazón estaba inquieto. Ascendían en él palabras oscuras, un gran lamento, como si encerrara en su seno a millares de hombres que sufrían y gritaban… Hacia medianoche cedió el viento y la noche enmudeció. Entonces, en medio del silencio, desgarró el aire un punzante alarido. Creyó al principio que se trataba de un chacal hambriento, pero luego sintió, aterrado, que había gritado su propio corazón.
«Dios mío -murmuró-, ¿quién grita en mí? ¿Quién llora?»
Se sentía cansado y fue a refugiarse en la tumba; se acostó, cruzó los brazos y se abandonó a la gracia de Dios. Al amanecer tuvo un sueño: le pareció que estaba con María Magdalena y que ambos volaban serenamente, sin ruido, sobre una gran ciudad. Avanzaban rozando ligeramente los tejados. En el extremo de la ciudad se abrió la última puerta y apareció un anciano gigantesco, con una barba larga como un río y ojos azules, brillantes como estrellas. Estaba arremangado y sus manos y brazos aparecían cubiertos de fango. Alzó la cabeza y los vio volar: «¡Deteneos -les gritó-. Tengo algo que deciros.» Se detuvieron y le preguntaron: «¿Qué debes decirnos, anciano? Te escuchamos.» «El Mesías es aquél que muere porque ama al mundo entero», respondió el anciano. «¿Eso es todo?», preguntó Magdalena. «¿No te basta?», gritó el anciano, colérica «¿Podemos entrar en tu taller?», preguntó Magdalena. «No. ¿No ves que mis manos están llenas de arcilla? Estoy creando al Mesías.»
Jesús se despertó sobresaltado y sintió su cuerpo liviano, como si volara. Nacía el día. Sus compañeros ya se habían despenado y sus miradas saltaban de peñasco en peñasco, de colina en colina, hacia Jerusalén.
Se pusieron en marcha y avanzaron con paso rápido. Caminaban y caminaban, pero parecía que las montañas se desplazaban incesantemente ante ellos y se alejaban. El camino se alargaba interminablemente.
– Hermanos, creo que no llegaremos nunca a Jerusalén. ¿Qué nos ocurre? ¿No veis? ¡La ciudad se aleja a medida que nosotros avanzamos! -dijo Pedro, desesperado.
– Se acerca cada vez más -respondió Jesús-. Animo, Pedro. Avanzamos un poco hacia ella y ella avanza un paso hacia nosotros. Como el Mesías.
– ¿El Mesías? -dijo Judas, volviéndose bruscamente.
– El Mesías llega -dijo Jesús con voz grave-, el Mesías llega, y tú sabes muy bien Judas, hermano mío, cuándo vamos en la dirección correcta para encontrarlo. Si realizamos una acción buena o valerosa, si pronunciamos una palabra bondadosa, el Mesías apresura el paso y llega. Si somos desleales, malvados, cobardes, el Mesías se vuelve sobre sus pasos. Se aleja. El Mesías es una Jerusalén en marcha, hermanos; lleva prisa, lo mismo que nosotros. ¡Apresurémonos a salirle al encuentro! Tened confianza en Dios y en el alma del hombre, que es inmortal.
Se reanimaron y apuraron el paso. Judas volvió a colocarse a la cabeza del grupo y ahora todo su rostro resplandecía de felicidad. «Habló bien -pensaba mientras caminaba-, habló bien; el hijo de María tiene razón. El anciano rabino nos decía lo mismo. La liberación depende de nosotros. Si nos cruzamos de brazos, la tierra de Israel no verá nunca su liberación, pero si todos empuñamos las armas, conoceremos la libertad…»
Judas monologaba sin dejar de andar. De pronto se detuvo, turbado. «Pero, ¿quién es el Mesías? -murmuró-. ¿Quién? ¿Será todo el pueblo?»
El sudor bañaba la frente abrasada de Judas. «¿Será todo el pueblo?» Era la primera vez que se le ocurría semejante idea y estaba perplejo. «¿Será todo el pueblo el Mesías? -repetía en su fuero interno-. Pero en tal caso, ¿qué necesidad tenemos de todos esos profetas, de todos esos falsos profetas? ¿Por qué habríamos de palparlos con angustia para averiguar si son o no son el Mesías? ¡Pero si el Mesías es el pueblo, si todos nosotros somos el Mesías, basta con que empuñemos las armas!»
Reanudó la marcha a paso vivo haciendo girar el garrote.
Y mientras caminaba alegre, y jugaba con su nueva idea como con su bastón, de pronto lanzó un grito: ante él, sobre una montaña de dos cimas, centelleaba, resplandeciente, completamente blanca, altiva, la santa Jerusalén. No llamó a sus compañeros que subían la colina tras él. Deseaba gozar completamente solo de aquel espectáculo tanto tiempo cuanto pudiera. En sus pupilas azules se reflejaron los palacios, las torres, las puertas fortificadas y, en el centro, el Templo, guardado por Dios y hecho de oro, de cedro y de mármol.
Pronto llegaron los otros compañeros y también lanzaron un grito.
– Vaya, cantemos la belleza de nuestra reina -propuso Pedro, el buen cantor-. ¡Adelante, muchachos, todos juntos!
Los cinco formaron un círculo en torno de Jesús, que permanecía inmóvil, y entonaron el himno santo:
«¡Oh, qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa de Yahveh! ¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies en tus puertas, Jerusalén! Jerusalén, construida cual ciudad de compacta armonía, a donde suben las tribus, las tribus de Yahveh, es para Israel el motivo de dar gracias al nombre de Yahveh. Porque allí están los tronos para el juicio, los tronos de la casa de David. Pedid la paz para Jerusalén: ¡En calma estén tus tiendas, haya paz en tus muros, en tus palacios calma! Por amor de mis hermanos y de mis amigos, quiero decir: ¡La paz contigo! ¡Por amor de la Casa de Yahveh nuestro Dios, ruego por tu ventura!»
XVI
Toda Jerusalén -sus galerías, sus patios, sus plazas- estaba vestida de verde. Celebrábase la gran fiesta de otoño y váyanse construido, con ramos de olivo, sarmientos de vid y palmas de datilera, con pinos y cedros, millares de chozas, según lo ordena el Dios de Israel, en conmemoración de los cuarenta años que los antepasados habían vivido bajo tiendas, en el desierto. La cosecha y la vendimia habían terminado, el año había finalizado y los habitantes de Jerusalén habían colgado todos sus pecados en el cuello de un chivo negro y bien alimentado y, después de tirarle piedras, lo habían arrojado al desierto. Ahora sentían un gran alivio; sus almas se habían purificado, comenzaba un nuevo año, Dios abría un nuevo registro y, durante ocho días, bajo las tiendas de follaje verde, beberían, comerían y glorificarían al Dios de Israel que había bendecido la cosecha y la vendimia y enviado un chivo para cargar con sus pecados. También él era un Mesías enviado por Dios; tomaba sobre sí todos los pecados del pueblo y partía para morir de hambre en el desierto; con él morían los pecados.
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