La mano del herido temblaba. Sus dedos le rozaban una pierna, como si la acariciara. Luzia trató de acercarse más, pero su barriga se lo impidió.
– Quédate quieto -le ordenó, con sus manos empapadas sobre la herida-. Debes mantenerte despierto.
Cuando los hombres regresaron con una hamaca, Luzia ató una improvisada venda alrededor del cuello de Antonio. Baiano envolvió a su capitán cuidadosamente dentro de la hamaca y él e Inteligente lo levantaron. Aturdidos, esperaron las órdenes de Luzia.
– Vamos adentro -dijo-. Tenemos que limpiarlo adecuadamente. Que no se balancee demasiado.
Pusieron la hamaca, que goteaba sangre, en el vestíbulo de la casa del coronel. Había frijoles secos esparcidos por el suelo de madera, vestigios de la incursión a la despensa de los cangaceiros. La sangre en las manos de Luzia ya se estaba secando. Hacía que le resultara difícil doblar los dedos. Cuando le temblaron, Luzia apretó los puños. No podía permitir que los hombres la vieran temblando.
Le pidió ayuda a Baiano, y con dificultad bajó su cuerpo otra vez al lado de Antonio. Luzia recordó a su propio padre en la iglesia de Otto, envuelto en una hamaca fúnebre blanca. Tuvo miedo de abrir la que envolvía a Antonio, pero los cangaceiros se reunieron alrededor de ella, expectantes. Rápidamente, Luzia abrió la tela de la hamaca.
Los ojos de Antonio estaban abiertos. Sus labios torcidos también estaban abiertos. Ambos lados de la cara tenían un aspecto sereno. Luzia se sintió como si se hubiera tragado una espina de cactus. La hería desde la garganta hasta el estómago en una sola línea ardiente.
Los hombres se acercaron. La joven embarazada sintió sus ojos fijos sobre ella. Se había quitado el chal aquella tarde y sin él se sentía expuesta, con su pelo mal trenzado, su vestido demasiado ajustado alrededor del vientre, sus piernas gruesas, los pechos hinchados. Los hombres lo vieron todo.
Luzia apoyó las palmas de las manos sobre el suelo. Se puso en cuclillas, en incierto equilibrio sobre sus pies. Luego respiró hondo y se levantó. Sus rodillas crujieron por el esfuerzo. De pie, Luzia vio a Ponta Fina. Bebé se acurrucaba cerca de él. Ellos habían provocado el problema, pensó Luzia. Y también Orejita. Con toda la conmoción se había olvidado de él. Lo habían dejado fuera, herido. Tenía que castigarlo, pero esa idea le provocó un vahído. Luzia cerró los ojos para serenarse. Organizaría a los hombres alrededor de ella antes de ocuparse de Orejita. Abrió los ojos y se concentró en Ponta Fina.
– Dame tu puñal -ordenó Luzia.
El obedeció y le entregó su cuchillo más afilado, el que usaba para separar la carne del hueso. Con su brazo lisiado, Luzia sostuvo el cuchillo detrás del cuello. Con su brazo bueno tomó la parte inferior de su trenza. Estaba atada con una cuerda rígida. La parte alta de la trenza, cerca de la base del cuero cabelludo, era muy gruesa. Luzia cortó con fuerza.
Cuando se enfrentó a los hombres, estaba muy erguida. Mantuvo las manos firmes. Miró a cada uno de los cangaceiros a los ojos, asegurándose de no ignorar a ninguno. Con su brazo sano, levantó muy alto la trenza cortada, como si exhibiera en las manos una serpiente recién matada.
No tenía tiempo para sentir miedo. De eso Luzia se dio cuenta después, al recordar aquel momento. Podía haber llorado, haberse lamentado, haber gemido como se suponía que una esposa debía hacer, pero los hombres habrían olfateado su debilidad y la habrían odiado por ello. Se habría vuelto inservible para ellos, ya no sería su bendita madre, su madre, sino simplemente una mujer. Y además preñada. El hecho de verla con el pelo cortado, sus manos manchadas, su rostro tenso, los asustó. Luzia se dio cuenta. En ese instante, le tuvieron miedo. Creyeron en ella.
