Respiro profundamente y, cuando todavía estoy pensando lo difícil que va a ser explicarlo todo, las palabras empiezan a brotar de mi boca. Surgen solas, compitiendo por tener prioridad, y a veces me salen tan embrolladas que tengo que volver atrás y retomar un hilo diferente. Cuando al fin me callo, el decano Wilkins permanece tanto tiempo en silencio que me pregunto si se habrá cortado la comunicación.
– ¿Decano Wilkins? ¿Sigue usted ahí? -digo. Me separo el auricular de la oreja y lo observo. Pienso en darle unos golpes contra la pared, pero no lo hago porque la empleada me está mirando. De hecho, me está mirando fascinada porque ha escuchado todo lo que estaba contando. Me giro hacia la pared y me vuelvo a poner el auricular en la oreja.
El decano Wilkins carraspea, tartamudea unos segundos y luego dice que sí, que sin lugar a dudas estará encantado de que regrese y haga los exámenes.
Cuando vuelvo a la explanada, Rosie se encuentra a cierta distancia de la carpa de las fieras con el director gerente de los Hermanos Nesci, el sheriff y un inspector de ferrocarriles. Acelero el paso.
– ¿Qué diablos pasa aquí? -pregunto deteniéndome junto al flanco de Rosie.
El sheriff me mira.
– ¿Es usted el responsable de este circo?
– No-le digo.
– Pues esto no es asunto suyo -dice él.
– Esta elefanta es mía. Eso lo convierte en mi asunto.
– Este animal es parte de los bienes incautados al circo de los Hermanos Benzini y, como sheriff, estoy autorizado en nombre de la…
– Y una mierda. Es mía.
Se va reuniendo una multitud, formada principalmente por peones desocupados de los Hermanos Benzini. El sheriff y el inspector intercambian miradas nerviosas.
Greg da un paso adelante. Nos miramos a los ojos. Luego se dirige al sheriff.
– Es cierto. Le pertenece. Es domador ambulante. Ha estado viajando con nosotros, pero la elefanta es suya.
– Supongo que podrán probarlo.
La cara se me enciende. Greg mira al sheriff con abierta hostilidad. Al cabo de un par de segundos empieza a apretar los dientes.
– En ese caso -dice el sheriff con una sonrisa tensa-, déjenos que cumplamos nuestro deber.
Me encaro con el director gerente de los Hermanos Nesci. Él abre los ojos sorprendido.
– No le interesa -digo-. Es más simple que el asa de un cubo. Yo puedo hacer que haga un par de cosas, pero usted no sacará nada de ella.
Él arquea las cejas.
– ¿Eh?
– Adelante, intente que haga algo -le insto.
Me mira como si me hubieran salido cuernos.
– En serio -le digo-. ¿Tiene un domador de elefantes? Intente que haga algo con ella. Es una inútil, una estúpida.
Sigue mirándome unos instantes. Luego gira la cabeza.
– Dick -rezonga-, haz que haga algo.
Un hombre con una pica en las manos se adelanta.
Miro a Rosie a los ojos. Por favor, Rosie. Entiende lo que está pasando aquí. Por favor.
– ¿Cómo se llama? -dice Dick mirándome por encima del hombro.
– Gertrude.
Se vuelve hacia Rosie.
– Gertrude, ven aquí. Ven aquí, ya -su voz es alta, autoritaria.
Rosie resopla y se pone a balancear la trompa.
– Gertrude, ven aquí ahora mismo -repite.
Rosie parpadea. Barre el suelo con la trompa y se queda quieta. Curva la punta y recoge polvo del suelo ayudándose con una pata. Luego la gira por el aire, lanzando el polvo que ha recogido por encima de su espalda y rociando a la gente que la rodea. Algunos de los presentes ríen.
– Gertrude, levanta la pata -dice Dick adelantándose hasta colocarse a su lado. Le da unos golpecitos con la pica en la parte de atrás de la pata-. ¡Levanta!
Rosie sonríe y le hurga en los bolsillos. Sus cuatro patas permanecen firmes en el suelo.
El domador retira la trompa y se gira hacia su jefe.
– Tiene razón. No sabe nada de nada. ¿Cómo habéis conseguido sacarla aquí fuera?
