– Madre… -dijo Ponta Fina acercándose con el sombrero en las manos. Gotas de sudor le cubrían la frente.
– ¿Estás enfermo? -preguntó Luzia.
Ponta Fina negó con la cabeza.
– ¿Qué ocurre entonces?
El bajó la vista. Luzia lo miró a los ojos. Había aprendido esa táctica de Antonio: nunca decir demasiado. La gente inevitablemente hablará y revelará lo que quiere.
– Quiero casarme -dijo Ponta-. Como usted y el capitán.
Luzia se rió.
– Casi la acabas de conocer.
– La quiero -respondió Ponta.
– Tráela aquí entonces.
– Tiene miedo. No vendrá.
– Tendrá que hacerlo. Si quiere casarse contigo, no puede tener miedo.
Ponta asintió con la cabeza. Caminó hacia la niña y la persuadió de que se acercara. Cuando estuvo frente a Luzia, mantuvo la cabeza agachada e hizo una reverencia. Sus piernas estaban cubiertas de cicatrices, algunas irregulares, otras redondas.
– Déjame hablar con ella -dijo Luzia mientras ordenaba alejarse a Ponta con un gesto-. ¿Cómo te llamas?
– María de Lourdes -farfulló la joven-. Pero todos me llaman Bebé.
– ¿Sabes coser?
– Sí, señora.
– ¿Y sabes cocinar? ¿Eres capaz de desollar un animal?
– Sí, señora. No me asusta la sangre.
– ¿Y tus parientes -preguntó Luzia, señalando con la cabeza hacia el peón encorvado y su esposa, que estaban a cierta distancia- saben algo de esto?
– No, señora. No son parientes. Mi madre murió cuando nací. No conozco a mi padre. El coronel que vivía aquí me puso en sus manos, me ofreció como regalo, que no tienen hijos. Lo único que hago es trabajar.
Luzia asintió con la cabeza.
– Si te unes a nosotros, no hay vuelta atrás -le dijo, repitiendo lo que Antonio le había dicho alguna vez a ella-. No es como un vestido. No puedes ponértelo y quitártelo cuando quieras.
– No puede ser peor que trabajar para ellos -susurró Bebé-. Esto es un infierno.
– El cangago será peor que el infierno -informó Luzia.
Bebé se mordió el labio; luego asintió con la cabeza.
– Aquí moriría. No me darán de comer cuando llegue la sequía. Además, me gusta Ponta. Es bastante apuesto.
Luzia observó a la chica. Su cara era delicada y redonda, como la de una niña, pero tenía las manos y los pies encallecidos, duros, trabajados. Pensó en su propia terquedad cuando había huido de Taquaritinga porque temía que iba a quedar encadenada a una máquina de coser. Aquel destino ya no le parecía tan terrible. Pero si no hubiera dejado Taquaritinga, Emília y ella podrían haber terminado de la misma manera que Bebé, en deuda para siempre con un coronel.
– Tendrás que tragarte una bala de plomo todos los meses -le dijo Luzia-. No puedes quedarte embarazada; es por tu propio bien. Y no puede haber tonterías. Si estás con Ponta, estás ligada a él; solamente a él. Además, tendrás que aprender a disparar. ¿Me estás escuchando?
– Sí, señora.
Luzia tenía la esperanza de desanimar a la niña, de asustarla; pero se quedó sorprendida por la firmeza de Bebé. Volvió a llamar a Ponta Fina.
– No es a mí a quien debes consultar esto -se excusó Luzia-. Debes hablar con tu capitán.
Ponta asintió con un movimiento de cabeza. Tomó la mano de la niña y se dirigió con paso vacilante hacia Antonio. Luzia quería verlos, ver la reacción de su marido. Pero finalmente se dio la vuelta y siguió bordando. Esperaba escuchar la voz de Antonio reprendiendo a Ponta, tratando de convencerle de que incluir a una mujer como Bebé en su grupo era una idea mala. Luzia tiró del hilo con fuerza a través de la tela de su manta. Ella era una mujer que no había causado problemas. Pero Bebé era guapa, y el grupo de cangaceiros se había hecho más grande y en ese momento incluía a muchos jóvenes.
