Hallé motivos para justificar por qué no iba a Silver Street. Tenía que encontrar curis para compensarlos meses en que no había salido a buscarlas. O me empeñaba en limpiar la casa para cuando el coronel Birch viniera a vernos. O iba a la bahía de Pinhay en busca de un pentacrinites, ya que él había vendido todos los suyos. Luego iba a esperar las diligencias que venían de Londres, aunque él no se bajó de ninguna de las tres que llegaron.
Volvía de ver la tercera diligencia, atajando por el cementerio de Saint Michael desde el camino del acantilado, cuando me encontré con la señorita Elizabeth, que venía por el otro lado. Las dos dimos un respingo, como si deseáramos haber visto a la otra antes para dar media vuelta y no tener que saludarla.
La señorita Elizabeth me preguntó si había ido a la playa, y tuve que reconocer que había ido a Charmouth y no había buscado fósiles. Ella sabía que era el día que llegaba la diligencia; vi en su cara que adivinaba por qué había acudido allí y trataba de ocultar su descontento. Cambió de tema, y hablamos un poco de Lyme y de lo que había sucedido durante su ausencia. Sin embargo, era una situación violenta, no nos sentíamos a gusto juntas como en el pasado, y al cabo de un rato nos quedamos en silencio. Me sentía rígida, como si llevara demasiado tiempo sentada sobre una pierna y se me hubiera dormido. Por eso adopté una postura extraña. La señorita Elizabeth también tenía la cabeza inclinada, como si todavía tuviera tortícolis del viaje desde Londres en carruaje.
Cuando me disponía a poner alguna excusa para marcharme a Cockmoile Square, la señorita Elizabeth pareció tomar una decisión. Cuando va a decir algo importante adelanta el mentón y aprieta la mandíbula.
– Quiero hablarte de lo que ocurrió en Londres, Mary. No debes decir a nadie que te lo he contado. Ni a tu madre ni a tu hermano, y menos aún a mis hermanas, porque no saben lo que presencié.
A continuación me refirió con todo detalle lo sucedido en la subasta: los fósiles que se vendieron, las personas que asistieron y qué compró cada cual, e incluso me explicó que Cuvier, el Frances, quería un espécimen para París. Dijo que el coronel Birch había anunciado al final que era yo quien había encontrado los fósiles. Mientras ella hablaba me sentía como si estuviera escuchando un discurso sobre otra persona, una tal Mary Anning que vivía en otro pueblo, en otro país, al otro lado del mundo, y que coleccionaba algo que no eran fósiles: mariposas o monedas antiguas.
La señorita Elizabeth frunció el entrecejo.
– ¿Estás escuchando, Mary?
– Sí, señora, pero no estoy segura de haber oído bien.
La señorita Elizabeth me miró fijamente con una expresión triste y seria en sus ojos grises.
– El coronel Birch ha mencionado tu nombre en público, Mary. Ha dicho a algunos de los coleccionistas de fósiles más interesados del país que te busquen. Vendrán a pedirte que los lleves a la playa como hiciste con el coronel Birch. Debes prepararte y procurar no… comprometer más tu reputación.
Dijo esto último con los labios tan apretados que fue un milagro que salieran las palabras.
Me puse a toquetear un liquen adherido a la lápida junto a la que me encontraba.
– No me preocupa mi reputación, señora, ni lo que los demás piensen de mí. Amo al coronel Birch y estoy esperando a que vuelva.
– Oh, Mary.
En el rostro de la señorita Elizabeth se reflejó una serie de emociones -era como observar unas cartas al ser repartidas una tras otra-, pero sobre todo había rabia y tristeza. Las dos combinadas dan lugar a los celos, y entonces comprendí que Elizabeth Philpot tenía celos de la atención que el coronel Birch me prestaba. No debía tenerlos. Ella no tenía que vender o quemar muebles para seguir teniendo un techo sobre la cabeza y calentarse. Ella tenía muchas mesas en lugar de una sola. Ella no tenía que ir todos los días a la playa, aunque hiciera mal tiempo o se encontrara mal, y buscar curis durante horas y horas, hasta que la cabeza le diera vueltas. Ella no tenía sabañones en las manos y los pies, ni las puntas de los dedos llenas de cortes y arañazos, y grises del barro incrustado. Tampoco tenía vecinos que hablaban de ella a sus espaldas. Debería haberme compadecido y, sin embargo, me envidiaba.
