Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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– Gracias a Dios existen las doradas -dijo-, el lago que crea las doradas y Dios que crea los lagos.

– ¿Qué debería decir entonces el viejo Jonás, patrón? -dijo el más anciano de los pescadores-. El desdichado se sienta todos los atardeceres en un peñasco, mira hacia Jerusalén y llora por su hijo Andrés. El también es un iluminado. Al parecer, encontró un profeta y viaja con él, come miel silvestre y langostas, coge a los hombres por el pescuezo y los sumerge en el Jordán para lavarles, según dice, sus faltas.

– ¡Y luego dicen que tengas hijos para que te ayuden en la vejez! -dijo Zebedeo-. Traedme la bota, muchachos, que aún queda vino. ¡Tengo que levantar la moral!

En los guijarros se oyeron pasos lentos y pesados. Por aquellos movimientos lentos, hubiérase dicho que se acercaba un animal temible. Zebedeo se volvió y se levantó para recibir al visitante.

– ¡Bienvenido sea Jonás, el hombre justo! -gritó secándose la barba salpicada de vino-. Acabo de arreglar cuentas con mis hijos y con las doradas. ¡Ven tú también a arreglar cuentas con las doradas y dinos qué es de tu santo hijo Andrés!

Avanzó hacia ellos un viejo pescador rechoncho, con los pies descalzos, curtido por el sol y con una inmensa cabeza cubierta de pelos blancos y rizados. Su piel era escamosa como la de los peces y sus ojos turbios y grises. Se inclinó y los miró uno por uno. Buscaba a alguien.

– ¿A quién buscas, viejo Jonás? -dijo Zebedeo-. ¿Te fatiga hablar?

Veía sus pies, su barba, sus cabellos donde se enredaban espinas de pescado y algas; sus gruesos labios agrietados se movían como los de los peces, aunque no pronunciaban palabra alguna. El viejo Zebedeo estaba a punto de echarse a reír, pero repentinamente se sintió poseído por el terror. Una sospecha delirante cruzó su espíritu, y alargó ambas manos como si quisiera impedir que el viejo Jonás se acercara.

– ¡Ay! ¿Eres, por ventura, el profeta Jonás? -gritó. Se puso en pie de un salto-. ¿Has estado tanto tiempo entre nosotros ocultándonoslo? ¡Te conjuro en nombre de Adonay a que hables! Un día oí hablar al santo higúmeno del Monasterio de la ballena que había devorado al profeta Jonás; más tarde lo vomitó y el profeta salió del vientre del pez tan hombre como antes. Sí, a fe mía, el higúmeno nos lo describió tal como tú. Parece que tenía algas enredadas en los cabellos y en el pecho, y que su barba estaba llena de cangrejitos recién nacidos. Apuesto, y lo digo sin querer ofenderte, viejo Jonás, que si registro en tu barba encuentro cangrejitos.

Los pescadores estallaron en carcajadas. Los ojos del viejo Zebedeo miraban con terror a su viejo amigo.

– Habla, varón de Dios -le decía una y otra vez-. ¿Eres, por ventura, el profeta Jonás?

El viejo Jonás sacudió la cabeza. No recordaba que lo hubiera tragado ningún pez, si bien era posible. Hacía tantos años que luchaba con los peces, que… ¿cómo recordar nada con precisión?

– Es él, es él -murmuró el viejo Zebedeo; sus ojos parecían salírsele de las órbitas. Sabía de sobra que los profetas eran seres originales y que no había que confiar en ellos. Desaparecían en el fuego, en el mar, en el aire, y luego un buen día, sin previo aviso…, ¡volvían a presentarse delante de uno! ¿Acaso Elías no había subido al cielo montado en un carro de fuego? Sin embargo, aún continúa viviendo y en cualquier montaña que uno escale lo puede encontrar. Lo mismo ocurre con Enoc, que es inmortal. Y ahora, he aquí que el profeta Jonás se burla de nosotros, que pretende ser pescador y padre de Pedro y de Andrés. Hay que tratarlo con miramientos, porque estos profetas tienen mal genio y pueden acarrearle a uno disgustos. Suavizó la voz:

– Viejo Jonás, estimado vecino, ¿buscas a alguien, a Santiago? Ya volvió de Nazaret, pero parece que está fatigado y se fue a la aldea. Si quieres noticias de tu hijo Pedro, te manda decir que está bien, muy bien, que no te preocupes, que está a punto de llegar. Te envía un saludo cordial… ¿Me oyes, viejo Jonás? Hazme una señal.

