Tracy Chevalier - Las huellas de la vida
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También tenía intención de hacer las paces con Mary. Al menos iba a pedirle que perdonara mis celos y mi desprecio.
Pero había algo más. Aquella era una oportunidad de tener una aventura en una vida poco aventurera. Nunca había viajado sola, pues siempre iba con mis hermanas, mi hermano u otros familiares, o bien con amigos. Pese a que su compañía me brindaba seguridad, también era un fastidio que a veces amenazaba con asfixiarme. Así pues, me sentía muy orgullosa observando desde la cubierta del Unity -el mismo barco que había llevado el ictiosaurio del coronel Birch a Londres-cómo Lyme y mis hermanas empequeñecían hasta desaparecer y dejarme sola.
Navegamos directamente mar adentro en lugar de bordear la costa, pues había que sortear la peligrosa isla de Portland. Por lo tanto, no llegué a ver de cerca los lugares que conocía bien: Golden Cap, Bridport, Chesil Beach, Weymouth. Una vez que dejamos atrás Portland, seguimos mar adentro hasta rodear la isla de Wight antes de acercarnos finalmente a la costa.
La travesía por mar era muy diferente de los viajes en diligencia a Londres, en los que Margaret, Louise y yo íbamos apretujadas entre desconocidos dentro de una caja mal ventilada, que traqueteaba, daba sacudidas y se detenía cada dos por tres para cambiar de caballos. Era un acto colectivo, y tan incómodo que, a medida que envejecía, tardaba cada vez más días en recuperarme.
Viajar a bordo del Unity era una experiencia mucho más solitaria. Me sentaba sobre un pequeño barril en cubierta, apartada, y observaba cómo la tripulación trabajaba con las cuerdas y las velas. No tenía ni idea de lo que hacían, pero los gritos que se dirigían unos a otros y la seguridad con que realizaban sus tareas disipaban el temor que me producía estar en el mar. Además, me olvidaba de las preocupaciones de la vida diaria, y lo único que se esperaba de mí era que no estorbara a los hombres. No solo no me mareaba, ni siquiera cuando el barco se movía mucho, sino que además me lo estaba pasando muy bien.
Me había angustiado el hecho de ser la única mujer en el barco -los otros tres pasajeros eran hombres que tenían negocios en Londres-, pero la mayor parte del tiempo pasaba inadvertida, si bien el capitán era bastante amable, aunque taciturno, cuando cenaba con él por las noches. Nadie parecía sentir la más mínima curiosidad por mí, aunque un pasajero -un hombre de Honiton-habló gustosamente de fósiles cuando se enteró de mi interés por el tema. Sin embargo, no le dije nada del plesiosaurio, ni de la visita que tenía previsto hacer a la Sociedad Geológica. El solo sabía de lo básico -amonites, belemnites, crinoideos, Gryphaeas -y tenía pocas cosas provechosas que decir, pero se aseguraba de decirlas todas. Por suerte, no soportaba el frío y se quedaba bajo cubierta muy a menudo.
Hasta que embarqué en el Unity, siempre había pensado en el mar como una frontera que me mantenía en mi lugar en tierra. Ahora, sin embargo, se convirtió en un espacio abierto. De vez en cuando veía otra embarcación, pero la mayor parte del tiempo no había más que cielo y agua en movimiento. A menudo miraba al horizonte, sumida en una calma silenciosa por el ritmo del mar y por la vida en el barco. Proporcionaba una extraña satisfacción escrutar aquella línea lejana, que me recordaba que pasaba gran parte de mi vida en Lyme buscando fósiles con la vista clavada en el suelo. Esa búsqueda constante puede limitar la perspectiva de una persona. A bordo del Unity no me quedaba más remedio que ver el ancho mundo y mi lugar en él. A veces imaginaba que estaba en la playa y miraba el barco, y que veía en la cubierta una figura menuda de color malva que observaba, atrapada entre el cielo gris claro y el mar gris oscuro, cómo el mundo pasaba ante sí, sola y tenaz. No esperaba sentirme así, pero nunca había sido tan feliz.