Después de cortarse la trenza, se sintió débil. Se había levantado con demasiada rapidez. El tremendo cuchillo lambedeira cayó de su mano. Luzia se apoyó en Baiano, que la ayudó a ponerse de rodillas. Los hombres intuyeron que iba a rezar y la imitaron diligentemente. Luzia pronunció todas las oraciones que sabía -un torrente de avemarías y padrenuestros- hasta que se sintió como si estuviera hablando en cien lenguas distintas.
Todo ese tiempo estuvo mirando a Antonio. Esperaba que él hiciera un guiño, se pusiera de pie, se riera de su broma terrible.
– No encenderemos ningún fuego -dijo Luzia, interrumpiendo sus oraciones-. No pondremos ninguna vela en su mano.
Su alma se queda aquí. Con nosotros. Ahora soy vuestra madre y vuestra capitana.
Los hombres agacharon la cabeza.
Cuando finalmente salieron, Orejita había desaparecido. Baiano propuso enviar un grupo para buscarlo, pero Luzia no lo permitió.
– Que se desangre -dijo-. No sobrevivirá ahí fuera.
Luzia sabía que algunos de los cangaceiros creerían que estaba siendo demasiado misericordiosa con Orejita. Otros pensarían que era demasiado cruel dejándolo morir en la maleza en lugar de terminar con su vida rápidamente. Un capitán no tenía que explicar sus decisiones a sus hombres, de modo que Luzia no lo hizo. No podía. Sus razones para dejar que Orejita se fuera no tenían nada que ver con la piedad ni con el castigo; tenían que ver con los cangaceiros mismos. Si ordenaba que saliera un grupo a buscarlo, no podía ir ella. Estaba demasiado torpe y pesada como para ser sigilosa, y demasiado alterada como para guiarlos eficazmente por la maleza. Luzia no quería admitir esto. Tampoco quería que ningún hombre se separara de ella. Ese grupo podía encontrar a Orejita y ayudarlo, incluso unirse a él. Los hombres también habían sido sacudidos por la muerte de Antonio, y su lealtad era débil. La única manera de controlarlos era mantenerlos a la vista.
Luzia pasó la noche despierta, atenta a los susurros y a cualquier señal de discordia. Bebé se plantó junto a Luzia. Unas cuantas veces, la cabeza de la niña cayó por el sueño. Cuando esto ocurría, Bebé se sacudía para enderezarse y toser un poco, para demostrar que permanecía despierta.
La costumbre requería tres días de duelo mientras el alma vagaba alrededor de su cuerpo. La costumbre establecía que los parientes lavaran el cadáver antes de que se entumeciera. Durante el baño, había que hablarle al muerto, diciéndole: «¡Dobla el brazo!» o «¡levanta la pierna!». No se podía pronunciar el nombre del difunto, porque eso significaba llamar al espíritu para que volviera. En la casa del coronel, Luzia lavó a Antonio y lo vistió; todo el tiempo estuvo dirigiéndose a él por su nombre.
– ¡Antonio! -dijo en voz alta para que su espíritu la escuchara. Ordenó que los hombres lo llamaran «capitán» en sus oraciones, como cuando vivía. Dejó los anillos de oro del Halcón en cada uno de sus dedos, aunque a los muertos no les estaba permitido llevar oro al más allá. Ella tampoco le besaría la planta de los pies, lo cual le impediría ir de un lado a otro. Quería que el espíritu de Antonio anduviera de un lado a otro. No limpió la tierra de las suelas de sus sandalias, como era la costumbre, porque el alma -tan atraída por la tierra- iba a extrañar la tierra debajo de sus pies e iba a querer volver. No iba a cerrarle los ojos. Se suponía que cuando lo enterraran ella debía decirle: «Cierra tus ojos y enfréntate a Dios». En cambio, Luzia dijo:
– Antonio, mírame.
Estaba obligando a su espíritu a permanecer aquí, en la tierra. ¿Acaso él no le había dicho una vez que todos estaban condenados, que a pesar de sus oraciones no irían junto a Dios sino a otro lugar más oscuro? ¿No estaría, entonces, mejor aquí, con ella?
– Si alguien pregunta si el Halcón está muerto, la respuesta es que no lo está -dijo Luzia a los hombres antes de que dejaran el rancho abandonado.
Читать дальше