Cerré los ojos por un instante, apoyándome en la lápida.
– ¿Por qué no se alegra por mí? -dije-. ¿Por qué no puede decir: «Espero que seas muy feliz»?
– Yo… -La señorita Elizabeth tragó saliva, como si se le atragantaran las palabras-. Espero que seas feliz -logró decir por fin, aunque con voz ahogada-. Pero no quiero que te pongas en evidencia. Quiero que pienses con sensatez en las posibilidades de tu vida.
Arranqué el liquen de la piedra.
– Tiene celos de mí.
– ¡No!
– Sí los tiene. Está celosa porque el coronel Birch me cortejó. Usted lo amaba y él no se fijó en usted.
La señorita Elizabeth parecía acongojada, como si la hubiera abofeteado.
– Basta, por favor.
Pero era como si un río hubiera crecido dentro de mí y se hubiera desbordado.
– Él ni siquiera la miraba. ¡Era yo la que le interesaba! ¿Y por qué no iba a interesarle? ¡Soy joven y tengo buen ojo! Toda su educación y sus ciento cincuenta libras al año y su champán de flores de saúco y sus ridículos tónicos, y sus ridículas hermanas con sus turbantes y sus rosas. ¡Y sus peces! ¿Qué importan los peces cuando hay monstruos en los acantilados esperando a que los encuentren? Pero usted no los encontrará porque no tiene buen ojo. Es una solterona vieja y marchita que nunca conseguirá un hombre ni un monstruo. Y yo sí. Era tan agradable y tan terrible decir esas cosas en voz alta que pensé que tal vez estaba enferma.
La señorita Elizabeth se quedó inmóvil. Era como si estuviera esperando a que pasara una ráfaga de viento. Cuando hubo amainado y acabé, respiró hondo, aunque lo que salió de sus labios fue casi un susurro, sin fuerza.
– Te salvé la vida una vez. Te desenterré del barro. Y me lo pagas así, con unos pensamientos tan crueles…
El viento regresó como un vendaval. Grité con tal ira que la señorita Elizabeth retrocedió.
– ¡Sí, me salvó la vida! Y siempre sentiré la carga de estarle agradecida. Nunca seré igual que usted, haga lo que haga. Por muchos monstruos que encuentre y mucho dinero que gane, nunca estaré a su altura. Así pues, ¿por qué no me deja al coronel Birch? Por favor. -Estaba llorando.
La señorita Elizabeth me miró con sus penetrantes ojos grises hasta que vertí todas mis lágrimas.
– Te libero de la carga de tu gratitud, Mary -dijo-. Al menos puedo hacer eso. Te desenterré aquel día como habría hecho por cualquiera, y como toda persona que hubiera pasado por allí habría hecho. -Hizo una pausa y advertí que estaba pensando en lo que iba a decir a continuación-. Pero tengo que decirte algo -prosiguió-, no con la intención de herirte, sino para advertirte. Si esperas algo del coronel Birch te llevarás una decepción. Tuve ocasión de verlo antes de la subasta. Nos encontramos en el Museo Británico. -Se interrumpió-. Lo acompañaba una dama. Una viuda. Parecía que estuvieran comprometidos. Te lo digo para que no albergues esperanzas. Eres una chica trabajadora y no puedes aspirar a más de lo que tienes. Mary, no te vayas.
Pero ya había dado media vuelta y echado a correr, tan rápido y lejos de sus palabras como pude.
No fui a esperar la siguiente diligencia de Londres cuando llegó a Charmouth. Era una tarde agradable y había muchos turistas, y yo estaba detrás de la mesa que teníamos a la puerta de casa, vendiendo curis a los transeúntes.
No soy supersticiosa, pero tenía la certeza de que el coronel Birch vendría, pues, aunque él no lo sabía, era mi cumpleaños. Nunca había recibido un regalo de cumpleaños y por fin iba a tener uno. Mamá decía que el dinero de la subasta era el obsequio, pero para mí él era el regalo.
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