– Esta tarde tenemos que ir a ver a Emilia -ha comentado Allende. Allende ha vuelto a casa esta tarde con una bandeja de rosquillas del santo: rosquillas listas, rosquillas tontas, de Santa Clara y francesas. En lugar de sentarse los dos a tomarlas con un café con leche, como Durán esperaba, Allende ha declarado: «Esta tarde tenemos que ir a ver a Emilia.» Ramón Durán se ha sentido incómodo, inquieto:
– ¿Por qué tenemos que ir? No tenemos que ir. Estamos bien aquí.
Allende contempla al chaval, sentado frente a él en la mesa de la cocina. Allende piensa: Es verdad que no tenemos que ir. ¿Querría quedarse conmigo si yo insistiera? Toda mi vida he soñado con un compañero como éste. Algunas tardes el deseo de encontrarme con un chaval así, de la edad de Durán, del aspecto de Durán, se vuelve doloroso. Pero a la vez ese deseo -y ese dolor- resulta cómico. Allende no puede tomarse por completo en serio. Cuando la realidad y el deseo se enfrentan al atardecer en su conciencia, Allende no logra tomarse por completo en serio. ¿No es esto una virtud? Es, ciertamente, un alivio. Y sirve -como ahora mismo- para que Allende se atenga a su propósito declarado de instalar a Durán en casa de Emilia.
– Podría quedarme aquí -dice Durán-, no te molestaría, te limpiaría la casa. Podríamos ir al cine juntos los sábados.
Durán piensa: No lo digo por decir. Es verdad que me quiero quedar aquí, no quiero ir a casa de esa Emilia. ¿Por qué no quiere que me quede aquí con él?
– ¿Por qué no quieres que me quede aquí contigo? Podría pagarte un alquiler. ¿O es que tienes a alguien?
– No. No tengo a nadie.
– Entonces, ¿por qué? ¿No te gusto, o qué?
– Es que tienes que estar solo, arreglártelas solo. Lo del cine de los sábados me parece estupendo, pero tiene que ser que quieras, y tiene que ser también que quiera yo ir al cine contigo. Si vivieras aquí, y a mí me gustaría, acabaríamos haciéndonos sufrir. ¿Y si yo quisiera ir al cine y tú quisieras irte a bailar con un chico nuevo, entonces qué? ¿Y la diferencia de edad qué? ¿Tú estás seguro de que quieres vivir aquí? ¿O es que ahora mismo te asusta salir fuera?
– Tienes miedo a comprometerte -dice Durán enfurruñado. Le está pareciendo que Allende le quiere echar de ' casa.
– Puede. Pero no lo creo. Comprometerme ahora mismo contigo me encantaría, lo estoy deseando, me gusta tu compañía.
– Entonces, ¿por qué quieres que me vaya?
– Voy a ponértelo más claro: si al cabo de dos o tres años de vivir tú fuera de esta casa nuestra relación siguiera en pie, entonces sería cosa de pensarlo, pero no ahora. Ahora darías cualquier cosa por no tener que moverte y buscar una vía, una salida. Estarías encantado de fregar aquí los platos, cualquier cosa, con tal de no tener que estudiar algo, aprender algo, tratar de encontrar un empleo que no sea servir copas en los bares. Fíjate que no hablo de conocer a otra gente, aunque eso es parte del asunto, claro está. No estoy siendo, Ramón, ni siquiera desinteresado. Estoy siendo realista y estoy diciéndote algo que creo de verdad: que con veintiocho años debes arreglarte solo: has heredado lo de tu madre, no dependes de nadie. Te estoy animando a instalarte con una persona, Emilia, que es una mujer algo más joven que yo, hecha y derecha, muy independiente… Ahí puedes instalarte cómodamente, pensar, las cosas, venir a verme de vez en cuando, ir a verte yo a ti, pero guardando las distancias. Sólo se salvan las distancias que se guardan, y entre nosotros dos esto es especialmente verdadero.
