Paul Auster - La Noche Del Oráculo

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Sidney Orr es escritor, y está recuperándose de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Y cada mañana, cuando su esposa Grace se marcha a trabajar, él, todavía débil y desconcertado, camina por la ciudad. Un día compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que le seduce, y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, también enfermo, también poseedor de otro de los exóticos cuadernos azules portugueses, le ha hablado de Flitcraft, un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés y que, como Sidney, sobrevivió a un íntimo roce con la muerte, creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad y se inventó otra vida en otra ciudad. En la novela que Sidney Orr está escribiendo en su cuaderno azul, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte cuando una gárgola de piedra se desprende de un viejo edificio y cae donde él había estado un segundo antes, también parte sin despedidas rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita y perdida durante mucho tiempo de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, Orr va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y su matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce.

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Era sábado, y mi mujer aún seguía en la cama cuando salí de casa. Grace tenía un trabajo fijo de nueve a cinco, y los fines de semana podía aprovechar para levantarse tarde, permitiéndose el lujo de no poner el despertador. Como no quería molestarla, me marché tan sigilosamente como pude, dejándole una nota en la mesa de la cocina. Ahora vi que ella había añadido unas frases al pie de mi nota. Sidney: espero que el paseo haya sido divertido. Salgo a hacer unos recados. No tardaré mucho. Nos vemos luego. Te quiero, G.

Fui a mi cuarto de trabajo, al final del pasillo, y saqué los nuevos pertrechos. El recinto no era mucho más amplio que un armario -el espacio justo para un escritorio, una silla y una librería en miniatura con cuatro angostos estantes-, pero lo encontraba suficiente para mis necesidades, que nunca habían ido más allá de sentarme en la silla y escribir palabras en hojas de papel. Había entrado varias veces en el cuarto desde que me dieron de alta en el hospital, pero hasta aquel sábado de septiembre por la mañana -que yo prefiero denominar la mañana en cuestión-, no creo que me hubiera sentado una sola vez en la silla. Ahora, mientras aposentaba mis lamentables y flojas posaderas en el duro asiento de madera, me sentí como quien llega a casa después de un viaje largo y difícil, el desventurado viajero que vuelve para reclamar su legítimo lugar en el mundo. Me encontraba bien estando en el cuarto otra vez, con ganas de estar allí, y en la oleada de felicidad que me invadió mientras me instalaba frente a mi viejo escritorio, decidí señalar la ocasión escribiendo algo en el cuaderno azul.

Puse un cartucho de tinta en la pluma, abrí el cuaderno por la primera hoja y me quedé mirando la primera línea. No tenía ni idea de cómo empezar. El objeto del ejercicio no consistía en escribir algo concreto, sino en demostrarme a mí mismo que aún era capaz de escribir: lo que significaba que no importaba tanto lo que escribiera como el hecho de escribir algo. Cualquier cosa habría servido, cualquier frase habría sido enteramente válida, pero aun así no quería empezar el cuaderno con alguna estupidez, de modo que me quedé a la expectativa frente a la página cuadriculada, mirando las hileras de tenues líneas azules que se entrecruzaban en la blancura del papel convirtiéndolo en un campo de diminutos e idénticos cuadrados, y mientras dejaba vagar mis pensamientos por aquellos recintos tan finamente trazados recordé de pronto una conversación que había mantenido unas semanas antes con mi amigo John Trause. Rara vez hablábamos de libros cuando nos veíamos, pero aquel día John mencionó que estaba releyendo a ciertos novelistas que había admirado en su juventud. Tenía curiosidad por saber si su obra había perdido actualidad, si las opiniones que se había formado a los veinte años eran las mismas que se haría hoy, con treinta y tantos años más a sus espaldas. Pasó revista primero a diez escritores, luego a veinte, mencionándolos a todos, desde Faulkner y Fitzgerald a Dostoievski y Flaubert, pero el comentario que mejor grabado se me quedó en la memoria -y que ahora recordaba sentado a la mesa con el cuaderno abierto delante de mí- fue una pequeña digresión que hizo con respecto a una anécdota que se cuenta en una de las obras de Dashiell Hammett.

