Paul Auster - La Noche Del Oráculo

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Sidney Orr es escritor, y está recuperándose de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Y cada mañana, cuando su esposa Grace se marcha a trabajar, él, todavía débil y desconcertado, camina por la ciudad. Un día compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que le seduce, y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, también enfermo, también poseedor de otro de los exóticos cuadernos azules portugueses, le ha hablado de Flitcraft, un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés y que, como Sidney, sobrevivió a un íntimo roce con la muerte, creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad y se inventó otra vida en otra ciudad. En la novela que Sidney Orr está escribiendo en su cuaderno azul, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte cuando una gárgola de piedra se desprende de un viejo edificio y cae donde él había estado un segundo antes, también parte sin despedidas rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita y perdida durante mucho tiempo de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, Orr va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y su matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce.

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»Pero eso fue hace años. Pasamos juntos aquel trauma y luego le perdí la pista. Cuando acepté cenar con él la otra noche, esperaba pasar un rato aburrido, aguantar como fuese un par de horas de conversación insustancial y después largarme corriendo a casa. Pero me equivoqué. Me alegra decir que estaba equivocado. Siempre me resulta estimulante descubrir nuevos ejemplos de mis prejuicios, darme cuenta de mi propia estupidez, de que no sé ni la mitad de lo que creo saber.

»Todo empezó con el placer de verle la cara. Había olvidado cuánto se parecía a su hermana, los muchos rasgos que tenían en común. Los mismos ojos rasgados, la curva de la barbilla, la boca elegante, el puente de la nariz: era Tina en un cuerpo de hombre, o en cualquier caso, breves destellos de ella que fulguraban en los momentos más inesperados. Me abrumaba el hecho de tenerla así otra vez, de sentir de nuevo su presencia, de ver que una parte de ella seguía viviendo en su hermano. En un par de ocasiones Richard volvió la cabeza de cierta manera, hizo un gesto determinado, movió los ojos de una forma especial, y me sentí tan conmovido que me dieron ganas de levantarme de la silla y darle un beso por encima de la mesa. Un besazo en los labios; un ósculo integral. A lo mejor os reís, pero lamento mucho no haberlo hecho.

»Richard seguía igual, era el mismísimo Richard de siempre, pero en cierto modo había mejorado, parecía más a gusto consigo mismo. Se ha casado y tiene dos hijas pequeñas. Puede que eso le haya servido de algo. O quizá sea que es ocho años mayor, no sé. Continúa ganándose laboriosamente la vida con uno de esos empleos insustanciales (vendedor de piezas de ordenador, asesor de gestión, se me ha olvidado a qué se dedica) y sigue pasándose las tardes delante de la televisión. Partidos de fútbol, telecomedias, series policíacas, documentales de naturaleza; de la televisión, le encanta todo. Pero nunca lee, le trae sin cuidado lo que pasa en el mundo y ni siquiera aparenta que tiene opinión sobre nada. Hace dieciséis años que lo conozco, y en todo ese tiempo no se ha tomado una sola vez la molestia de abrir un libro mío. No me importa, desde luego, pero lo menciono para que os hagáis una idea de lo vago que es, de su absoluta falta de curiosidad. Y sin embargo la otra noche lo pasé bien con él. Disfruté oyéndole hablar de sus programas de televisión favoritos, de su mujer y sus dos hijas, de cómo cada vez juega mejor al tenis, de las ventajas de vivir en Florida en comparación con Nueva Jersey. Mejor clima, ya sabéis. Se acabaron las tormentas de nieve y los inviernos heladores; verano todos los días del año. Tan común y corriente, muchachos, tan jodidamente satisfecho y, sin embargo…, ¿cómo decir…?, tan enteramente en paz consigo mismo, tan conforme con la vida que casi me dio envidia.

»Así que allí estábamos, cenando en uno de tantos restaurantes del centro, sentados frente a una cena sin demasiado interés, charlando de cosas sin gran importancia, cuando Richard alzó de pronto la cabeza del plato y empezó a contarme una historia. Por eso es por lo que os estoy diciendo todo esto, para llegar al relato de Richard. No sé si estaréis de acuerdo conmigo, pero a mí me parece una de las cosas más interesantes que he oído en mucho tiempo.