Le hablaba suavemente y le acariciaba el cuero rugoso de sus hombros. Nunca se sabe, todo puede ocurrir, ¡y aquel ser mitad bestia de carga y mitad pez bien podía ser el profeta Jonás!

El viejo Jonás se inclinó, tomó de la olla un pequeño erizo de mar, se lo metió entero en la boca y comenzó a masticado.

– Me voy -murmuró, y les volvió la espalda. Volvió a oírse el crujido de los guijarros. Una gaviota rozó al pasar la cabeza de Jonás, se detuvo un instante batiendo las alas como si hubiera visto un cangrejillo en los cabellos del viejo pescador, pero acabó por lanzar un grito ronco, como si algo la hubiera enfurecido, y se fue.

– ¡Atención, muchachos! -dijo el viejo Zebedeo-. ¡Apuesto la cabeza a que es el profeta Jonás! Id dos de vosotros a ayudarle, ahora que Pedro está ausente; si no, cualquiera sabe lo que nos puede ocurrir.

Dos colosos se levantaron, medio risueños y medio asustados.

– Zebedeo -dijeron-, tú serás el responsable de lo que ocurra. ¡Los profetas son animales feroces y sin venir a cuento abren sus fauces y te trituran hasta el más pequeño hueso! ¡De acuerdo! ¡Adiós!

El viejo Zebedeo se estiró y bostezó, satisfecho. Había resuelto bien la situación creada por el profeta. Luego se volvió hacia los otros hombres y les gritó:

– ¡Vaya, muchachos, apresurémonos! ¡Colocad los pescados en los cestos y recorred las aldeas! Y prestad mucha atención, porque los campesinos son astutos; no son como nosotros, los pescadores, que somos hijos de Dios. Dadles la menor cantidad posible de pescado y tomad la mayor cantidad posible de trigo -aun cuando sea del año pasado-, de aceite, de vino, de pollos, de conejos… ¿Comprendisteis? Dos y dos son cuatro.

Los pescadores se levantaron y comenzaron a llenar los cestos.

A lo lejos, tras los peñascos, apareció un jinete montado en un camello que avanzaba velozmente. El viejo Zebedeo formó una visera con la mano y miró.

– ¡Eh, muchachos! Mirad también vosotros. ¿No es mi hijo Juan? -gritó.

El jinete marchaba ahora por la arena fina y se acercaba.

– ¡Es él! ¡Es él! -gritaron los pescadores-. ¡Bienvenido sea tu hijo, patrón!

El jinete pasaba ahora frente a ellos. Agitó la mano para saludar.

– Juan! -gritó el anciano padre-, ¿por qué llevas tanta prisa? ¿Adónde vas? ¡Detente un momento!

– El higúmeno agoniza. ¡No puedo detenerme!

– ¿Qué tiene?

– No quiere comer. Quiere morirse.

– ¿Por qué? ¿Por qué?

Pero la respuesta del jinete se perdió en el aire.

El viejo Zebedeo tosió, reflexionó un instante, meneó la maciza cabeza y murmuró:

– Dios nos guarde de la santidad.

El hijo de María seguía con la mirada a Santiago, que descendía a zancadas furiosas hacia Cafarnaum. Se sentó en tierra con las piernas cruzadas; su corazón desbordaba de pena. ¿Por qué despertaba tanto odio en el corazón de los hombres, él, que deseaba con tanta pasión amar y ser amado? La culpa era suya; no era de Dios ni de los hombres, sino sólo suya. ¿Por qué obraba tan cobardemente, por qué se internaba por un camino y no tenía suficiente valor para recorrerlo hasta el fin? Era un mezquino, un poco cobarde. ¿Por qué no se atrevió a casarse con Magdalena para salvarla de la vergüenza y la muerte? Y cuando Dios clavaba sus garras en él y le ordenaba: «¡Levántate!», ¿por qué se pegaba al suelo y no quería levantarse? Y ahora ¿por qué lo llevaba el miedo a sepultarse en el desierto? ¿Acaso pensaba que Dios no lo encontraría allí?

El sol estaba casi sobre él; los lamentos por la pérdida del trigo se habían calmado y aquellos seres flagelados y medio muertos estaban resignados frente a la catástrofe. Recordaron que los lamentos jamás aportaron cura alguna y callaron. Hacía miles de años que los perseguían, que sentían hambre, que las fuerzas visibles e invisibles les empujaban de un lado a otro y, no obstante, lograban arreglárselas para seguir viviendo. Habían aprendido a tener paciencia.

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