Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Empujo la puerta. Queenie se acerca a mis pies y levanta la mirada hacia mí con una conmovedora mezcla de desconcierto y gratitud. Menea la cola sin convicción. Me inclino y le rasco la cabeza.

– ¿Marlena? -la llamo enderezándome.

Sale de detrás de la cortina verde. Parece temerosa, retorciéndose los dedos y evitando mirarme a los ojos.

– Jacob… Oh, Jacob. He hecho una verdadera tontería.

– ¿Qué? -pregunto-. ¿Te refieres a los caballos? No te preocupes. Ya lo sé.

Me mira sorprendida.

– ¿Lo sabes?

– Estaba observando. Era muy evidente lo que estaba pasando.

Ella se ruboriza.

– Lo siento. Sencillamente… reaccioné. No pensé en lo que íbamos a hacer con ellos después. Es que los quiero tanto que no podía permitir que se los llevaran. Él no es mejor que Tío Al.

– Está bien. Lo entiendo -hago una pausa-. Marlena, yo también tengo que decirte una cosa.

– ¿Ah, sí?

Abro y cierro la boca sin decir palabra.

Ella tiene una expresión de preocupación.

– ¿De qué se trata? ¿Pasa algo? ¿Es algo malo?

– He llamado al decano de Cornell y está dispuesto a dejarme hacer los exámenes.

Se le ilumina la cara.

– ¡Es maravilloso!

– Y también tenemos a Rosie.

– ¿Que tenemos qué?

– Me ha pasado lo mismo que a ti con los caballos -digo a toda prisa para intentar explicarme-. No me ha gustado el aspecto del domador de elefantes, y no podía dejar que se la llevara… Sólo Dios sabe cómo habría acabado. Quiero a esa elefanta. No podía separarme de ella. Así que he dicho que era mía. Y supongo que ahora lo es.

Marlena me mira un largo rato. Luego, para mi gran alivio, asiente con la cabeza y dice:

– Has hecho bien. Yo también la quiero. Se merece algo mejor que lo que ha tenido hasta ahora. Pero eso significa que estamos en un aprieto -mira por la ventana con los ojos entornados para pensar-. Tenemos que encontrar trabajo en otro circo -dice por fin-. Eso es todo.

– ¿Ahora? Nadie contrata números nuevos.

– Ringling contrata siempre, si eres bueno.

– ¿Crees de verdad que tenemos alguna posibilidad?

– Claro que sí. Nuestro número con la elefanta es increíble, y tú eres un veterinario formado en Cornell. Tenemos muchas posibilidades. Pero habrá que casarse. Ésos sí que son como una catequesis.

– Cariño, tengo intención de casarme contigo en el instante en que se seque la tinta del certificado de defunción.

Su cara pierde el color.

– Oh, Marlena. Lo siento -digo-. Ha sonado horrible. Lo que quería decir es que ni por un momento he dudado de que quiero casarme contigo.

Tras una breve pausa, levanta una mano y la posa sobre mi mejilla. Luego recoge su bolso y su sombrero.

– ¿Adónde vas? -le pregunto.

Se pone de puntillas y me besa.

– A hacer esa llamada de teléfono. Deséame suerte.

– Buena suerte -le digo.

La sigo hasta afuera y me siento en la plataforma de metal para verla alejarse poco a poco. Anda con gran seguridad, colocando un pie exactamente delante del otro y con los hombros muy rectos. Todos los hombres de la explanada se vuelven a su paso. La contemplo hasta que desaparece tras la esquina de un edificio.

Cuando me levanto para regresar al compartimento, se oye una exclamación de sorpresa de los hombres que desenrollan la carpa. Uno de ellos retrocede a grandes pasos agarrándose el estómago. Luego se dobla por la mitad y vomita en la hierba. Los demás siguen con la mirada clavada en lo que han descubierto. El capataz se quita el sombrero y se lo pega al pecho. Uno por uno, todos hacen lo mismo.

Voy hacia ellos sin dejar de mirar el bulto oscuro. Es grande, y a medida que me acerco voy distinguiendo retazos de escarlata, brocado de oro y cuadros blancos y negros.

Es Tío Al. Un improvisado garrote vil le estrangula la garganta ennegrecida.

Esa misma noche, Marlena y yo nos colamos en la carpa de las fieras y nos llevamos a Bobo a nuestro compartimento.

