Paul Auster - La Noche Del Oráculo

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Sidney Orr es escritor, y está recuperándose de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Y cada mañana, cuando su esposa Grace se marcha a trabajar, él, todavía débil y desconcertado, camina por la ciudad. Un día compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que le seduce, y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, también enfermo, también poseedor de otro de los exóticos cuadernos azules portugueses, le ha hablado de Flitcraft, un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés y que, como Sidney, sobrevivió a un íntimo roce con la muerte, creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad y se inventó otra vida en otra ciudad. En la novela que Sidney Orr está escribiendo en su cuaderno azul, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte cuando una gárgola de piedra se desprende de un viejo edificio y cae donde él había estado un segundo antes, también parte sin despedidas rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita y perdida durante mucho tiempo de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, Orr va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y su matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce.

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Los portugueses me resultaban especialmente atractivos, y con sus tapas duras, sus líneas cuadriculadas y sus pliegos de resistente papel cosido donde no se corría la tinta, en cuanto cogí uno y lo tuve entre las manos supe que iba a comprármelo. No tenía nada de extravagante ni ostentoso. Era un artículo práctico: sobrio, sin pretensiones, funcional, nada de esos libros de hojas en blanco que a uno se le ocurriría comprar para hacer un regalo. Pero me gustaba el detalle de que estuviera encuadernado en tela, y también me complacía el formato: veintitrés centímetros y medio por dieciocho y medio, lo que lo hacía ligeramente más corto y más ancho que los cuadernos normales. No puedo explicar por qué, pero esas dimensiones me parecieron sumamente satisfactorias, y, al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar. Sólo quedaban cuatro cuadernos en el montón, cada uno de distinto color: negro, rojo, marrón y azul. Me decidí por el azul, que por casualidad era el que estaba encima.

Tardé otros cinco minutos más o menos en encontrar el resto de las cosas que necesitaba, y luego me dirigí a la parte delantera de la papelería y lo dejé todo en el mostrador. El dueño me dedicó otra de sus corteses sonrisas y empezó a pulsar teclas en la caja, registrando el importe de los diversos artículos. Pero cuando llegó al cuaderno azul, se detuvo un momento, se quedó con él en la mano y pasó levemente la yema de los dedos por la tapa. Fue un gesto de apreciación, casi una caricia.

– Bonito libro – declaró, en un inglés con marcado acento extranjero -. Pero se acabó. Se acabó Portugal. Historia muy triste.

No entendí nada de lo que había dicho, pero en vez de ponerle en un apuro y pedirle que lo repitiera, murmuré algo sobre el encanto y la sencillez del cuaderno y luego cambié de tema.

– ¿Hace mucho que ha abierto la papelería? – le pregunté -. Está impecable, y todo parece muy nuevo.

– Un mes. Diez de agosto inauguración.

Al revelar ese dato, pareció ponerse un poco más derecho, sacando pecho con juvenil orgullo militar, pero cuando le pregunté cómo iba el negocio, dejó pausadamente el cuaderno sobre el mostrador y sacudió la cabeza.

– Muy flojo. Muchos disgustos.

Al mirarlo a los ojos, me di cuenta de que tenía más años de los que le había echado al principio: treinta y cinco por lo menos, incluso cuarenta. Hice algún torpe comentario sobre aguantar y esperar a que las cosas empezaran a funcionar, pero él sacudió la cabeza, esbozó una sonrisa y dijo:

– Mi sueño de siempre, tener una tienda. Una papelería como ésta, con plumas y papel, mi gran sueño americano. Negocio para todos, ¿verdad?

– Verdad -repetí, aunque no estaba completamente seguro de lo que quería decir.

– Todo el mundo hace palabras – prosiguió -. Todo el mundo escribe cosas. En colegio los niños hacen deberes en mis cuadernos. Los profesores ponen notas en mis cuadernos. En los sobres que vendo la gente manda cartas de amor. Libros de contabilidad, blocs de notas para listas de la compra, agendas para planificar semana. Todo aquí importante para vida, y eso me hace feliz, es un honor para mí.

El dueño de la papelería soltó ese pequeño discurso con tal solemnidad, con tan grave acento de responsabilidad y determinación, que confieso que me conmovió. ¿Qué clase de hombre era el dueño de aquella papelería, me pregunté, que disertaba ante sus clientes sobre la metafísica del papel y se veía a sí mismo cumpliendo una función esencial en la infinidad de los asuntos humanos? Había algo cómico en todo aquello, supongo, pero al oírle hablar ni por un momento se me ocurrió reír.

