Primero empezó a morir el ganado. Los colonos lo atribuyeron a una planta mortífera que crecía disimulada en los campos y emplearon, sin resultados, a botánicos europeos y hechiceros locales para descubrirla y erradicarla. Después fueron los caballos en los establos, los perros bravos y por fin cayeron fulminadas familias completas. A las víctimas se les hinchaba el vientre, se les ponían negras las encías y las uñas, se les aguaba la sangre, se les desprendía la piel a pedazos y morían en medio de atroces retortijones. Los síntomas no calzaban con ninguna enfermedad de las que asolaban las Antillas, pero sólo se manifestaban en los blancos; entonces ya no cupo duda de que era veneno. Macandal, otra vez Macandal. Caían los hombres al beber un trago de licor, las mujeres y los niños por una taza de chocolate, todos los invitados de un banquete antes de que sirvieran el postre. No se podía confiar en la fruta de los árboles ni en una botella de vino cerrada, ni siquiera en un cigarro, porque no se sabía en qué forma se administraba el veneno. Torturaron a centenares de esclavos sin averiguar cómo entraba la muerte en las casas, hasta que una chiquilla de quince años, una de tantas que el mandinga visitaba por las noches en forma de murciélago, ante la amenaza de ser quemada viva dio la pista para encontrar a Macandal. La quemaron de todos modos y su confesión condujo a los milicianos a la guarida de Macandal, escalando a pie como cabras por picos y quebradas hasta las cimas cenicientas de los antiguos caciques arahuacos. Lo cogieron vivo. Para entonces habían muerto seis mil personas. «Es el fin de Macandal», decían los blancos. «Veremos», susurraban los negros.
La plaza se hizo estrecha para el público que acudió de las plantaciones. Los grands blancs se instalaron bajo sus toldos, provistos de meriendas y bebidas, los petits blancs se resignaron a las galerías y los affranchis alquilaron los balcones en torno a la plaza, que pertenecían a otra gente libre de color. La mejor vista fue reservada para los esclavos, arreados por sus amos desde lugares distantes, para que comprobaran que Macandal era sólo un pobre negro manco que se asaría como un puerco. Amontonaron a los africanos alrededor de la hoguera, vigilados por los perros, que tironeaban de sus cadenas, enloquecidos por el olor humano. La mañana de la ejecución amaneció nublada, caliente y sin brisa. El tufo de la compacta multitud se mezclaba con el de azúcar quemada, grasa de las fritangas y flores salvajes que crecían enredadas en los árboles. Varios frailes asperjaban con agua bendita y ofrecían un buñuelo por cada confesión. Los esclavos habían aprendido a engañar a los frailes con pecados confusos, ya que las faltas admitidas iban directo a las orejas del amo, pero en esa ocasión nadie estaba de ánimo para buñuelos. Esperaban jubilosos a Macandal.
El cielo encapotado amenazaba con lluvia y el gobernador calculó que apenas alcanzaría el tiempo antes del chapuzón, pero debía esperar al intendente, representante del gobierno civil. Por fin aparecieron en uno de los dos palcos de honor el intendente y su esposa, una adolescente agobiada por el pesado vestido, el tocado de plumas y el disgusto; era la única francesa de Le Cap que no deseaba estar allí. Su marido, todavía joven aunque la doblaba en edad, era patizambo, nalgudo y panzón, pero tenía una hermosa cabeza de antiguo senador romano bajo su complicada peluca. Un redoble de tambores anunció la aparición del prisionero. Lo recibió un coro de amenazas e insultos de los blancos, burlas de los mulatos y gritos de frenético entusiasmo de los africanos. Desafiando a los perros, los latigazos y las órdenes de capataces y soldados, los esclavos se pusieron de pie, saltando con los brazos al cielo para saludar a Macandal. Eso produjo una reacción unánime, incluso el gobernador y el intendente se levantaron.