Soplaban vientos suaves, pero avanzábamos de forma continua aunque lenta. La primera vez que vi tierra fue el segundo día, cuando los acantilados de creta del este de Brighton aparecieron destellando. Hicimos una breve escala allí para descargar tela de la fábrica de Lyme, y me planteé preguntar al capitán Pearce si podía desembarcar para ver a mi hermana Frances. Sin embargo, para gran sorpresa mía, en verdad no sentía el menor deseo de hacerlo, ni de mandarle un mensaje para informarla de que estaba allí, sino que quería quedarme a bordo viendo a los habitantes de Brighton caminar de un lado a otro por el paseo marítimo. Aunque Frances hubiera aparecido por allí, no sé si la habría llamado. Prefería no alterar el delicioso anonimato de estar en la cubierta sin nadie que me buscara.
Al tercer día habíamos dejado atrás Dover, con sus inhóspitos acantilados blancos, y bordeábamos el cabo de Ramsgate cuando vimos por babor un barco encallado en un banco de arena. Mientras nos acercábamos oí a un miembro de la tripulación decir que era el Dispatch, el barco que transportaba el plesiosaurio de Mary.
Busqué al capitán.
– Oh, sí, es el Dispatch -me confirmó-. Ha encallado en Goodwin Sands. Debió de intentar virar demasiado bruscamente.
Parecía indignado y carente de toda solidaridad mientras ordenaba a los hombres que echaran el ancla. Poco después dos marineros partieron en un bote hacia el barco escorado, donde se reunieron con unos cuantos hombres que habían aparecido en la cubierta. Los marineros hablaron con ellos unos minutos antes de volver remando. Me incliné para tratar de oír lo que decían al capitán.
– ¡Ayer transportaron el cargamento a la costa! -vociferó uno-. Lo llevarán por tierra a Londres.
Al oír esas palabras la tripulación prorrumpió en abucheos, pues no tenían un gran respeto por los viajes por tierra, tal como había descubierto durante la travesía. Les parecían lentos, agitados y sucios a causa del barro. Otros -los cocheros, por ejemplo-podían replicar que el mar era lento, agitado y húmedo.
Fuera quien fuese quien tuviera razón, el plesiosaurio de Mary se encontraba ahora en medio de un largo convoy de carros que avanzaban ruidosamente por Kent hacia Londres. Pese a haber partido una semana antes que yo, el espécimen probablemente llegaría a Londres después, demasiado tarde para la reunión de la Sociedad Geológica.
Arribamos a Londres en la madrugada del cuarto día y atracamos en un muelle de Tooley Street. La relativa calma que había reinado a bordo dio paso al caos del desembarque a la luz de las antorchas, de los silbidos y los gritos, de los coches y los carros que se alejaban traqueteando llenos de personas y cargamento. Era todo un impacto para los sentidos después de cuatro días en los que habíamos seguido el ritmo constante de la naturaleza. La gente, el ruido y las luces también me recordaron que había ido a Londres por un motivo, no para disfrutar del anonimato y la soledad mientras contemplaba el vasto horizonte.
Permanecí en la cubierta escudriñando el muelle en busca de mi hermano, pero no estaba. La carta que le había enviado justo en el momento de partir debía de haberse quedado por el camino, encallada en el barro, y debía de haber perdido su carrera contra mí. Aunque nunca había estado en los muelles de Londres, había oído hablar de ellos, de lo atestados que estaban, de lo sucios y peligrosos que eran, sobre todo para una dama sola a la que no esperaba nadie. Tal vez debido a la oscuridad, que lo volvía todo más misterioso, los hombres que descargaban el Unity, incluso los marineros a los que había llegado a conocer a bordo, me parecían ahora mucho más violentos y duros.
No sabía si desembarcar. Sin embargo, no había nadie a quien acudir en busca de ayuda: los demás pasajeros -incluso el hombre presuntuoso de Honiton-se habían marchado con una prisa poco caballerosa. Podría haberme dejado llevar por el pánico. Antes del viaje tal vez lo hubiera hecho. Pero algo había cambiado en mí durante el tiempo que había pasado en la cubierta observando el horizonte: ahora era responsable de mí misma. Era Elizabeth Philpot y coleccionaba peces fósiles. I,os peces no siempre son bonitos, pero tienen una forma agradable, son prácticos y destacan por sus ojos. No hay nada vergonzoso en ellos.
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