Paul Auster - La Noche Del Oráculo

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Sidney Orr es escritor, y está recuperándose de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Y cada mañana, cuando su esposa Grace se marcha a trabajar, él, todavía débil y desconcertado, camina por la ciudad. Un día compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que le seduce, y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, también enfermo, también poseedor de otro de los exóticos cuadernos azules portugueses, le ha hablado de Flitcraft, un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés y que, como Sidney, sobrevivió a un íntimo roce con la muerte, creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad y se inventó otra vida en otra ciudad. En la novela que Sidney Orr está escribiendo en su cuaderno azul, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte cuando una gárgola de piedra se desprende de un viejo edificio y cae donde él había estado un segundo antes, también parte sin despedidas rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita y perdida durante mucho tiempo de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, Orr va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y su matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce.

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Se encuentran a las ocho en punto. Las cosas van estupendamente mientras toman el aperitivo y los entrantes, pero luego empiezan a hablar de un asunto doméstico sin importancia (una silla rota, la inminente llegada de una prima de Eva a Nueva York, una cuestión enteramente secundaria), y enseguida se ponen a discutir. No de forma vehemente, quizá, pero sus voces denotan la suficiente irritación como para echar a perder su estado de ánimo. Nick expresa sus disculpas, y Eva las acepta; Eva expresa las suyas, y Nick las acepta. Pero la conversación pierde gracia, y no hay modo de recobrar la armonía de unos momentos antes. Cuando les sirven el primer plato, ambos guardan silencio. El restaurante está atestado, bulle de animación, y al recorrer Nick distraídamente la estancia con la mirada ve de pronto en un rincón a Rosa Leightman, sentada a una mesa con cinco o seis personas. Eva se da cuenta de que está mirando en una dirección determinada y le pregunta si ha visto a alguien conocido. Aquella chica, dice Nick. Ha venido a mi despacho esta mañana. Le cuenta algo sobre Rosa, menciona la novela escrita por su abuela, Sylvia Maxwell, y luego intenta cambiar de tema, pero Eva vuelve entonces la cabeza y se fija en la mesa de Rosa, situada al otro extremo de la sala. Es muy guapa, observa Nick, ¿no te parece? No está mal, contesta Eva. Pero qué pelo más raro lleva, Nicky, y va horrorosamente vestida. Eso no importa, afirma Nick. Está llena de vida…, hace tiempo que no veo a una persona tan llena de vida. Es la clase de mujer que puede hacer que un hombre pierda la cabeza.

Es horrible decir eso a la mujer de uno, sobre todo si la mujer ha empezado a notar que su marido se está alejando de ella. Bueno, dice Eva a la defensiva, pues qué lástima que tengas que estar conmigo. ¿Quieres que vaya a su mesa y la invite a sentarse con nosotros? Nunca he visto a un hombre perder la cabeza. Siempre se puede aprender algo nuevo.

Consciente de la crueldad que acaba de decir sin darse cuenta, Nick trata de reparar los daños. No hablaba de mí, contesta. Me refería a un hombre…, a cualquier hombre. Al hombre en abstracto.

Después de cenar, Nick y Eva vuelven a su casa, en el West Village. Es un dúplex pulcro y bien amueblado de la calle Barrow: el apartamento de John Trause, en realidad, que me he apropiado para mi narración flitcraftiana como inclinación silenciosa ante quien me sugirió la idea. Nick tiene que escribir una carta y pagar unas facturas, y mientras Eva se prepara para acostarse, se sienta a la mesa del comedor y se dispone a atender a esas pequeñas obligaciones. Eso le lleva tres cuartos de hora, pero aunque se está haciendo tarde, se siente inquieto, todavía no le apetece irse a la cama. Asoma la cabeza por la puerta del dormitorio, ve que Eva sigue despierta y le dice que sale a echar las cartas al correo. Sólo va hasta el buzón de la esquina. Tardará cinco minutos.

Entonces ocurre todo. Bowen coge la cartera (que sigue conteniendo el manuscrito de La noche del oráculo), mete en ella las cartas y sale a hacer el recado. Es el inicio de la primavera, y sopla un fuerte viento por la ciudad, haciendo sonar los letreros de las calles y removiendo desperdicios y papeles. Sin dejar de pensar en su inquietante encuentro con Rosa por la mañana, intentando aún comprender el incidente doblemente perturbador de haberla visto otra vez por la noche, Nick va hacia la esquina como envuelto en una nube y apenas mira por dónde pisa. Saca el correo de la cartera y lo echa al buzón. Algo se ha roto en su interior, dice para sí, y por primera vez desde que empezaron sus problemas con Eva, está dispuesto a admitir la realidad de su situación: que su matrimonio ha fracasado, que su vida ha llegado a un punto muerto. En vez de dar media vuelta y volver inmediatamente a casa, decide prolongar unos minutos el paseo. Sigue caminando por la calle, dobla la esquina, recorre otra calle y vuelve a torcer en la siguiente manzana. Once pisos por encima de él, la cabeza de una pequeña gárgola de piedra caliza sujeta a la fachada de un edificio de apartamentos se va desprendiendo poco a poco del resto de la estructura a causa de los embates del viento que sigue azotando la calle. Nick da otro paso, luego otro, y en el momento en que la cabeza de la gárgola por fin se suelta, él entra directamente en la trayectoria del objeto que se desploma. Así, de forma ligeramente modificada, comienza la historia de Flitcraft. Precipitándose en picado, la gárgola pasa a unos centímetros de la cabeza de Nick, rozándole el brazo, para estallar luego en mil pedazos contra la acera.