Macandal era alto, muy oscuro, con el cuerpo enteramente marcado de cicatrices, cubierto apenas por un calzón inmundo y manchado de sangre seca. Iba encadenado, pero erguido, altanero, indiferente. Desdeñó a blancos, soldados, frailes y perros; sus ojos recorrieron lentamente a los esclavos y cada uno supo que esas pupilas negras lo distinguían, entregándoles el soplo de su espíritu indomable. No era un esclavo quien sería ejecutado, sino el único hombre verdaderamente libre entre la muchedumbre. Así lo intuyeron todos y un silencio profundo cayó en la plaza. Por fin los negros reaccionaron y un coro incontrolable aulló el nombre del héroe, Macandal, Macandal, Macandal. El gobernador comprendió que más valía terminar deprisa, antes de que el proyectado circo se convirtiera en un baño de sangre; dio la señal y los soldados encadenaron el prisionero al poste de la hoguera. El verdugo encendió la paja y pronto la leña engrasada ardía, levantando una densa humareda. No se oía ni un suspiro en la plaza cuando se elevó la voz profunda de Macandal: «¡Volveré! ¡Volveré!».
¿Qué pasó entonces? Ésa sería la pregunta más frecuente en la isla por el resto de su historia, como solían decir los colonos. Blancos y mulatos vieron que Macandal se soltó de las cadenas y saltó por encima de los troncos ardientes, pero los soldados le cayeron encima, lo redujeron a golpes y lo condujeron de vuelta a la pira, donde minutos más tarde se lo tragaron las llamas y el humo. Los negros vieron que Macandal se soltó de las cadenas, saltó por encima de los troncos ardientes y cuando los soldados le cayeron encima se transformó en mosquito y salió volando a través de la humareda, dio una vuelta completa a la plaza, para que todos alcanzaran a despedirle, y luego se perdió en el cielo, justo antes del chapuzón que empapó la hoguera y apagó el fuego. Los blancos y affranchis vieron el cuerpo chamuscado de Macandal. Los negros sólo vieron el poste vacío. Los primeros se retiraron corriendo bajo la lluvia y los otros quedaron cantando, lavados por la tormenta. Macandal había vencido y cumpliría su promesa. Macandal volvería. Y por eso, porque era necesario demoler para siempre esa absurda leyenda, como le dijo Valmorain a su desequilibrada esposa, iban con sus esclavos a presenciar otra ejecución en Le Cap, veintitrés años más tarde.
La larga caravana iba vigilada por cuatro milicianos con mosquetes, Prosper Cambray y Toulouse Valmorain con pistolas y los commandeurs , por ser esclavos, sólo con sables y machetes. No eran de fiar, en caso de ataque podían unirse a los cimarrones. Los negros, flacos y hambrientos, avanzaban muy lentamente, llevando a la espalda los bultos y unidos por una cadena que entorpecía la marcha; al amo le parecía exagerado, pero no podía desautorizar al jefe de capataces. «Nadie intentará huir, los negros temen más a los demonios de la jungla que a las alimañas venenosas», le explicó Valmorain a su mujer, pero Eugenia no quería saber de negros, demonios o alimañas. La niña Tété iba suelta, caminando junto a la silla de mano de su ama, que cargaban dos esclavos, escogidos entre los más fuertes. El sendero se perdía en la maraña de la vegetación y el lodo, y el cortejo era una triste culebra que se arrastraba hacia Le Cap en silencio. De vez en cuando un ladrido de perros, un relincho de caballo o el silbido seco de un latigazo y un grito interrumpían el murmullo de la respiración humana y el rumor del bosque. Al comienzo Prosper Cambray pretendía que los esclavos fueran cantando para darse ánimo y advertir a las serpientes, como hacían en los cañaverales, pero Eugenia, atontada de mareo y fatiga, no lo aguantaba.
En el bosque oscurecía temprano bajo la densa cúpula de los árboles y amanecía tarde por la neblina enredada en los helechos. El día se hacía corto para Valmorain, pero eterno para los demás. La comida de los esclavos era una mazamorra de maíz o batata con carne seca y un tazón de café, distribuidos por la noche, cuando acampaban. El amo había ordenado que agregaran al café un terrón de azúcar y un chorro de tafia, el licor de caña de los pobres, para calentar a la gente, que dormía en el suelo empapada de lluvia y rocío, expuesta al asalto de un brote de fiebre. Ese año las epidemias habían sido calamitosas en la plantación: hubo que reemplazar a muchos esclavos y ningún recién nacido sobrevivió. Cambray previno a su patrón de que el licor y el dulce enviciaban a los esclavos y después no había forma de evitar que chuparan caña. Existía una pena especial para ese delito, pero Valmorain no era partidario de tormentos complicados, excepto para fugitivos, en cuyo caso seguía al pie de la letra el Código Negro. La ejecución de los cimarrones en Le Cap le parecía una pérdida de tiempo y dinero: habría bastado con ahorcarlos sin tanta alharaca.
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