– Bueno, adelante -dice dándome una palmada en la espalda.
– ¿Qué?
– Se comen un cubo cada uno -me apremia.
Me subo indeciso a la plataforma del vagón. El olor a orina de felino es abrumador. August me pasa los cubos de carne, uno a uno. Los dejo sobre los ajados tablones de madera, intentando no respirar.
Cada una de las jaulas de los felinos tiene dos compartimentos: a mi izquierda hay un par de leones. A mi derecha, un tigre y una pantera. Los cuatro son inmensos. Todos levantan las cabezas, olfateando, erizando los bigotes.
– Bueno, empieza ya -dice August.
– ¿Qué hago? ¿Abro la puerta y se lo tiro adentro?
– A no ser que se te ocurra algo mejor.
El tigre se levanta, doscientos setenta gloriosos kilos de negro, naranja y blanco. La cabeza es grande, los bigotes, largos. Se acerca a la puerta, gira y se aleja otra vez. Cuando regresa, ruge y le da un zarpazo al cierre. El candado tintinea contra los barrotes.
– Puedes empezar por Rex -dice August señalando a los leones, que también están dando vueltas-. Es el de la izquierda.
Rex es considerablemente más pequeño que el tigre, con nudos en la melena y las costillas visibles bajo su piel sin brillo. Me preparo y agarro uno de los cubos.
– Espera -dice August señalando un cubo diferente-. Ése no. Coge ése.
No noto ninguna diferencia, pero como ya he aprendido que discutir con August es mala idea, obedezco.
Cuando la fiera me ve llegar, se lanza hacia la puerta. Me quedo helado.
– ¿Qué pasa, Jacob?
Doy la vuelta. La cara de August brilla de satisfacción.
– No tendrás miedo de Rex, ¿verdad? -sigue diciendo-. No es más que un gatito chiquitito.
Rex se detiene para rascarse su piel costrosa contra los barrotes de la jaula.
Con dedos temblorosos, quito el candado y lo dejo a mis pies. Luego levanto el cubo y espero. La siguiente vez que Rex se aleja de la puerta, la abro.
Antes de que pueda volcar el contenido del cubo, sus inmensas mandíbulas se cierran alrededor de mi brazo. Suelto un grito. El cubo cae al suelo, desparramando los menudillos troceados por todas partes. El felino me suelta el brazo y se lanza a por la comida.
Cierro la puerta de golpe y la sujeto con la rodilla mientras compruebo si todavía tengo el brazo. Lo tengo. Está embadurnado de saliva y tan rojo como si lo hubiera metido en agua hirviendo, pero la piel no está rasgada. Instantes después me doy cuenta de que August se está riendo a carcajadas a mis espaldas.
Me vuelvo hacia él.
– ¿Qué demonios te pasa? ¿Te parece divertido?
– Sí, claro que sí -dice él sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su deleite.
– Eres un cabrón, ¿sabes? -salto del vagón, reviso el brazo intacto una vez más y me marcho muy digno.
– Jacob, espera -ríe August viniendo detrás de mí-. No te enfades. Sólo me estaba divirtiendo un poco a tu costa.
– ¿Divirtiéndote? ¡Podría haber perdido el brazo!
– No tiene ni un diente.
Me detengo, clavo la mirada en la grava mientras asimilo lo que me acaba de decir. Luego continúo andando. Esta vez, August no me sigue.
Me encamino furioso al arroyo y caigo de rodillas junto a un par de hombres que están dando de beber a las cebras. Una de ellas se asusta y relincha y sacude su hocico rayado por el aire. El hombre que la sujeta de las riendas me lanza una serie de miradas mientras lucha por mantener el control.
– ¡Maldita sea! -exclama-. ¿Qué es eso? ¿Es sangre?
Bajo la mirada: me ha salpicado la sangre de los menudillos.
– Sí -digo-. Estaba dando de comer a las fieras.
– ¿Qué coño pasa contigo? ¿Quieres que me maten?
Sigo arroyo abajo, volviendo la vista atrás hasta que la cebra se tranquiliza. Luego me agacho junto al agua para limpiarme la sangre y la saliva del felino de los brazos.
