Julia Navarro - Dime quién soy

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La esperada nueva novela de Julia Navarro es el magnífico retrato de quienes vivieron intensa y apasionadamente un siglo turbulento. Ideología y compromiso en estado puro, amores y desamores desgarrados, aventura e historia de un siglo hecho pedazos.
Una periodista recibe una propuesta para investigar la azarosa vida de su bisabuela, una mujer de la que sólo se sabe que huyó de España abandonando a su marido y a su hijo poco antes de que estallara la Guerra Civil. Para rescatarla del olvido deberá reconstruir su historia desde los cimientos, siguiendo los pasos de su biografía y encajando, una a una, todas las piezas del inmenso y extraordinario puzzle de su existencia.

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»Un día conocí a Josep; fue sincero conmigo y me contó que había estado casado, pero que se había distanciado de su mujer. Él me enseñó lo que era el comunismo, cómo canalizar mi rabia de manera provechosa, cómo luchar por quienes nada tienen, como yo. Me enseñó también a leer, me dio libros, me trató como a una igual. Nos enamoramos, nació Pablo y hasta aquí hemos llegado. Yo lucho para que mi hijo no sea menos que el tuyo. ¿Por qué habría de serlo? Dime ¿por qué?

Amelia se quedó en silencio mirándome. Realmente no encontraba ninguna respuesta a las preguntas de Lola: ¿por qué yo, Pablo Soler, había de tener menos que Javier Carranza, su hijo? ¿Por qué él tenía asegurado el porvenir y yo no? Amelia era muy buena persona, e inocente, de manera que, aun sintiéndose desgarrada por las preguntas de Lola, le daba la razón, aunque eso significara poner distancia con quienes más quería, su familia.

– ¿Cuándo os marcháis? -preguntó Lola cambiando bruscamente de conversación.

– No lo sé, Pierre no me lo ha dicho. Pero nuestro barco sale el día veintinueve de julio de Le Havre, de manera que no podemos quedarnos mucho, a no ser que él cambie de planes.

¿Y por qué habría de cambiarlos?

– No lo sé, pero lo que está pasando aquí es importante, aún no se sabe el alcance de esta sublevación.

– En realidad, es lo mejor que ha podido pasar, ahora seremos nosotros o ellos, y la razón está de nuestra parte, de manera que acabaremos con el fascismo de una vez por todas y pondremos en marcha una República de trabajadores. Sabemos que es posible, en Rusia lo han hecho.

– ¿Y qué haréis con quienes no son comunistas?

Lola clavó sus ojos negros en Amelia y pareció dudar un segundo antes de responder.

– No tendrán más remedio que aceptar la realidad. Acabaremos con las clases: tu hijo Javier no será más que Pablo.

Amelia me miró con afecto. Yo estaba sentado en una silla, cerca de ellas, muy quieto. Mi infancia transcurrió en silencio, para no molestar, mientras mis padres soñaban con hacer la revolución.

El presidente Lluís Companys había exigido al general Goded que se dirigiera a las tropas rebeldes a través de la radio instándolas a rechazar la sublevación. El general, cabeza visible de los sublevados en la ciudad, no tuvo más remedio que aceptar, aunque bien es verdad que lo hizo con poco entusiasmo. Terminó siendo ejecutado.

Los enfrentamientos armados continuaron a lo largo de toda la noche, y las noticias, que corrían como la pólvora, señalaban el triunfo de los leales a la República. Sabe, los de la CNT pelearon como jabatos, en aquellos primeros días su intervención fue fundamental.

El lunes 20 de julio, Barcelona parecía haber recobrado la calma. Las milicias cenetistas patrullaban la ciudad. La Generalitat promulgó al día siguiente un decreto por el que se creaba el Cuerpo de Milicias Ciudadanas, cuya misión era luchar contra los fascistas y defender la República. A partir de ese momento las milicias iban a constituir un auténtico contrapoder, y la Generalitat no podría dar un paso sin su apoyo.

El Cuerpo de Milicias Ciudadanas estaba dirigido por el Comité Central de las Milicias Antifascistas, en el que estaban representados todos los partidos y sindicatos. Lola se incorporó a las Milicias, lo mismo que Josep, pero la verdad sea dicha: ella era una mujer de acción, mientras que él era un buen organizador, de manera que pasó a colaborar con el Comité Central de las Milicias, ordenando el trabajo de las patrullas, mientras que Lola se convertía en una miliciana que, pistola al cinto, formaba parte de las patrullas de control, escuadras cuyo objetivo era mantener el orden en la ciudad, detener a sospechosos, y registrar locales y viviendas, buscando cualquier resquicio de insurrección.

