Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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– Oh, no, es un plesiosaurio -afirmó el señor Buckland-, pero este tiene cabeza, y es exactamente como la habíamos imaginado: muy pequeña comparada con el resto del cuerpo. ¡Y las aletas! He hecho prometer a Mary que será lo primero que limpie. Pero no le he dicho por qué he venido a verla, señorita Philpot. El motivo es que quiero que convenza a los Anning de que no vendan ese espécimen al coronel Birch como hicieron con el último. El se lo vendió al Real Colegio de Cirujanos, y preferiríamos que este no fuera a parar allí también.

– ¿Lo vendió? ¿Por qué iba a hacerlo? -Clavé los dedos en los brazos del sillón. Cualquier mención al coronel Birch me ponía tensa.

El señor Buckland se encogió de hombros.

– Tal vez necesitaba el dinero. No es malo que el ejemplar se muestre en una exposición pública, pero esa institución está llena de hombres interesados en explotar los plesiosaurios de forma ramplona. Conybeare es un estudioso mucho más digno de confianza. Quizá desee llevarlo a la Sociedad Geológica para impartir una conferencia sobre él como ha hecho en otras ocasiones. Creo que mucha gente asistiría a ese acto. ¿Sabía, señorita Philpot, que en febrero seré nombrado presidente de la sociedad? Tal vez haga coincidir su conferencia con mi investidura.

– Según el Post, los Anning se están planteando venderlo al Museo de Bristol o al Museo Británico.

Me avergonzaba un poco citar la nota del periódico a alguien que había visto el espécimen con sus propios ojos. Era como describir Londres a partir de una guía turística a alguien que ha vivido allí.

– Eso revela los deseos del periódico más que los de la familia Anning -repuso William Buckland-. No, Molly Anning acaba de mencionarme al coronel Birch y se ha negado a considerar mis propuestas.

– ¿Le ha dicho usted que el coronel Birch vendió el primer espécimen, y seguramente por una bonita cantidad?

– No ha querido escucharme. Por eso he acudido a usted.

Observé mis manos. Pese a llevar mitones y aplicarme el ungüento de Margaret a diario, las tenía ásperas y agrietadas, con los dedos arrugados y barro debajo de las uñas.

– Tengo poca influencia sobre los Anning y las personas a las que deciden vender sus especímenes. La familia lleva ahora su negocio, y mi intromisión no sería bien recibida.

– No obstante, ¿lo intentará, señorita Philpot? Hable con ella. Seguro que respeta su opinión…, como hacemos todos.

Suspiré.

– Señor Buckland, si quiere que Molly Anning le escuche, ha de hablarle en la lengua que ella entiende. Nada de museos y artículos científicos, sino dinero. Busque un coleccionista que le pague bastante más que el coronel Birch y se lo venderá encantada.

El señor Buckland se quedó sorprendido, como si no se le hubiera ocurrido pensar en el dinero.

– Bueno -dijo, decidido a cambiar de tema-, he dejado en el rellano un maletín con unos peces que seguro que nunca ha visto, y la aleta dorsal de un Hybodus que le va a asombrar. ¡Tiene unos picos en la espina dorsal que parecen dientes! Venga, se lo enseñaré.

Cuando se hubo marchado volví a sentarme junto al fuego y me quedé pensando. Ahora que William Buckland había mostrado tal entusiasmo por el plesiosaurio, deseaba verlo más que nunca. Si no lo veía mientras estaba en Lyme, tal vez no tuviera otra oportunidad, sobre todo si el señor Buckland encontraba un comprador privado que lo guardara en su casa, inaccesible para alguien como yo.

Durante las semanas siguientes Mary estaría limpiando y preparando el espécimen; se separaría de él en contadas ocasiones, difíciles de predecir. No sabía cómo podía llegar hasta él sin verla a ella. Pero no podía ver a Mary. Me había acostumbrado a evitarla, a no pensar en el sentimiento de superioridad que experimentaba respecto a mí. No quería volver a abrir esa herida.

Sin embargo, el domingo se me presentó una oportunidad inesperada. Caminábamos por Coombe Street en dirección a la iglesia de Saint Michael cuando vi que los tres Anning entraban en la capilla congregacionalista. Estaba acostumbrada a ver a Mary a lo lejos. Ya no me entraban ganas de echar a correr, pues ella también hacía todo lo posible por eludirme.