»Hace tres o cuatro meses, Richard estaba en el garaje de su casa, buscando algo en una caja de cartón, cuando se encontró con un estereoscopio. Recordaba vagamente que sus padres lo habían comprado cuando era niño, pero no se acordaba de en qué circunstancias ni para qué lo utilizaban. A menos que hubiera borrado la experiencia de su memoria, estaba casi seguro de que nunca había mirado por el visor, de que jamás lo había tenido siquiera en las manos. Cuando lo sacó de la caja y empezó a examinarlo, vio que no era uno de esos objetos baratos y endebles que sirven para mirar fotografías ya preparadas de sitios turísticos y paisajes bonitos. Era un aparato, óptico sólido y bien construido, una espléndida reliquia de la manía de las tres dimensiones de principios de los cincuenta. Aquella moda, que no duró mucho, consistía en que la gente tomara sus propias fotos tridimensionales con una cámara especial, las revelara en forma de diapositivas y luego las viera con el estereoscopio, que servía como una especie de álbum de fotografías en relieve. No encontró la cámara, pero sí una caja de diapositivas. Sólo había doce, me dijo, lo que parecía sugerir que sus padres no habían hecho más que un carrete con su cámara de moda, guardándola luego en algún sitio para olvidarse completamente de ella.

»Sin saber con lo que podía encontrarse, Richard puso una de las diapositivas en el visor, pulsó el botón que iluminaba el fondo y echó una mirada. En un instante, según me contó, se volatilizaron treinta años de su vida. De pronto se encontraba en 1953, en el cuarto de estar de la casa de su familia en West Orange, Nueva Jersey, entre los invitados al decimosexto cumpleaños de Tina. Ahora lo recordaba todo: la puesta de largo de su hermana, los camareros que servían en la fiesta desenvolviendo la comida en la cocina y alineando copas de champán en la encimera, el sonido del timbre de la puerta, el barullo de voces, el peinado con moño de Tina, el susurro de su largo vestido amarillo. Una tras otra, fue cambiando las diapositivas hasta poner las doce en el aparato. Todo el mundo estaba allí, aseguró. Su madre y su padre, sus primos, sus tíos, sus tías, su hermana, las amigas de su hermana, incluso él mismo, un escuálido adolescente de catorce años con su nuez protuberante, pelo cortado a cepillo y pajarita roja de clip. No era igual que ver fotografías normales, me explicó. Tampoco era lo mismo que ver películas domésticas, que siempre decepcionan con sus imágenes entrecortadas y sus colores desvaídos, con esa sensación de pertenecer a un pasado remoto. Las fotografías en tres dimensiones estaban increíblemente bien conservadas, tenían una nitidez sobrenatural. Todos los que salían parecían estar vivos, pletóricos de energía, presentes en aquel mismo momento, como formando parte de un eterno ahora que se había ido perpetuando a sí mismo a lo largo de casi treinta años. Colores intensos, que realzaban con toda claridad hasta el más mínimo detalle, creando ilusión de profundidad, de espacio alrededor. Cuanto más miraba las diapositivas, me dijo Richard, más impresión le daban los personajes de respirar, y cada vez que se detenía y pasaba a la siguiente, le parecía que si la hubiera mirado un poco más, sólo un momento más, habrían empezado a moverse de verdad.

»Después de verlas todas de la primera a la última, volvió a verlas de nuevo, y la segunda vez fue tomando conciencia poco a poco de que la mayoría de las personas retratadas ya estaban muertas. Su padre, fallecido de un ataque al corazón en 1969. Su madre, que murió en 1972 a consecuencia de un ataque renal. Tina, de cáncer, en 1974. Y de los seis tíos y tías que asistieron aquel día, cuatro ya estaban muertos y enterrados. En una de las fotos salía él en el jardín, con sus padres y Tina. Sólo estaban los cuatro -cogidos del brazo, apoyados los unos en los otros, una hilera de cuatro rostros sonrientes, ridículamente animados, haciendo el tonto delante de la cámara-, y cuando Richard puso la diapositiva en el visor por segunda vez, los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquélla fue la que pudo con él, me confesó, la que acabó derrotándolo. De pronto comprendió que se encontraba en el césped con tres fantasmas, que era el único superviviente de aquella tarde de treinta años atrás, y una vez que se le saltaron las lágrimas, no pudo hacer nada para contenerlas. Dejó el estereoscopio, se llevó las manos a la cara y prorrumpió en sollozos. Ésa fue la palabra que empleó cuando me contó la historia: sollozar. "Sollocé hasta que no pude más", explicó. "Me quedé deshecho."

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