Allende piensa ahora que está haciendo el tonto y perdiendo la oportunidad de retener a Durán: la verdad es que el chico le necesita ahora. El duelo por su madre recomenzará, Juanjo y Salazar volverán a liarle, ha perdido la costumbre de trabajar y de estudiar. Solo se sentirá perdido, necesitará apoyo. Allende tiene costumbre de tratar casos como éste. No le asusta a Allende ocuparse de una persona como Durán: ha trabajado con chicas y chicos más difíciles. Siente, por lo demás, sincero afecto por el muchacho. Aparte, claro está, atracción. ¡Ojalá no se hubiese presentado tan pronto la atracción física! -decide Allende-. Si se hubiera retrasado la atracción física, habría podido yo engañarme ahora un poco. Tenerle en casa y envolverle a él y envolverme yo mismo en una actividad pseudoplatónica de enseñanzas, una falsa paideia . Pero hubiera durado un tiempo sin problemas. Hubiera sido muy agradable mientras duraba. Los dos hubiéramos sabido desde un principio de qué iba cada cual. Y sobre todo yo hubiera sabido con toda exactitud de qué iba yo mismo: el deseo, sin embargo, mis deseos, de haber sido más tenues, menos vehementes, menos visibles para mí mismo, habrían, en ese supuesto escenario, presionado menos mi conciencia moralizante: por mi culpa, por culpa de mi gendarme internalizado, tengo que imponer barreras exteriores para no echarlo a perder todo ahora. Pero las barreras exteriores acabarán, de hecho, echándolo todo a perder: el chico me olvidará si no me ve con frecuencia. Ahora tengo una pequeña oportunidad, al cabo de un año habré perdido esta oportunidad, ¿y qué? Tengo que hacer lo que mi instinto moral me lleva a hacer: no debo intentar retenerle. A medida que va pensando estas cosas, Allende va sintiéndose a la vez más confirmado en su decisión de alejar a Durán para que se valga por sí mismo. Y más ridículo: estos últimos años, cada vez más claramente, cada vez que Allende toma una decisión que contraría sus deseos de felicidad o de placer, se siente ridículo: no siente la satisfacción del deber cumplido (aunque en lo esencial de eso se trata), siente la irritación melancólica que sentimos cuando dejamos escapar una oportunidad de placer.
– Me gusta cómo hablas. Cuando estoy contigo, igual no lo crees, pero es verdad, siempre que estoy contigo, cuando nos encontramos en la calle, como aquel día, ¿te acuerdas?, en la Gran Vía, y luego también en Marbella, lo que hablamos, todo lo de mi madre, siempre que hablo contigo, y sobre todo cuando me hablas tú a mí, tengo ganas de abrazarte. O sea, no de darte un abrazo o de que me des tú un abrazo a mí, de abrazarme a ti, de eso tengo ganas. Yo sé que te gusto, ¿sabes, Paco? De eso me he dado siempre cuenta, de si le gusto a alguien. Y a ti te gusto mucho, me doy cuenta de eso, y ese sentimiento que sientes por mí me gusta a mí sentir que lo sientes. Ahora mismo, si tú quieres, si quisieras, me dejaría hacer lo que tú quieras, te besaría con gusto. Yo no he tenido padre, en mi casa no había hombres, éramos mi madre y yo, y yo era el hombre. Me gustaría que me llevaras de la mano por la calle, me gustaría cogerte la mano, y que me acariciaras. ¿Sabes por qué digo todo esto?
– No. No sé por qué lo dices. Es agradable oírlo, por supuesto. ¡Ojalá fuese verdad! Pero yo no creo que sea verdad…
– ¿Crees que te estoy mintiendo, entonces?
– No. No creo que estés mintiendo, creo que estás expresando lo que sientes ahora mismo. Me estás dando tu temperatura. Es como si me estuvieras dando tus constantes vitales: tensión arterial máxima y mínima, pulsaciones, temperatura corporal… en este instante. Ojalá yo pudiera entregarme a este instante, pero no puedo.
– ¿Por qué no puedes?
– Bueno, ahí está el asunto. No sé qué contestar.
– No puedes porque te acobardas. En el fondo, Paco, me deseas pero te asusta echar un gran polvo conmigo, la corrida de tu vida. Y esto, Paco, lo digo humildemente. Córrete conmigo y te olvidarás de todas las penas, y yo también. ¿Por qué no pasamos juntos esta noche? ¿Por qué en vez de ir a casa de esa estúpida Emilia no nos corremos como Dios, todas las veces que podamos? Nunca me has visto desnudo. Me da morbo, ¿me desnudo ahora mismo? Estoy empalmado, mírame.
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