Aún la recuerdo con el cabello negro peinado hacia atrás, muy tirante, recogido con horquillas en un moño improvisado. A mí me gustaba el pelo negro de Lola. De pequeño, cuando me refugiaba en sus brazos, aspiraba el olor a lavanda de mi madre. Por eso lloré cuando se lo cortó. Una mañana antes de salir a patrullar, la encontré frente al espejo cortándose con las tijeras su larga melena.

– ¡Pero qué haces! -grité.

– Quiero comodidad, y no están los tiempos para preocuparse por el pelo. Me molesta, se me caen las horquillas; así estaré mejor.

Me costaba reconocerla con el cabello cortado a trasquilones, que ni siquiera le cubría las orejas.

– ¡No me gustas así, mamá! -le dije con rabia.

– Pablo, ya no eres un niño, de manera que no me hagas perder el tiempo con tonterías. Tu madre está luchando por ti -me respondió dándome un beso y abrazándome con fuerza. Aunque en realidad luchaba por ella, por la infancia que no pudo tener.

Doña Anita nos invitó a una cena de despedida que había organizado para Pierre y Amelia. Sólo estábamos nosotros, porque tanto Pierre como doña Anita creían que Lola y Amelia eran grandes amigas, y que para ésta nosotros éramos lo más parecido a una familia.

Amelia parecía resignada a marcharse, pero no disimulaba su apatía y su falta de entusiasmo, aunque Pierre prefería no darse por enterado. Había concebido un plan para su estancia en Sudamérica, y Amelia era una coartada a la que no estaba dispuesto a renunciar. No obstante se le veía contenido, como si estuviera hastiado de ella.

Amelia y Pierre llegaron a París el 24 de julio, y allí les esperaba un nuevo encuentro con Igor Krisov, que contaba con recibir de primera mano las impresiones de Pierre sobre la situación en España.

Krisov le pidió a Pierre que fuera acompañado de Amelia, y les citó dos días más tarde en el Café de la Paix. Se harían los encontradizos y él se presentaría como un anticuario nacionalizado inglés, una falsa personalidad con la que en alguna ocasión había acudido como cliente a la librería Rousseau.

La tarde del 26 de julio, Pierre invitó a Amelia a dar un paseo por la ciudad.

– Mañana nos vamos a Le Havre, será nuestra despedida de París -dijo.

Amelia aceptó, indolente. Tanto le daba; tenía la sensación de haberse convertido en un objeto en manos del destino, ante el que se doblegaba.

Caminaron con aparente despreocupación hasta el Café de la Paix, donde Pierre propuso que entraran a tomar algo. Llevaban diez minutos allí cuando apareció Igor Krisov.

– ¡Monsieur Comte! ¿Cómo está usted? Precisamente pensaba en pasarme un día de éstos por su librería.

– Encantado de verle, mister Krisov, permítame presentarle a la señorita Garayoa. Amelia, el señor Krisov es un viejo cliente de la librería.

Ígor estrechó la mano de Amelia y no pudo evitar un sentimiento inmediato de simpatía por ella. Fuera por su juventud, por su belleza o por su aire desvalido, el caso es que el experimentado espía quedó prendado de Amelia.

– ¿Me permiten que los invite a un café? Es el primer momento del día en que puedo disfrutar de cierta calma, y su compañía me sería muy grata.

– Desde luego, señor Krisov -aceptó Pierre.

– ¿Es usted española? -preguntó el señor Krisov.

– Sí -respondió Amelia.

– Conozco poco su país, sólo he visitado Madrid, Bilbao y Barcelona…

Krisov llevó la voz cantante de la conversación. Al principio Amelia se mostraba fría y distante, pero el ruso supo derrumbar sus defensas hasta hacerla sonreír. Hablaron en francés hasta que Amelia le contó que había estudiado inglés y alemán. Krisov cambió al inglés y después al alemán para comprobar, entre bromas, si realmente la joven conocía estas lenguas como decía, v le sorprendió ver que no sólo se defendía con soltura, sino que tenía en ambos idiomas una buena dicción.

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