Joe se queda esperando incómodo en la puerta.
– Pero es que tenemos que hacerlo ya -dice desesperado.
– Adelante -dice Marlena-. Yo voy a hacer este trecho con Silver Star.
– No puede hacer eso -digo rápidamente.
Alza la mirada hacia mí, su cuello alargado y pálido
– ¿Y por qué no?
– Porque, una vez que subamos a los otros caballos, se quedará atrapada en el fondo.
– No me importa.
– ¿Y si pasa algo?
– No va a pasar nada. Y si pasa, puedo salir por encima de ellos -se instala en la paja y recoge las piernas debajo del cuerpo.
– No sé -digo inseguro. Pero Marlena contempla a Silver Star con una expresión que deja muy claro que no lo va a abandonar.
Miro a Joe, quien levanta las manos con un gesto de exasperación y renuncia.
Después de mirar a Marlena por última vez, pongo el separador del cubil en su sitio y ayudo a subir el resto de los caballos.
Diamond Joe tiene razón sobre la duración del trayecto. Cuando nos paramos otra vez ya es de noche.
Kinko y yo no hemos intercambiado ni una palabra desde que salimos de Saratoga Springs. Es evidente que me odia. Y no le culpo; August se ha ocupado de que así sea, aunque creo que no serviría de nada tratar de explicárselo.
Me quedo en la parte de los caballos para dejarle que tenga un poco de intimidad. Por eso y porque me sigue preocupando que Marlena esté atrapada al final de una fila de animales de casi quinientos kilos.
Una vez que el tren se ha detenido, ella pasa ágilmente sobre sus lomos y salta al suelo. Cuando Kinko sale de la habitación de las cabras entorna los ojos con un gesto de alarma momentánea. Luego se desplazan de Marlena a la puerta abierta con estudiada indiferencia.
Pete, Otis y yo bajamos a los caballos de pista, los camellos y las llamas y les damos de beber. Diamond Joe, Clive y un puñado de montadores van a la segunda sección del tren para ocuparse de los animales de las jaulas. A August no se le ve por ninguna parte.
Después de volver a instalar a todos los animales, me subo al vagón de los caballos y meto la cabeza en el cuarto.
Kinko está sentado en la cama con las piernas cruzadas. Queenie olisquea un jergón que ha sustituido a la infecta manta de caballo. Sobre él hay una manta de cuadros rojos pulcramente doblada y una almohada con una suave funda blanca. Hay un trozo de cartulina en el centro de la almohada. Cuando me agacho a recogerla, Queenie salta como si le hubiera dado una patada.
El señor August Rosenbluth y señora solicitan el placer de su presencia inmediata en el compartimento 3 del vagón 48, para tomar unos cócteles, seguidos de una cena tardía.
Levanto la mirada sorprendido. Kinko me lanza dagas con los ojos.
– No has perdido el tiempo en congraciarte, ¿verdad? -dice.
Los vagones no están ordenados por número y tardo un rato en encontrar el 48. Está pintado de un color burdeos oscuro y rotulado con letras doradas de treinta centímetros que anuncian a los cuatro vientos EL ESPECTÁCULO MÁS DESLUMBRANTE DEL MUNDO DE LOS HERMANOS BENZINI. Justo debajo de estas palabras, sólo visible en relieve bajo la pintura reciente, se lee otro nombre: CIRCO DE LOS HERMANOS CHRISTY.
– ¡Jacob! -flota la voz de Marlena desde una ventana. Unos segundos después aparece en la plataforma del final, colgada de la barandilla, de manera que su falda vuela a su alrededor-. ¡Jacob! Cuánto me alegro de que hayas venido. ¡Pasa, por favor!
– Gracias -digo mirando en torno a mí. Me subo y la sigo por el pasillo interior hasta la segunda puerta.
El compartimento 3 es grandioso, además de tener una denominación inexacta: constituye como poco la mitad del vagón y tiene, por lo menos, una habitación más, que está separada del resto por una cortina de terciopelo. La habitación principal está revestida de madera de nogal y decorada con muebles de damasco, un pequeño comedor y una cocina empotrada.
– Por favor, ponte cómodo -dice Marlena ofreciéndome una silla con un gesto-. August se reunirá con nosotros dentro de un minuto.
