Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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Lo rodeé sin dejar de mirarlo hasta saciarme, pues era poco probable que volviera a verlo. Luego eché un vistazo al taller, en el que tanto tiempo había pasado y que no veía desde hacía unos años. No había cambiado. Seguía habiendo pocos muebles, mucho polvo y cajas rebosantes de fósiles a la espera de atención. Encima de una de esas pilas descansaba un fajo de papeles con la letra de Mary. Eché una ojeada a la primera hoja y luego cogí el montón y me puse a hojearlo. Era una copia de un artículo que el reverendo Conybeare había escrito sobre los especímenes de Mary para la Sociedad Geológica. Se componía de veintinueve páginas de texto y ocho de ilustraciones, que Mary había reproducido concienzudamente. Debía de haber dedicado semanas enteras a la tarea, noche tras noche. Yo no había visto ese artículo, y no pude por menos de leer algunos fragmentos y desear llevarme prestada su copia.

Sin embargo, no podía quedarme todo el día en el taller leyéndolo. Salté al final para leer la conclusión y allí descubrí una nota escrita con letra pequeña al pie de la última página. Rezaba así: «Cuando escriba un artículo solo habrá un prólogo».

Al parecer Mary se sentía lo bastante segura para criticar la verborrea del reverendo Conybeare. Es más, tenía pensado escribir su propio artículo científico. Su osadía me hizo sonreír.

Entonces Tray ladró, la puerta se abrió y apareció Joseph Anning en la entrada. Podría haber sido peor. Podría haber sido Molly Anning, cuyo recelo inicial hacia mí se habría reavivado. Claro que también podría haber sido Mary, ante la cual no habría podido justificar aquella intromisión.

Aun así, era terrible. Nadie entra en casa ajena a menos que sea un ladrón. Ni siquiera una solterona inofensiva hace tal cosa.

– Joseph, yo… yo… lo siento mucho -dije tartamudeando-. Quería ver lo que ha encontrado Mary. Sabía que no podía venir cuando ella estuviera aquí; habría sido demasiado incómodo para ambas. No debería haber entrado. Es imperdonable, lo siento.

Habría salido corriendo, pero Joseph permanecía en la entrada, y la luz detrás de él mantenía su cara en la sombra, de tal forma que no podía ver su expresión, si es que tenía alguna. Joseph Anning se caracterizaba por no mostrar nunca sus emociones.

Se quedó muy quieto por un momento. Cuando por fin avanzó un paso, no tenía el entrecejo fruncido, como era de esperar. Tampoco sonreía. Sin embargo, fue educado.

– He vuelto a por otro chal para mamá. En la capilla hace frío. -Resultaba extraño que Joseph considerara que me debía una explicación por estar allí-. Bueno, ¿qué le parece, señorita Philpot? -añadió señalando con la cabeza el plesiosaurio.

Yo no esperaba que se mostrara tan razonable.

– Es realmente extraordinario.

– Yo lo detesto. No es natural. Me alegraré cuando desaparezca. -Aquel era Joseph de pies a cabeza.

– El señor Buckland me ha dicho que ha estado en contacto con el duque de Buckingham, que está interesado en comprarlo.

– Puede. Mary tiene otros planes.

Me aclaré la garganta.

– No… ¿El coronel Birch? -No quería oír la respuesta.

Pero Joseph me sorprendió.

– No. Mary lo ha dejado correr; sabe que no se casará con ella.

– Ah. -Me sentí tan aliviada que estuve a punto de reír-. ¿Quién, entonces?

– No quiere decirlo, ni siquiera a mamá. Últimamente se le han subido mucho los humos. -Joseph negó con la cabeza en señal de desaprobación-. Mandó una carta y dijo que teníamos que esperar la respuesta antes de decirle nada al señor Buckland.

– Qué raro.

Joseph cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

– Tengo que volver a la capilla, señorita Philpot. Mi madre necesita el chal.

– Desde luego.

