Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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– Que Dios es un padre -respondió el hijo de Zebedeo.

Llegó el rabino y tuvo lugar la ceremonia, nupcial. El novio y la novia estaban de pie en el centro de la casa y los invitados desfilaban, los besaban y les deseaban que engendraran un hijo que salvara a Israel de la servidumbre. Luego comenzaron a sonar los oboes, se bebió, se bailó. Jesús y sus compañeros también bebían y bailaban. Pasaba el tiempo; la luna ascendió en el cielo y volvieron a ponerse en camino. Ya era otoño, pero los días resultaban aún abrasadores y era agradable caminar en la frescura húmeda de la noche.

Caminaban en dirección a Jerusalén; habían bebido y el mundo se había transformado hasta el punto de que sus cuerpos parecían leves como un alma. Caminaban con paso alado; a su izquierda corría el Jordán y a su derecha se extendía la apacible y fecunda llanura de Zabulón, que reposaba al claro de luna, fatigada, feliz. Había cumplido también este año con el deber que desde hacia miles de años Dios le había confiado: hacer crecer las espigas hasta la altura del hombre, cargar las viñas de racimos y los olivos de frutos. Por eso ahora descansaba, fatigada, feliz, como una mujer que acabase de dar a luz.

– ¡Qué gran alegría, hermanos! -repetía una y otra vez Pedro. Aquella caminata nocturna y la dulce camaradería le hacían sentirse completamente feliz-. ¿Vivimos en la realidad? ¿Soñamos? ¿Nos han hechizado? Tengo deseos de cantar una canción para aliviar mi corazón.

– ¡Todos juntos! -dijo Jesús. Comenzó a cantar, ahuecando la voz.

Su voz era débil, pero dulce, llena de pasión. A uno y otro lado de Jesús se alzaban las voces de Juan y de Andrés, melodiosas, llenas de ternura. Durante unos momentos aquellas tres voces delicadas cantaron solas. Quien las oyera habría dicho: «No podrán resistir mucho y pronto caerán las tres, una tras otra.» Pero manaban de una fuente muy profunda y volvían a afirmarse. Y de pronto, ¡con qué alegría, con qué fuerza conmovieron el aire las voces graves, triunfales, viriles de Pedro, Santiago y Judas! Todos juntos, cada cual según su gracia y su fuerza, elevaban al cielo el salmo rebosante de alegría, el salmo de la marcha santa:

«¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos! Como un ungüento fino en la cabeza, que baja por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la orla de sus vestiduras. Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre.»

Transcurrían las horas; las estrellas se apagaron y comenzó a alzarse el día.

Los caminantes dejaron atrás las tierras rojas de Galilea y entraron en las negras de Samaría.

– Demos un rodeo -propuso Judas al tiempo que se detenía-. Esta tierra es herética y maldita. Crucemos el puente del Jordán para avanzar por la otra orilla. Es un pecado tocar a los que violan "la ley, pues así como su Dios está mancillado, del mismo modo su agua y su pan están mancillados. Un trozo de pan samaritano, me decía mi madre, es un trozo de cerdo. ¡Demos un rodeo!

Pero Jesús tomó tranquilamente a Judas de la mano y avanzó.

– Judas, hermano mío -le dijo-. El puro toca al corrupto y el corrupto se purifica. No opongas resistencia; hemos venido por ellos, por los pecadores. ¿Qué necesidad tienen de nosotros los puritanos? Aquí, en Samaría, una buena palabra puede salvar un alma. Una buena palabra, Judas, un movimiento de bondad, una sonrisa al samaritano que pasa. ¿Comprendes?

Judas miró furtivamente a su alrededor para ver si los otros podían oírle, y bajó la voz:

– Ese no es el camino; no, ése no es el camino. Pero tendré paciencia hasta que estemos frente al asceta salvaje. El ha de juzgar. Hasta entonces ve por donde quieras y haz lo que quieras; no te abandonaré.

Colgó del hombro su nudoso bastón y se adelantó a zancadas.