– Gracias -digo.
Se sienta enfrente de mí.
– Oh -dice levantándose de nuevo-. ¿Dónde están mis modales? ¿Te apetece una cerveza?
– Gracias -digo-. Eso sería estupendo.
Pasa junto a mí revoloteando en dirección a una nevera.
– Señora Rosenbluth, ¿puedo preguntarle una cosa?
– Oh, por favor, llámame Marlena -dice mientras abre el tapón de la botella. Inclina un vaso largo y vierte la cerveza lentamente por un lado, evitando que se forme espuma-. Y, sí, por supuesto. Puedes preguntar lo que quieras -me pasa el vaso y va a por otro.
– ¿Cómo es que todo el mundo tiene tanto alcohol en este tren?
– Siempre vamos a Canadá al principio de la temporada -dice volviendo a sentarse en su silla-. Sus leyes son mucho más civilizadas. Salud -dice levantando el vaso.
Choco el mío con el suyo y doy un trago. Es una cerveza rubia, fría y limpia. Magnífica.
– ¿No les revisan los guardias de aduanas?
– Guardamos la bebida con los camellos -explica.
– Lo siento. No entiendo.
– Los camellos escupen.
Casi se me sale la cerveza por la nariz. Ella también se ríe y se lleva una mano a la boca tímidamente. Luego suspira y deja la cerveza.
– ¿Jacob?
– ¿Sí?
– August me ha contado lo que pasó esta mañana.
Miro mi brazo amoratado.
– Se siente fatal. Tú le caes bien. De verdad. Pero es que… Bueno, es algo complicado -baja la mirada a su regazo, ruborizándose.
– Bah, no pasa nada -digo yo-. Está bien.
– ¡Jacob! -exclama August detrás de mí-. ¡Mi querido amigo! Me alegro mucho de que hayas podido acompañarnos en nuestra pequeña soir é e. Ya veo que Marlena te ha ofrecido un trago. ¿Y te ha enseñado ya el tocador?
– ¿El tocador?
– Marlena -dice mientras se vuelve hacia ella y sacude la cabeza tristemente. La reprende con un dedo acusador-. Muy mal, querida.
– ¡Oh! -dice ella levantándose de un brinco-. ¡Lo he olvidado por completo!
August se acerca a la cortina de terciopelo y la retira con una sacudida.
– ¡Ta-chán!
Dispuestos sobre la cama hay tres atavíos. Dos esmóquines, con sus zapatos y todo, y un precioso vestido de seda rosa con pedrería en el escote y en el bajo.
Marlena suelta un chillido y palmotea encantada. Corre hasta la cama y agarra el vestido, apretándolo contra su cuerpo y dando vueltas.
Yo me giro hacia August.
– Éstos no serán del Hombre de los Lunes…
– ¿Un esmoquin en un tendedero? No, Jacob. Ser director ecuestre tiene sus beneficios adicionales. Puedes arreglarte ahí dentro -dice señalando una puerta de madera brillante-. Marlena y yo nos cambiaremos aquí fuera. No hay nada que no hayamos visto antes, ¿verdad, querida?
Ella agarra el zapato de seda rosa por el tacón y se lo lanza.
Lo último que veo antes de cerrar la puerta del baño es una maraña de pies derrumbándose en la cama.
Guando vuelvo a salir, Marlena y August son la viva imagen de la dignidad, de pie al fondo del compartimento, mientras tres camareros de guantes blancos se afanan con una mesita de ruedas y fuentes con tapaderas de plata.
El escote del vestido de Marlena apenas cubre sus hombros, dejando al aire sus clavículas y un fino tirante del sujetador. Ella sigue mi mirada y esconde el tirante debajo de la tela, ruborizándose de nuevo.
La cena es sublime: empezamos con bisque de ostras seguido de costillas con patatas cocidas y espárragos a la crema. Luego nos sirven ensalada de langosta. Para cuando llegan los postres -pudin inglés de frutas con salsa de brandy-, creo que no puedo comer ni un solo bocado más. Y sin embargo, unos minutos después, me encuentro rebañando el plato con la cucharilla.
Читать дальше