– La ha traído este sujeto -dice el director señalando a Greg. Él se gira hacia mí-. ¿Y qué es lo que hace?
– Está en la carpa de las fieras y le dan dulces.
– ¿Nada más? -pregunta incrédulo.
– No -respondo.
– No me extraña que se haya arruinado el circo -dice sacudiendo la cabeza. Se gira hacia el sheriff-. Bueno, ¿qué más tiene?
No oigo nada más porque los oídos me zumban.
¿Qué demonios he hecho?
Contemplo meditabundo las ventanas del vagón 48, pensando en cómo contarle a Marlena que ahora tenemos una elefanta, cuando de repente sale corriendo por la puerta y salta de la plataforma como una gacela. Cae al suelo y sigue corriendo, impulsándose con piernas y brazos.
Me giro para seguir su trayectoria e inmediatamente descubro el motivo. El sheriff y el gerente de los Hermanos Nesci se encuentran frente a la carpa de las fieras, estrechándose las manos y sonriendo. Los caballos de Marlena están en fila detrás de ellos, sujetos por hombres del circo de los Nesci.
Los dos hombres se giran sorprendidos cuando llega a su lado. Estoy demasiado lejos para enterarme de lo que dicen, pero algunos fragmentos de su discusión, las partes que dicen en voz más alta, me llegan. Expresiones como «cómo se atreven», «desfachatez enorme» y «descaro». Ella gesticula violentamente, agitando los brazos. Las palabras «gran robo» y «acusación» cruzan el aire de la explanada. ¿O ha dicho «prisión»?
Los hombres la observan asombrados.
Por fin se calma. Cruza los brazos, frunce el ceño y da golpecitos con el pie. Los hombres se miran con los ojos muy abiertos. El sheriff se vuelve a ella y abre la boca, pero antes de que pueda pronunciar una sola palabra Mar-lena explota de nuevo, gritando como un basilisco y sacudiendo un dedo ante sus caras. El hombre retrocede un paso, pero ella avanza al mismo tiempo. Él se detiene y aguanta con el pecho hinchado y los ojos cerrados. Cuando Marlena deja de agitar el dedo, vuelve a cruzar los brazos. Da golpecitos con el pie, inclina la cabeza.
El sheriff abre los ojos y se vuelve para mirar al director gerente. Tras una pausa tensa, se encoge de hombros con timidez. El gerente arruga el ceño y mira a Marlena.
Tarda aproximadamente cinco segundos en dar un paso hacia atrás y levantar las manos en gesto de rendición. Tiene escrita la palabra «tío» por toda la cara. Marlena se pone las manos en las caderas y espera con una mirada furibunda. Al final, el hombre se gira y, a gritos, les da instrucciones a los peones que sujetan los caballos.
Marlena los observa hasta que los once han sido devueltos a la carpa de las fieras. Luego regresa al vagón 48.
Dios santo. No sólo soy un parado sin hogar, sino que además tengo que cuidar de una mujer embarazada, un perro abandonado, una elefanta y once caballos.
Regreso a la oficina de correos y llamo al decano Wilkins. Esta vez se queda callado más tiempo. Por fin tartamudea una disculpa: lo siente muchísimo de verdad, ojalá pudiera ayudarnos; sigue esperándome para pasar los exámenes finales, pero no tiene la menor idea de lo que puedo hacer con la elefanta.
Vuelvo a la explanada rígido de pánico. No puedo dejar aquí a Marlena y a los animales mientras me voy a Ithaca a hacer los exámenes. ¿Y si el sheriff vende la carpa de las fieras mientras tanto? A los caballos les podemos encontrar alojamiento, y podemos permitirnos un hotel para Marlena y Queenie, pero ¿Rosie?
Cruzo la explanada describiendo un gran arco alrededor de los montones de lona. Los trabajadores del circo de los Hermanos Nesci están desenrollando varias piezas de la gran carpa bajo la atenta vigilancia del capataz. Parece que están buscando desgarraduras antes de hacer una oferta por ella.
Remonto las escaleras del vagón 48 con el corazón palpitante y la respiración agitada. Necesito tranquilizarme, la cabeza me da vueltas en círculos cada vez más pequeños. Esto no va bien, nada bien.
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