– En eso hay material para una novela -aseguró John-. yo ya estoy viejo para pensar en ello, pero un pipiolo como tú puede sacarle jugo a la idea, hacer algo con ella. Es un punto de partida fantástico. Lo único que hace falta es una historia que le vaya bien. [2]

Se refería al episodio de Flitcraft en el capítulo séptimo de El halcón maltés, la curiosa parábola que Sam Spade cuenta a Brigid O'Shaughnessy sobre un hombre que abandona la vida que lleva y desaparece de pronto. Flitcraft es un individuo absolutamente convencional: marido, padre, próspero hombre de negocios, una persona que no puede quejarse de nada. Un día sale a comer y cuando va andando por la calle una viga se desploma desde el décimo piso de un edificio en construcción y casi aterriza en su cabeza. Unos centímetros más y Flitcraft habría muerto aplastado, pero la viga le pasa rozando, y salvo por una esquirla que salta de la acera y le da en la cara, resulta ileso. De todos modos, el hecho de haber estado a un paso de la muerte lo perturba, y no puede sacarse el incidente de la cabeza. Según dice Hammett: «Se sintió como si le hubiesen quitado la tapadera que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo.» Flitcraft cae en la cuenta de que el mundo no es un sitio tan racional y ordenado como él creía, de que ha estado equivocado desde el principio y jamás ha entendido ni palabra de lo que ocurría en él. Es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida; una vida de la que se nos puede privar en cualquier momento, sin razón aparente. Cuando termina de comer, Flitcraft concluye que no tiene más remedio que someterse a esa fuerza aniquiladora, que debe destruir su vida mediante algún gesto sin sentido, totalmente arbitrario, de negación de sí mismo. Pagará con la misma moneda, por decirlo así, y sin molestarse en volver a casa o despedirse de su familia, sin tomarse siquiera el trabajo de sacar dinero del banco, se levanta de la mesa, se dirige a otra ciudad y empieza una nueva vida.

En las dos semanas transcurridas desde que John y yo hablamos de ese pasaje, ni una sola vez se me había pasado por la cabeza que en algún momento me daría por asumir la difícil tarea de dar cuerpo a la historia. Estaba de acuerdo en que era un excelente punto de partida -porque todos hemos pensado alguna vez en dejar la vida que llevamos, y porque en algún momento todos hemos deseado ser otro-, pero eso no quería decir que tuviera interés en desarrollarlo. Aquella mañana, sin embargo, sentado frente al escritorio por primera vez en casi nueve meses, con la vista fija en el recién adquirido cuaderno y esperando a ver si se me ocurría una frase inicial que no me produjera un sentimiento de vergüenza ni me hiciera perder el ánimo, decidí probar suerte con el conocido episodio de Flitcraft. No se trataba más que de un pretexto, la búsqueda de un medio para abrir brecha. Si era capaz de transcribir un par de ideas medianamente interesantes, al menos podría decir que había empezado a hacer algo, aunque lo dejara al cabo de veinte minutos y no volviera a trabajar más en ello. Así que quité el capuchón a la pluma, puse el plumín sobre la primera línea de la primera hoja del cuaderno azul, y empecé a escribir.

Las palabras fluyeron con rapidez, fácilmente, sin requerir gran esfuerzo. Resultaba sorprendente, pero con tal de que no dejara de mover la mano de izquierda a derecha, la palabra siguiente siempre parecía estar allí, deseosa por salir de mi pluma. Di a mi Flitcraft el nombre de Nick Bowen. Tiene treinta y tantos años, es editor en una importante editorial de Nueva York y está casado con una mujer llamada Eva. Siguiendo el ejemplo del prototipo de Hammett, se trata de un individuo que forzosamente hace bien su trabajo, es objeto de la admiración de sus compañeros, goza de seguridad económica, es feliz en su matrimonio, y así sucesivamente. O eso parecería tras una observación superficial, pero cuando empieza mi versión de la historia, ya hace tiempo que en el interior de Bowen bullen ciertos problemas. Comienza a aburrirle el trabajo (aunque no está dispuesto a admitirlo), y al cabo de cinco años de relativa estabilidad y tranquila felicidad con Eva, su matrimonio ha llegado a un punto muerto (otro hecho al que no tiene el valor de enfrentarse). En lugar de reflexionar sobre su creciente insatisfacción, Nick pasa su tiempo libre en un garaje de la calle Desbrosses, en Tribeca, dedicado a la interminable empresa de reconstruir el motor de un Jaguar destartalado que compró a los tres años de casarse. Es uno de los editores más importantes de una prestigiosa editorial neoyorquina, pero lo cierto es que prefiere el trabajo manual.

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