– Bien dicho -respondí-. No podría estar más de acuerdo con usted.

El cumplido pareció levantarle un poco el ánimo. Con una breve sonrisa y una inclinación de cabeza, siguió pulsando teclas en la caja registradora.

– Muchos escritores, aquí en Brooklyn. Bueno para negocio, quizá.

– Puede -contesté-. Lo malo de los escritores es que no les sobra el dinero para gastar.

– Ah -respondió, alzando la vista de la caja y dirigiéndome una sonrisa tan amplia que puso al descubierto una boca llena de dientes torcidos-. Usted debe ser escritor.

– No se lo diga a nadie -repuse, intentando mantener el tono de broma-. Se supone que es un secreto.

No era una observación muy graciosa, pero al dueño de la papelería debió de parecerle muy divertida, porque estuvo un buen rato a punto de morirse de un ataque de risa. En su forma de reír había un ritmo extraño, entrecortado -como si hablara y cantara a la vez-, y las carcajadas le salían a borbotones de la garganta en una alternancia de breves y mecánicos trinos: Ja ja ja. Ja ja ja.

– No digo a nadie -aseguró, una vez que cesó el arrebato-. Alto secreto. Sólo entre usted y yo. Mis labios sellados. Ja ja ja.

Reanudó su tarea con la máquina registradora y cuando terminó de meter mis cosas en una amplia bolsa blanca, volvió a ponerse serio.

– Si un día escribe historia en cuaderno azul de Portugal -me dijo- me hará muy feliz. Mi corazón lleno de alegría.

No supe qué contestar, pero antes de que se me ocurriera algo que decir, se sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la camisa y me la pasó por encima del mostrador. En la parte superior estaban escritas en negrita las palabras

PALACIO DE PAPEL. Después la dirección y el teléfono del establecimiento, y luego, en la parte inferior derecha, había un último elemento de información que anunciaba: M. R. Chang, Propietario.

– Gracias, señor Chang -le dije, sin levantar la vista de la tarjeta. Luego me la guardé en el bolsillo y saqué la cartera para pagarle.

– Nada de señor -objetó Chang, exhibiendo de nuevo su amplia sonrisa-. M. R. Así parece más importante. Más americano.

De nuevo no supe qué decir. Se me pasaron por la cabeza algunas ideas sobre el significado de aquellas iniciales, pero me las guardé para mí. Medios de Reajuste. Múltiples Repasos. Misterios Revelados. Es mejor no formular determinadas observaciones, y no quise castigar al pobre hombre con mi deprimente ironía. Después de un breve y embarazoso silencio, me tendió la bolsa blanca y luego, a modo de agradecimiento, hizo una reverencia.

– Que tenga suerte con la tienda -le deseé.

– Un palacio muy pequeño -observó-. No hay mucho género. Pero usted dice lo que quiere, y yo pido. Cualquier cosa que pida, yo traigo.

– Vale -contesté-. Trato hecho.

Di media vuelta para marcharme, pero Chang salió precipitadamente de detrás del mostrador y me cortó el paso delante de la puerta. Parecía tener la impresión de que habíamos concluido un negocio de suma importancia, porque pretendía estrecharme la mano.

– Hecho -afirmó-. Bueno para usted, bueno para mí. ¿Vale?

– Vale -repetí, consintiendo en el apretón de manos. Encontré un tanto absurdo el hecho de hacer tanta ceremonia por tan poca cosa, pero no me costaba nada seguirle la corriente. Además, estaba impaciente por largarme, y cuanto menos abriera la boca, antes me marcharía de allí.

– Usted pide y yo traigo. Sea lo que sea, lo encuentro. M. R. Chang sirve lo pedido.

Me dio otros dos o tres apretones de manos y luego me abrió la puerta, saludando con la cabeza y sonriendo mientras pasaba por delante de él y salía a la fresca mañana de septiembre. [1]

Había pensado entrar a desayunar en una de las cafeterías del barrio, pero el billete de veinte dólares que había metido en la cartera antes de salir se había quedado reducido a tres de uno y unas cuantas monedas: ni siquiera daba para la especialidad de la casa de dos dólares con no venta y nueve centavos, contando la propina y los impuestos. De no haber sido por la bolsa, habría seguido con mi paseo, pero no tenía sentido ir cargando con ella por todo el vecindario, y como hacía un tiempo bastante desagradable (la fina llovizna de antes se había transformado en un incesante chaparrón), abrí el paraguas y decidí marcharme a casa.

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