Después regreso a la segunda sección del tren. Encuentro a Diamond Joe subido en uno de los vagones de plataforma, junto a la jaula del chimpancé. Lleva arremangada su camisa gris y exhibe unos brazos peludos y musculosos. El chimpancé, sentado en su jaula, come a puñados cereal mezclado con frutas y nos contempla con sus brillantes ojos negros.
– ¿Necesitas ayuda? -pregunto.
– No. Creo que ya he acabado. He oído que August te ha metido con el viejo Rex.
Le miro, preparándome para cabrearme. Pero Joe no sonríe.
– Ve con cuidado -dice-. Puede que Rex no te arranque el brazo, pero Leo sí. Puedes apostar lo que quieras. De todas maneras, no sé por qué te pidió August que hicieras eso. El encargado de los felinos es Clive. A menos que quisiera demostrar algo -hace una pausa, mete la mano en la jaula y le toca los dedos al chimpancé antes de cerrar la puerta. Luego salta del vagón-. Mira, sólo te voy a decir esto una vez. August es muy gracioso, y no me refiero a que dé risa. Tú ten cuidado. No le gusta que nadie ponga en tela de juicio su autoridad. Y tiene sus momentos malos, si sabes a lo que me refiero.
– Creo que sí.
– No. No creo que lo sepas. Pero ya te enterarás. Oye, ¿has comido?
– No.
Señala hacia el Escuadrón Volador, a cierta distancia en la vía. Hay mesas dispuestas junto a los raíles.
– La gente de cocina ha organizado una especie de desayuno. También han preparado unas cajas de comida. No te olvides de hacerte con una, porque seguramente eso quiere decir que no vamos a parar otra vez hasta la noche. Pilla mientras puedas, es lo que digo siempre.
– Gracias, Joe.
– No hay de qué.
Regreso al vagón de los caballos con mi caja de comida, que contiene un sándwich, una manzana y dos botellas de zarzaparrilla. Cuando veo a Marlena sentada en la paja junto a Silver Star, dejo la caja en el suelo y me acerco a ellos despacio.
Silver Star se encuentra tumbado de lado, sus flancos se agitan con una respiración breve y rápida. Marlena está sentada junto a la cabeza del animal con las piernas cruzadas debajo del cuerpo.
– No ha mejorado nada, ¿verdad? -pregunta levantando la mirada hacia mí.
Sacudo la cabeza.
– No entiendo cómo ha podido pasar esto tan rápido -su voz es débil y grave y pienso que, seguramente, va a echarse a llorar.
Me acuclillo a su lado.
– A veces pasa eso. Pero no es por nada que tú hayas hecho.
Le acaricia la cara al caballo, pasándole los dedos por las mejillas hundidas y por debajo del belfo. Los ojos del animal chispean.
– ¿Podemos hacer algo más por él? -pregunta.
– Aparte de sacarle del tren, no. Incluso en las circunstancias más favorables, no se puede hacer mucho más que impedir que coma y rezar.
Me mira, y entonces repara en mi brazo.
– Dios mío. ¿Qué te ha pasado?
Bajo la mirada.
– Ah, eso. No es nada.
– No digas eso -dice mientras se pone de pie. Toma mi antebrazo entre sus manos y lo mueve para verlo a la luz del sol que entra por las rendijas-. Parece reciente. Te va a salir un buen cardenal. ¿Te duele? -agarra el dorso de mi brazo con una mano y pasa la otra por encima de la mancha azulada que se extiende bajo mi piel. La palma de su mano está fresca y suave y me pone el vello de punta.
Cierro los ojos y trago saliva con dificultad.
– No, la verdad es que…
Suena un silbido y ella mira hacia la puerta. Aprovecho la oportunidad para retirar el brazo y levantarme.
– ¡Vein-n-n-n-n-n-n-te minutos! -aúlla una voz profunda desde algún lugar cercano a la cabecera del tren-. ¡Vein-n-n-n-n-n-n-te minutos para que nos pongamos en marcha!
Joe asoma la cabeza por el umbral de la puerta.
– ¡Venga! ¡Tenemos que subir estos animales! Oh, perdón, señora -dice saludando a Marlena con un leve toque de sombrero-. No sabía que estaba aquí.
– No tiene importancia, Joe.
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