Eché un último vistazo al plesiosaurio y dejé el artículo que había copiado Mary sobre el montón de piedras de la caja. Al hacerlo mis ojos divisaron la cola de un pez. Luego vi una aleta, y otra cola, y me di cuenta de que la caja estaba llena de peces fósiles. Entre ellos había pegado un trozo de papel con las letras EP escritas por Mary. Los guardaba para mí. Debía de pensar que un día volveríamos a ser amigas, que me perdonaría y yo también querría perdonarla. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Joseph se apartó para que pudiera salir. Me detuve al pasar junto a él.

– Joseph, te agradecería mucho que no les dijeras a Mary ni a tumadre que he estado aquí. No hay necesidad de disgustarlas, ¿verdad?

Joseph asintió con la cabeza.

– De todas formas le debo un favor.

– ¿Por qué?

– Fue usted la que recomendó que me hiciera aprendiz después de vender el coco. Es lo mejor que me ha pasado en la vida. Pensé que cuando empezara no tendría que buscar curis nunca más, pero siempre hay algo que me hace volver. Cuando vendamos este… -añadió señalando con la cabeza el plesiosaurio-, pienso dejar las curis para siempre. Me dedicaré a la tapicería y nada más. Estaré encantado si no tengo que volver a la playa. Así que guardaré el secreto, señorita Philpot.

Joseph esbozó una breve sonrisa; la única que he visto en su cara. El gesto sacó a la luz el atractivo heredado de su padre.

– Espero que seas muy feliz -dije, pronunciando las palabras que no había sido capaz de decir a su hermana.

Llamaron a la puerta de casa cuando estábamos comiendo. Fueron unos golpes tan repentinos y sonoros que las tres nos sobresaltamos, hasta el punto de que Margaret volcó su sopa de berros.

Por lo general dejábamos que Bessy acudiera a la puerta con sus andares pesados, pero había tal apremio en aquellos golpes que Louise se levantó de un brinco y recorrió el pasillo a toda prisa para abrir. Margaret y yo no vimos a quién hizo pasar, pero oímos cuchicheos en el pasillo. Al cabo Louise asomó la cabeza por la puerta.

– Molly Anning ha venido a vernos -anunció-. Dice que esperará a que acabemos de comer. La he dejado calentándose junto a la lumbre. Voy a decirle a Bessy que avive el fuego.

Margaret se levantó de un salto.

– Voy a llevarle un plato de sopa a la señora Anning.

Miré el mío. No podía quedarme sentada comiendo mientras un Anning esperaba en la otra habitación. Me levanté también, pero me detuve indecisa en la puerta del salón.

Louise acudió en mi rescate, como de costumbre.

– Coñac, tal vez -dijo al pasar a mi lado, seguida de una Bessy rezongona.

– Sí, sí. -Fui a buscar la botella y una copa.

Molly Anning estaba sentada junto al fuego, inmóvil, el centro de toda la actividad que se desarrollaba en torno a ella, como cuando había venido a vernos con la carta dirigida al coronel Birch. Bessy atizaba el fuego y miraba con expresión ceñuda las piernas de nuestra visitante, que consideraba un estorbo. Margaret le colocaba una mesita al lado para la sopa, mientras Louise movía el cubo del carbón. Yo rondaba con la botella de coñac, pero Molly Anning negó con la cabeza cuando le ofrecí. No dijo nada mientras comía la sopa, sorbiéndola como si no le gustaran los berros y la engullera solo para complacernos.

Mientras rebañaba el plato con un trozo de pan, noté las miradas de mis hermanas posadas sobre mí. Habían hecho su papel y ahora esperaban que yo hiciera el mío. Sin embargo, era incapaz de despegar los labios. Hacía mucho tiempo que no hablaba con Mary ni con su madre.

Me aclaré la garganta.

– ¿Ocurre algo, Molly? -logré decir finalmente-. ¿Están bien Joseph y Mary?

Molly Anning tragó el último trozo de pan y se pasó la lengua por los labios.

– Mary está en cama -dijo.

– Vaya por Dios, ¿está enferma? -preguntó Margaret.

– No, es tonta, nada más. Tenga.

Sacó del bolsillo una carta arrugada y me la entregó. La abrí y la alisé. Nada más echarle una ojeada vi que era de París. Reparé en las palabras «plesiosaurio» y «Cuvier», pero no me atrevía a leer el contenido. No obstante, como Molly parecía esperar que lo hiciera, no me quedó más remedio.

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