Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Las huellas de la vida: краткое содержание, описание и аннотация

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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Durante un tiempo me planteé incluso marcharme de Lyme e ir a vivir con mi hermana Frances y su familia, que se habían mudado hacía poco a Brighton. Cuando mencioné la posibilidad a Louise y Margaret, ambas se mostraron horrorizadas.

– ¿Cómo puedes pensar en dejarnos? -exclamó Margaret, mientras Louise se quedaba callada y pálida.

Incluso encontré a Bessy lloriqueando mientras preparaba una masa para pasteles, y tuve que tranquilizarlas a todas diciéndoles que Morley Cottage siempre sería mi casa.

Me costó mucho tiempo, pero al final me acostumbré a no disfrutar de la compañía y la amistad de Mary. Era como si la muchacha viviera en Charmouth o en Seatown o en Eype. Resultaba sorprendente que consiguiéramos evitarnos en un pueblo tan pequeño. Claro que ella estaba tan ocupada con los nuevos coleccionistas que la habría visto menos aunque no hubiera querido. Si bien me adapté a su ausencia, en mi corazón persistió un dolor sordo, como una fractura que, pese a haberse curado, todavía causa molestias en los días de lluvia.

Sin embargo, me encontré con ella una vez en que me resultó imposible escapar. Caminaba por el paseo con mis hermanas cuando vi que Mary venía en sentido contrario, seguida de un perrito blanco y negro. Ocurrió tan rápido que no pude escabullirme. Mary se sobresaltó al vernos, pero siguió avanzando hacia nosotras, como si estuviera decidida a no dejarse intimidar. Margaret y Louise la saludaron, y ella las saludó a su vez. Las dos evitamos mirarnos a los ojos.

– ¡Qué perrito más bonito! -exclamó Margaret agachándose para acariciarlo-. ¿Cómo se llama?

– Tray.

– ¿De dónde lo has sacado?

– Me lo ha regalado un amigo para que me haga compañía en la playa. -Mary se puso colorada, lo que nos reveló de qué amigo se trataba-. Solo se deja acariciar por las personas que le caen bien. Si alguien no le cae bien, gruñe.

Tray olfateó el vestido de Louise y luego el mío. Me puse rígida, creyendo que gruñiría, pero el animal me miró y se puso a jadear.

Siempre había pensado que a los perros no les caían bien las personas que no caían bien a sus dueños.

Aparte de ese encuentro, logré evitarla, aunque a veces la veía a lo lejos, seguida de Tray, en la playa o el pueblo.

Hubo una ocasión en que sentí brevemente la tentación de reanudar nuestra amistad. Pocos meses después de nuestra pelea, me enteré de que Mary había descubierto un montón de huesos desordenados que ella había unido especulando sobre su colocación, aunque el espécimen carecía de cráneo. Yo quería verlo, pero los Anning se lo vendieron al coronel Birch y se lo enviaron antes de que me armara de valor para visitar Cockmoile Square. Solo pude leer acerca de él en los artículos que publicaron Henry de la Beche y el reverendo Conybeare, en los que llamaban a esa criatura hipotética plesiosaurio, «cercano al lagarto». Tenía el cuello muy largo y unas enormes aletas, y William Buckland lo comparó con una serpiente unida al caparazón de una tortuga.

Ahora, según el periódico, Mary había hallado otro espécimen, y sentí nuevamente la tentación de visitar Cockmoile Square. Después de leer la breve nota, me asaltaron una serie de preguntas que quería plantearle. ¿Qué parte había descubierto primero? ¿Qué tamaño tenía el espécimen y en qué estado se encontraba? ¿Estaba completo? ¿Tenía cráneo? ¿Por qué había pasado toda la noche trabajando en él? ¿A quién esperaban vendérselo: al Museo Británico, al de Bristol, o al coronel Birch una vez más?

Mi deseo de verlo era tan grande que llegué a levantarme para coger mi capa. No obstante, en ese momento Bessy apareció con otra taza de té para mí.

– ¿Qué está haciendo, señorita Elizabeth? No se le ocurrirá salir con el frío que hace, ¿verdad?