Los otros caminaban charlando. Jesús les hablaba del Padre, del amor, del reino de los cielos. Les explicaba qué almas eran las vírgenes alocadas y cuáles las prudentes, el sentido de las lámparas y del aceite, así como el del novio. También les explicaba no sólo por qué razón las vírgenes alocadas habían entrado, como las prudentes, en la casa del novio, sino también por qué los servidores tan sólo les habían lavado a ellas los pies cansados. Los cuatro compañeros lo escuchaban y su espíritu se abría, su corazón se templaba. El pecador se les apareció como una virgen alocada que espera, en pie con la lámpara apagada, ante la puerta del Señor, rezando y llorando…

Caminaban, caminaban. Entretanto, por encima de sus cabezas, el cielo se cargaba de nubes y el rostro de la tierra se ensombrecía.

Flotaba en el aire un olor a lluvia.

Llegaron a la primera aldea, al pie del Garizim, el monte sagrado de sus antepasados. A la entrada de la aldea estaba el antiguo pozo de Jacob, rodeado de palmeras y cañas. Allí iba a sacar agua el patriarca Jacob para beber él y sus ovejas. El brocal de piedra estaba desgastado por la soga que lo rozaba desde hacía varias generaciones. Jesús se sentía fatigado y sus pies estaban ensangrentados.

– Me quedaré aquí -dijo-. Estoy cansado. Entrad vosotros en la aldea y golpead a las puertas. Seguro que encontraréis algún alma caritativa que os dé un trozo de pan como limosna, y alguna mujer vendrá al pozo y sacará agua para que podamos beber. Tened confianza en Dios y en los hombres.

Los cinco compañeros partieron juntos, pero, en el camino, Judas cambió de idea.

– No entraré en una aldea corrupta -dijo con obstinación-. No comeré pan mancillado. Os esperaré bajo esta higuera.

Mientras tanto, Jesús se había echado entre las cañas, a la sombra. Sentía sed, pero no podía beber agua porque el pozo era profundo. Inclinó la cabeza y se abandonó a sus pensamientos. Había elegido un camino difícil. Su cuerpo era débil; se cansaba, flaqueaba y no tenía fuerzas suficientes para cargar con su alma. Gemía, pero Dios soplaba inmediatamente sobre él como una brisa fresca y leve, y el cuerpo recobraba fuerzas, se alzaba y volvía a ponerse en marcha… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta la muerte? ¿Hasta más allá de la muerte?

Mientras pensaba en Dios, en los hombres y en la muerte, las cañas se agitaron y una mujer joven, adornada con brazaletes y pendientes, se acercó al pozo. Dejó en el brocal el cántaro que llevaba sobre la cabeza; Jesús, entre las cañas, la veía desenrollar una soga, bajar el cubo, sacar agua y llenar el cántaro. Su sed aumentó.

– Mujer -dijo saliendo del cañaveral-, dame de beber.

Al verlo aparecer súbitamente, la mujer se asustó.

– Nada temas -le dijo Jesús-. Soy un hombre honrado. Tengo sed; dame de beber.

– ¿Cómo se explica -respondió la mujer- que tú, un galileo, según veo por tus vestiduras, pidas agua a una samaritana?

– Si supieras quién es el que te dijo: «Mujer, dame de beber», caerías a sus pies y le pedirías que te diera de beber el agua de la inmortalidad.

La mujer quedó desconcertada, y después de algunos instantes contestó:

– No tienes soga ni cubo y ese pozo es profundo. ¿Cómo sacarás agua para darme de beber?

– El que beba agua de este pozo volverá a sentir sed -respondió Jesús-. Pero el que beba el agua que yo le doy, jamás volverá a sentir sed.

– Señor -le dijo entonces la mujer-, dame de beber esa agua para que no vuelva nunca a sentir sed. De ese modo no tendré que venir todos los días al pozo.

– Ve primero a llamar a tu marido -dijo Jesús.

– No tengo marido, Señor.

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