Una vez en la iglesia, me senté con mis hermanas y Bessy, y mientras el reverendo Jones pronunciaba una oración acompañado de los fieles, pensé en la casa vacía de los Anning, justo a la vuelta de la esquina.

Empecé a toser, primero de forma aislada y luego con mayor insistencia, hasta que pareció que tenía un picor persistente en la garganta del que no lograba librarme. Los parroquianos se removían en sus bancos y echaban ojeadas alrededor, y Margaret y Louise me miraban con preocupación.

– Me duele la garganta a causa del frío -susurré a Louise-. Será mejor que me vaya a casa. Quedaos vosotras… No me pasará nada.

Salí al pasillo antes de que pudieran protestar. El reverendo Jones observó cómo me marchaba a toda prisa, y juraría que sabía que estaba anteponiendo los fósiles a la iglesia.

Una vez fuera descubrí que Bessy me había seguido.

– Oh, Bessy, no hace falta que me acompañe -dije-. Vuelva dentro.

Bessy negó con la cabeza tercamente.

– No, señora. Tengo que encender la lumbre para que no se enfríe.

– Puedo encenderla yo. Lo hago algunos días cuando me levanto antes que usted, como bien sabe.

Bessy frunció el entrecejo, molesta porque le había recordado que a veces la pillaba en falta.

– La señorita Margaret me ha dicho que vaya con usted -murmuró.

– Pues vuelva dentro y dígale a Margaret que la he mandado yo. Seguro que prefiere quedarse para saludar a sus amigas luego, ¿verdad?

Me había fijado en que los chismorreos entre las criadas después de misa eran muy animados.

Advertí que Bessy se sentía tentada, pero debido a su desconfianza natural me miró de hito en hito con los ojos entornados.

– No pensará ir a la playa, ¿verdad, señorita Elizabeth? Porque, con el resfriado que tiene, no se lo voy a permitir. ¡Y es domingo!

– Por supuesto que no. La marea está alta. -No tenía ni idea del estado del mar.

– Ah.

Aunque llevaba casi veinte años viviendo en Lyme, el comportamiento de las mareas seguía siendo un misterio para Bessy. Con unas cuantas palabras más la convencí de que volviera a entrar en la iglesia.

Cockmoile Square y Bridge Street estaban desiertas, puesto que la mayor parte del pueblo se encontraba en la iglesia o durmiendo. No podía vacilar, o me pillarían o bien perdería el valor. Bajé presurosa por la escalera del taller de Mary, saqué la llave de reserva que había visto esconder a Molly Anning debajo de una piedra, abrí la puerta y entré. Sabía que no debía hacer aquello, que era mucho peor que acudir a escondidas a la subasta del museo de Bullock en Londres, pero no podía evitarlo.

Oí un gañido. Tray se acercó a mí y me olfateó los pies meneando el rabo. Vacilé un instante antes de acariciarlo. Tenía el pelo áspero como la cascara de un coco y cubierto de polvo de caliza liásica, como perro de los Anning que era.

Lo esquivé para mirar el plesiosaurio, cuyas partes estaban extendidas en el suelo. Tenía unos dos metros y setenta centímetros de longitud y la mitad de anchura, que abarcaba la envergadura de sus enormes aletas con forma de rombo. Su cuello de cisne representaba una gran parte de su longitud, y al final había un cráneo que sorprendía por su pequeño tamaño, de aproximadamente trece centímetros de largo. El cuello era tan largo que resultaba incongruente. ¿Podía tener un animal el cuello más largo que el resto del cuerpo? Deseé haber llevado mi libro de anatomía de Cuvier. El cuerpo era una masa cilíndrica de costillas, rematado por una cola mucho más corta que el cuello. En conjunto tenía un aspecto tan inverosímil como el ictio-saurio con su enorme ojo. Mirándolo me estremecí y sonreí al mismo tiempo. También me sentí profundamente orgullosa de Mary. Fueran cuales fuesen nuestras diferencias, me alegraba mucho de que hubiera hallado algo que nadie había encontrado antes.

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