– Yo…

Al mirar la cara ancha de Bessy, con sus mejillas rojas y acusado-ras, comprendí que no podía decirle a donde quería ir. Bessy se alegraba de que Mary y yo ya no fuéramos amigas, y diría muchas cosas acerca de mi deseo de visitar Cockmoile Square que yo no tenía energía para rebatir. Tampoco podía explicárselo a Margaret y Louise, que me habían animado a reconciliarme con Mary y luego, al ver que no lo hacía, habían dejado correr el asunto y nunca pronunciaban su nombre.

– Iba a la puerta a ver si ha llegado el correo -dije-. Pero me siento un poco mareada. Creo que me iré a la cama.

– Acuéstese, señorita Elizabeth. No le conviene ir a ninguna parte.

Rara es la vez que considere acertada la precaución de Bessy.

William Buckland llegó dos días después. Margaret y Louise habían ido a entregar las cestas de Navidad a varias personas, pero yo estaba todavía demasiado enferma para salir de casa. Louise me había mirado con cara de envidia cuando se marcharon; esas visitas siempre le resultaban aburridas, como a mí. Solo Margaret disfrutaba de las visitas de cortesía.

Acababa de cerrar los ojos cuando Bessy entró para anunciar que había venido a verme un caballero. Me incorporé, me froté la cara y me alisé el cabello.

William Buckland entró con paso ágil.

– ¡Señorita Philpot! -exclamó-. No se levante… Parece muy cómoda ahí, junto al fuego. No quería molestarla. Si lo desea volveré más tarde.

Sin embargo, se puso a mirar alrededor con la clara intención de quedarse, y me levanté para tenderle la mano.

– Señor Buckland, qué alegría. Hacía mucho tiempo que no lo veía. -Señalé con la mano el sillón de enfrente-. Por favor, siéntese y cuénteme qué noticias tiene. Bessy, traiga té para el señor Buckland, por favor. ¿Viene de Oxford?

– Llegué hace unas horas. -William Buckland tomó asiento-. Por fortuna el trimestre acaba de finalizar y pude partir en cuanto recibí la carta de Mary.

Se levantó de un salto -no aguantaba sentado mucho tiempo-y comenzó a pasearse de un lado a otro. Su frente, cada vez más ancha, debido a las entradas, relucía a la luz del fuego.

– Es extraordinario, ¿verdad? ¡Bendita sea Mary, ha encontrado un espécimen espectacular! Ahora contamos con una prueba incontrovertible de la existencia de otra criatura nueva sin tener que adivinar cómo era su anatomía, como en el pasado. ¿Cuántos animales antiguos más podemos hallar? -El señor Buckland cogió un erizo de mar de la repisa de la chimenea-. Está muy callada, señorita Philpot -añadió, al tiempo que lo examinaba-. ¿Qué opina? ¿Acaso no es espléndido?

– No he visto el espécimen -confesé-. Solo he leído acerca de él…, aunque en la nota del periódico pone muy poco.

El señor Buckland se me quedó mirando.

– ¿Qué? ¿No ha ido a verlo? ¿Por qué? He venido de Oxford como un rayo y usted no es capaz de bajar la colina. ¿Le apetece ir ahora? Voy a volver y puedo acompañarla. -Dejó el erizo de mar y me tendió el codo para que me agarrara.

Suspiré. Me habría resultado imposible hacer entender al señor Buckland que Mary y yo ya no teníamos nada que ver. Aunque lo consideraba un amigo, no era un hombre sensible a los sentimientos ajenos. Para el señor Buckland la vida consistía en la búsqueda de conocimiento, no en la expresión de emociones. A sus casi cuarenta años, no daba señales de que fuera a casarse, lo que no sorprendía a nadie, pues ¿qué mujer podría soportar su comportamiento imprevisible y su profundo interés por los muertos antes que por los vivos?

– Me temo que no puedo ir con usted, señor Buckland -dije-. Tengo el pecho congestionado y mis hermanas me han ordenado que me quede junto a la lumbre. -Al menos eso era verdad.

– ¡Qué lástima! -El señor Buckland volvió a sentarse.

– En el periódico pone que el hallazgo de Mary no se parece ni al ictiosaurio ni al plesiosaurio… o, cuando menos, a como se supone que era el último.

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