De perdidos, al río.

VEINTICUATRO

O sea que a esto se acaba por reducir todo, ¿verdad? ¿A esperar sentado y solo a una familia que no va a venir?

No puedo creer que Simon se olvidara. Sobre todo hoy. Y sobre todo Simon, ese chico que pasó los primeros siete años de su vida en el circo Ringling.

Para ser justo, el chico debe de tener setenta y un años. ¿O son sesenta y nueve? Maldita sea, estoy harto de no saberlo. Cuando venga Rosemary le preguntaré en qué año estamos y aclararé esta cuestión de una vez por todas. Esa Rosemary es muy amable conmigo. No me hace sentir como un idiota aunque lo sea. Un hombre tiene que saber su edad.

Recuerdo muchas cosas con una claridad cristalina. Como el día que nació Simon. Dios, qué alegría. ¡Y qué alivio! Qué vértigo al acercarme a la cama, qué nerviosismo. Y allí estaba mi ángel, mi Marlena, sonriéndome cansada, radiante, con un bulto envuelto en mantas en el hueco de su brazo. Tenía la cara tan oscura y arrugada que casi ni parecía una persona. Pero entonces Marlena le retiró la manta de la cabeza y vi que tenía el pelo rojo. Creía que me iba a desmayar de alegría. La verdad es que nunca lo dudé -de veras, aunque lo habría querido y criado de todas formas-, pero aun así… Casi me caigo en redondo al verle el pelo rojo.

Miro el reloj, loco de desesperación. Seguro que la Gran Parada ha acabado ya. ¡Ah, no es justo! Todos esos viejos decrépitos no se van ni a enterar de lo que están viendo, ¡y yo aquí! ¡Atrapado en este vestíbulo!

¿O no?

Arrugo el ceño y parpadeo. ¿Qué es exactamente lo que me hace pensar que estoy atrapado?

Miro a ambos lados. No hay nadie. Me vuelvo y miro por el pasillo. Una enfermera pasa zumbando abrazada a una carpeta y mirándose los zapatos.

Me deslizo hasta el borde del asiento y agarro el andador. Según mis estimaciones, sólo estoy a seis metros de la libertad. Bueno, después tengo que atravesar toda una manzana de edificios, pero si lo logro apuesto a que todavía puedo ver los últimos números. Y el final, que no será lo mismo que la Parada, pero algo es algo. Un calor-cito agradable me cosquillea por el cuerpo mientras contengo una risita. Puede que tenga noventa y tantos años, pero ¿quién dice que sea un discapacitado?

La puerta de cristal se abre cuando me acerco a ella. Gracias a Dios que es automática, no creo que pudiera arreglármelas con el andador y una puerta convencional. No; estoy temblón, es cierto. Pero no me importa. Los temblores no me preocupan.

Salgo a la calle y me paro, cegado por el sol.

Llevo tanto tiempo alejado del mundo real que la mezcla del ruido de motores, ladridos de perros y bocinas me provoca un nudo en la garganta. La gente que anda por la acera se separa y me sortea como si fuera una piedra en un arroyo. A nadie parece sorprenderle la presencia de un viejo en zapatillas en la calle justo enfrente de una residencia de ancianos. Pero pienso que todavía estoy en el campo de visión si una de las enfermeras pasa por el vestíbulo.

Levanto el andador, lo tuerzo un par de centímetros a la izquierda y vuelvo a posarlo. Sus ruedas de plástico arañan el pavimento y el sonido que emiten me marea. Es un ruido real, un sonido áspero, no como el chirrido o los golpes sordos de la goma. Arrastro los pies detrás del andador, disfrutando del roce de las zapatillas. Dos maniobras más como ésta y estaré en camino. Un perfecto giro en tres fases. Me agarro bien y sigo adelante concentrándome en los pies.

No debo ir demasiado rápido. Si me cayera sería un desastre en muchos sentidos. El suelo no tiene baldosas, así que mido mi avance en pies: en mis pies. Cada paso que doy pongo el talón del pie a la altura de la punta del otro. Y así continúo, de veinticinco en veinticinco centímetros. De vez en cuando me paro para comprobar mis progresos. Son lentos pero seguros. La carpa blanca y magenta es un poco más grande cada vez que levanto la mirada.

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