Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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Cogí mi maleta y bajé del barco entre una veintena de hombres ajetreados, muchos de los cuales me silbaban y gritaban. Antes de que alguno pudiera hacer algo más que chillar, me dirigí a toda prisa a la aduana, aunque tambaleándome debido a la impresión de estar de nuevo en tierra.

– Me gustaría pedir un coche de caballos, por favor -dije a un sorprendido oficinista, al que interrumpí cuando estaba marcando artículos de una lista. Tenía un bigote que se agitaba como una polilla sobre su boca-. Esperaré aquí mientras va a buscarlo -añadí dejando en el suelo la maleta.

No adelanté la barbilla ni apreté la mandíbula, sino que le dirigí la mirada de los Philpot.

Me buscó un coche.

Las oficinas de la Sociedad Geológica se hallaban en Covent Garden, no muy lejos de la casa de mi hermano, pero para llegar había que pasar por Saint Giles y Seven Dials, con sus mendigos y ladrones, y no me entusiasmaba la idea de ir a pie. Por consiguiente, la tarde del 20 de febrero de 1824 esperaba en un coche de caballos frente al número 20 de Bedford Street, con mi sobrino Johnny al lado. Había nieve en la calle y nos arrebujábamos en la capa para protegernos del frío.

A mi hermano le horrorizó que hubiera viajado a Londres en barco a causa de Mary. Cuando se despertó en plena noche y me vio en la puerta, se quedó tan sorprendido que casi me arrepentí de haber ido. Arrumbadas discretamente en Lyme, mis hermanas y yo rara vez le dábamos motivos de preocupación, y no me gustaba hacerlo ahora.

John hizo todo cuanto pudo para convencerme de que no fuera a la Sociedad Geológica, salvo prohibírmelo expresamente. Al parecer solo estaba dispuesto a permitirme actuar de forma extraña una vez, cuando me acompañó a ver los artículos de la subasta del coronel Birch. Afortunadamente no había descubierto que también había asistido a la subasta. No quería ayudarme en una acción tan extravagante y arriesgada.

– No te dejarán entrar porque eres una mujer y sus estatutos no lo permiten -comenzó, empleando primero el argumento legal. Estábamos en su estudio, con la puerta cerrada, como si John intentara proteger a su familia de mí, su imprevisible hermana-. Incluso en el caso de que te dejen entrar, no te escucharán porque no eres un miembro. Por lo tanto -añadió levantando una mano cuando yo traté de interrumpirlo-, no tienes derecho a hablar ni a defender a Mary. No te corresponde a ti hacerlo.

– Es mi amiga -repuse-, y si yo no me pongo de su parte nadie más lo hará.

John me miró como si fuera una cría que intentara convencer a la niñera de que le dejara comer más pudin.

– Has sido una insensata, Elizabeth, Has venido hasta aquí y has enfermado por el camino…

– No es más que un resfriado.

– … por el camino, y has hecho que nos preocupáramos sin necesidad. -Ahora recurría al sentimiento de culpa-. Y todo en balde, porque no vas a conseguir que te escuchen.

– Al menos puedo intentarlo. Lo que sería una insensatez es venir hasta aquí y no intentarlo siquiera.

– ¿Qué quieres exactamente de esos hombres?

– Quiero recordarles que Mary emplea métodos cuidadosos para encontrar y conservar fósiles, y convencerlos de que accedan a defenderla públicamente del ataque de Cuvier contra su reputación.

– No lo harán -aseguró John deslizando un dedo por la espiral del nautilo que hacía las veces de pisapapeles-. Puede que defiendan el plesiosaurio, pero se negarán a hablar de Mary. Ella solo busca fósiles.

– ¡Que solo busca fósiles! -Me interrumpí.

John era un abogado de Londres, con una forma determinada de pensar. Yo era una solterona terca de Lyme, con opiniones propias. No conseguiríamos ponernos de acuerdo ni ninguno de los dos lograría convencer al otro. De todas formas, él no era mi objetivo; debía reservar mis palabras para hombres más importantes.

John no se avendría a acompañarme a la reunión, de modo que no se lo pedí, sino que recurrí a otra opción: mi sobrino. Johnny era ahora un joven alto y larguirucho que destacaba por sus pies, tenía un cariño residual a su tía y una viva afición por las travesuras. No había contado a sus padres que me había descubierto escabulléndome de la casa para ir a la subasta celebrada en el museo de Bullock, y ese secreto compartido nos unía. En esa intimidad confiaba ahora para que me ayudara.