Luzia notó que llegaba alguien por detrás de ella. Se volvió, pensando que vería a un Ponta Fina desilusionado que volvía a ella en busca de consuelo. Pero era Antonio. Delicadamente, como si le dolieran los huesos, se arrodilló en el suelo junto a ella.
– ¿Estás intentando que mis hombres se casen? -Su voz parecía cansada, pero el lado izquierdo de su boca se alzó en una ligera sonrisa.
Luzia dejó su bordado.
– No le he animado a que lo hiciera.
Antonio asintió con la cabeza.
– Pero debo dejar que ella se incorpore al grupo. Eso es lo que crees.
– No -replicó Luzia, súbitamente enfadada-. ¿Ponta ha dicho eso?
Antonio negó con la cabeza.
– Creía que te pondrías del lado de ella.
– Que ambas seamos mujeres no quiere decir que lo apruebe.
Antonio se acarició la cabeza, pensativo.
– Están siguiendo mi ejemplo. Nuestro ejemplo.
– Entonces, ¿qué dices?
– Entonces digo que sí.
– Es una mala idea -señaló Luzia.
– Lo sé -respondió Antonio. La miró a los ojos; su lado izquierdo sonreía. Luzia le puso la mano en el rostro. Lentamente, Antonio se quitó el sombrero y recostó su cabeza en el regazo de la mujer, la oreja sobre el abultado vientre. Luzia cerró los ojos. Por un breve momento fueron como cualquier otra pareja joven que tuviera un momento de afecto, de intimidad.
Llegaban voces desde el campamento de los cangaceiros. Se incorporaron cuando oyeron gritos. Antonio suspiró. Luzia no quería romper el encanto de aquel momento, pero Antonio se apartó de ella rápidamente. Sus rodillas crujieron cuando se puso de pie. Orejita se dirigía hacia ellos. Detrás lo seguían Ponta Fina, Bebé, Baiano y un grupo de cangaceiros.
– Quiere casarse -dijo Orejita sofocado al tiempo que señalaba a Ponta Fina.
– Lo sé -respondió Antonio. Se había olvidado de ponerse el sombrero. Tenía el pelo enmarañado y extrañamente desordenado, lo que dejaba ver una parte más clara de cuero cabelludo a un lado de la cabeza. Luzia hubiera querido esconder aquella incipiente calva, peinarle con sus propias manos.
– No puede casarse. -Orejita no parecía dispuesto a entrar en razón-. Y si lo hace, que devuelva los cuchillos. Que se marche.
Un grupo se había formado alrededor de ellos y algunos cangaceiros mostraban su acuerdo con Orejita con movimientos de cabeza. El ojo sano de Antonio se entornó. El lado activo de su boca descendió. Estaba prohibido resolver los problemas de ese tipo así, delante de todo el grupo. El Halcón sólo permitía a sus hombres quejarse unos de otros en privado, y únicamente delante de él para impedir luchas internas. Se acercó más a Orejita.
– No permito desertores -dijo.
Orejita asintió con la cabeza.
– Lo sé.
– Parece que sabes mucho últimamente -respondió Antonio.
Luzia se agarró de los brazos de su sillón. Separó bien las rodillas para volcar todo su peso sobre las piernas. Alzó la pelvis, y se levantó del sillón. El grupo entero la observaba ahora, y ella odiaba su torpe cuerpo por hacerla parecer tan torpe. Orejita sacudió la cabeza.
– Las mujeres son un problema -dijo, volviéndose a Antonio-. Tú mismo lo dijiste: tenemos que ser un ejército, no una familia.
– Eso no es asunto tuyo -respondió Antonio.
Orejita se dio golpes en el pecho.
– Claro que es asunto mío. Soy parte de este grupo. No podemos dejar entrar a todas las fulanas que veamos.
Hubo protestas en el grupo. Algunos hombres negaban con la cabeza. Ponta Fina dio un paso adelante con su afilado cuchillo brillando en la mano. Baiano puso un brazo alrededor de Ponta y lo retuvo.
– Discúlpate -ordenó Antonio.
Orejita pasó su mirada de Ponta Fina a su capitán, y de éste a Ponta Fina.
– ¿Qué?
– Discúlpate. Has insultado a su mujer. Una mujer honesta. No hay ninguna fulana aquí.
– No lo haré.
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