El impacto lo arroja al suelo. Se queda espantado, desorientado, anonadado. Al principio, no tiene idea de lo que acaba de ocurrir. Una fracción de segundo de alarma mientras la piedra le roza la manga, un instante de conmoción cuando la cartera se le escapa de la mano y luego el estrépito de la cabeza de la gárgola que se estrella contra la acera. Pasan unos momentos antes de que esté en condiciones de reconstruir la secuencia de los hechos, y cuando lo hace, se levanta del suelo comprendiendo que podría estar muerto. Aquella piedra era su destino. Esta noche ha salido de casa por el único motivo de encontrarse con la piedra, y si ha logrado escapar sano y salvo, eso sólo puede significar que se le ha otorgado una vida nueva, que su existencia anterior ha terminado, que hasta el más nimio momento de su pasado es ya de otra persona.

Un taxi da la vuelta a la esquina y viene por la calle en su dirección. Nick alza la mano. El taxi se detiene y Nick sube al vehículo. ¿Adónde?, pregunta el taxista. Nick no tiene ni idea, así que dice lo primero que se le ocurre. Al aeropuerto, contesta. ¿A cuál?, pregunta de nuevo el conductor. ¿Kennedy, La Guardia o Newark? A La Guardia, contesta Nick, de modo que a La Guardia se dirigen. Al llegar, Nick va al mostrador de billetes y pregunta cuándo sale el siguiente vuelo. ¿El vuelo adónde?, pregunta el empleado. A cualquier parte, responde Nick. El empleado consulta el horario. Kansas City, le informa. Hay un vuelo que tiene el embarque dentro de diez minutos. Muy bien, dice Nick, tendiéndole su tarjeta de crédito, déme un billete. ¿De ida, o ida y vuelta? Sólo de ida, contesta Nick, que media hora después está sentado en un avión, volando en plena noche hacia Kansas City.

Allí fue donde lo dejé aquella mañana: suspendido en el aire, volando estúpidamente hacia un futuro incierto y precario. No sabía cuánto tiempo llevaba trabajando, pero noté que me estaba quedando sin ideas, así que dejé la pluma y me levanté de la silla. En total, había escrito ocho páginas del cuaderno azul. Eso habría supuesto por lo menos dos o tres horas de trabajo, pero el tiempo había pasado tan deprisa que me sentía como si sólo llevara unos minutos allí dentro. Al salir del cuarto, fui pasillo adelante y entré en la cocina. Inesperadamente, Grace estaba delante del fogón, haciendo té.

– No sabía que estabas en casa -observó ella.

– Ya hace rato que he vuelto -expliqué-. Estaba en mi cuarto.

Grace pareció sorprendida.

– ¿No me has oído llamar?

– No, lo siento. Debía estar absorto en lo que estaba haciendo.

– Como no contestabas, he abierto la puerta y he mirado. Pero no estabas.

– Claro que estaba. Sentado a la mesa.

– Pues no te he visto. Estarías en otra parte. En el cuarto de baño, a lo mejor.

– No me acuerdo de haber ido al baño. Que yo sepa, he estado sentado a la mesa todo el tiempo.

Grace se encogió de hombros.

– Como tú digas, Sidney -concluyó.

Evidentemente no estaba de humor para discutir. Como mujer inteligente que era, me dirigió una de sus gloriosas y enigmáticas sonrisas y luego se volvió de nuevo hacia el fogón para terminar de preparar el té.

Dejó de llover hacia media tarde, y unas horas después un abollado Ford azul de una de las compañías de taxis del barrio cruzaba el puente de Brooklyn para conducirnos a nuestra cena quincenal con John Trause. Desde que salí del hospital, los tres habíamos insistido en reunirnos cada dos sábados por la noche, cenando unas veces en Brooklyn, en nuestro apartamento (donde invitábamos a John y preparábamos nosotros la comida), y otras dándonos extraordinarias comilonas en Chez Pierre, un restaurante nuevo y bastante caro del West Village (donde John siempre insistía en pagar la cuenta). En principio, el programa de aquella noche consistía en encontrarnos en el bar de Chez Pierre a las siete y media, pero John había llamado unos días antes para decirnos que le pasaba algo en la pierna y que tendríamos que cancelar la cita. Resultó que le había dado una flebitis (inflamación de una vena debida a la presencia de un coágulo de sangre), pero luego volvió a llamar el viernes por la tarde para decirnos que se encontraba algo mejor. No podía andar, nos advirtió, pero si no nos importaba ir a su apartamento y encargar comida china para que nos la subieran, quizá podríamos cenar juntos a pesar de todo.

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