Tuve suerte, pues John y mi cuñada iban a cenar fuera la noche del viernes en que tendría lugar la reunión de la Sociedad Geológica. No le había dicho cuándo se iba a celebrar el acto, que él creía que sería la semana siguiente. El día de la cena me fui a la cama por la tarde, aduciendo que el resfriado había empeorado. Mi cuñada frunció los labios, un gesto que indicaba claramente que desaprobaba mi insensatez. No le gustaban las visitas inesperadas ni los problemas que, pese a mi vida tranquila en Lyme, parecían seguirme. Detestaba los fósiles, el desorden y las preguntas sin respuesta. Cada vez que yo sacaba a colación temas como la posible edad de la tierra, retorcía las manos en su regazo y cambiaba de tema en cuanto se lo permitía su educación.

Cuando ella y mi hermano se hubieron marchado, salí sigilosamente de mi habitación y fui a buscar a Johnny para explicarle qué necesitaba de él. Se puso a la altura de las circunstancias de forma admirable: para justificar su salida inventó una excusa que satisficiera a los criados y fue a buscar un coche en el que me metió a toda prisa sin que nadie de la casa lo descubriera. Era ridículo que yo tuviera que llegar a ese extremo para emprender cualquier acción que se saliera de lo normal.

Sin embargo, era un alivio tener compañía. Ahora estábamos en Bedford Street sentados en el coche, frente a la sede de la Sociedad Geológica, después de que Johnny hubiera ido a comprobar que sus miembros todavía estaban cenando en las habitaciones del primer piso. A través de las ventanas delanteras veíamos las luces encendidas y alguna que otra cabeza inclinada. La reunión formal comenzaría dentro de media hora aproximadamente.

– ¿Qué hacemos, tía Elizabeth? -preguntó Johnny-. ¿Asaltamos la ciudadela?

– No, esperaremos. Todos se levantarán para que puedan retirar los platos. En ese momento entraré a buscar al señor Buckland. Van a nombrarlo presidente de la sociedad, y estoy segura de que me escuchará.

Johnny se recostó y apoyó los pies en el asiento de enfrente. Si yo hubiera sido su madre, le habría dicho que los bajara, pero lo bueno de ser tía es que puedes disfrutar de la compañía de tu sobrino sin tener que preocuparte por su comportamiento.

– Tía Elizabeth, no me ha dicho por qué es tan importante ese plesiosaurio -dijo-. Entiendo que quiera defender a la señorita Anning, pero ¿por qué está todo el mundo tan entusiasmado con esa criatura?

Me estiré los guantes y me coloqué bien la capa sobre los hombros.

– ¿Te acuerdas de cuando eras un niño y te llevamos al Egyptian Hall a ver los animales?

– Sí, me acuerdo del elefante y del hipopótamo.

– ¿Te acuerdas del cocodrilo de piedra que viste y que tanto me disgustó? ¿El que está ahora en el Museo Británico y al que llaman ictiosaurio?

– Claro. Lo he visto en el Museo Británico, y usted me ha hablado de él -respondió Johnny-, pero confieso que recuerdo mejor el elefante. ¿Por qué?

– Cuando Mary descubrió el ictiosaurio estaba contribuyendo a una nueva forma de pensar, aunque entonces ella no lo sabía. Era una criatura que nunca habíamos visto y que no parecía existir ya, sino que se había extinguido: la especie había desaparecido. Ese fenómeno llevó a algunas personas a plantearse que el mundo cambia, aunque de forma lenta, en lugar de ser constante, como se creía antes.

»A1 mismo tiempo, los geólogos estaban estudiando las distintas capas de roca, reflexionando sobre cómo se formó el mundo y preguntándose por su antigüedad. Desde hace años algunos hombres se preguntan si el mundo tiene más historia que los seis mil años calculados por el obispo Ussher. Un erudito escocés llamado James Hutton propuso incluso que el mundo es tan antiguo que no tiene «principio ni fin» y que es imposible determinar su antigüedad. -Hice una pausa-. Será mejor que no comentes nada de lo que estoy diciendo a tu madre. No le gusta oírme hablar de estas cosas.

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