Frances Peebles - La costurera

Здесь есть возможность читать онлайн «Frances Peebles - La costurera» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La costurera: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La costurera»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Una saga épica sobre la vida de dos hermanas en el Brasil de principios del siglo xx.
En el Brasil colonial de la década de 1930, dos hermanas huérfanas conviven con un trasfondo de inestabilidad política y desastres naturales. Emília y Luzia dos Santos, dos hermanas con una excelente destreza para la costura, sueñan con escapar de su pequeño pueblo, un anhelo que separa sus vidas… Luzia sufre una deformidad desde que un accidente en la infancia la dejara lisiada y se convierte en una muchacha ruda y también poco casadera. Su única oportunidad de conseguir la independencia y la felicidad será casarse con el bandido que la secuestra, Antonio el Halcón. En cambio, Emília es delicada como una flor. Quiere una vida acomodada y refinada en la ciudad, por lo que contrae matrimonio con el hijo de un rico médico, a pesar de no estar enamorada de él. Los caminos de las dos hermanas se vuelven a unir cuando la vida de una de ellas corre peligro, aunque ya no son las mismas que en el pasado: Emília se siente sola y desgraciada y Luzia se ha convertido en una forajida a la que apodan la Costurera.
France s de Pontes Peebles nos demuestra con su novela la importancia de los lazos familiares, inquebrantables incluso en la distancia y en la adversidad. Su cuidado estilo, su sensibilidad y su facilidad para contar grandes historias de sagas familiares, le han servido además para que numerosos medios la comparen con Gabriel García Márquez e Isabel Allende. Novela ganadora del premio de la revista Elle Fiction Grand Prix 2008.

La costurera — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La costurera», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Antonio dio unos pasos hacia él. Orejita alzó las manos como si se estuviera rindiendo, y luego las bajó hasta su cinturón. Al igual que los otros hombres, se había acostumbrado a quitarse las pistoleras y dejar las pistolas y el rifle sobre las mantas todas las noches. Sólo llevaba sus cuchillos. Orejita cogió el puñal metido entre el cinturón y la cartuchera. Su rostro estaba demacrado y triste. Dejó caer al suelo la larga daga de borde cuadrado.

– Me voy -anunció.

Antonio no hizo ningún movimiento para recoger el puñal.

– Te he dicho que no admito desertores.

La barbilla de Orejita tembló. Apretó los labios para controlarla. Había un acuerdo tácito entre los cangaceiros y Antonio. Al unirse al grupo y sellar sus cuerpos con la plegaria del corpo fechado, todo hombre aceptaba ese pacto. Luzia lo aceptaba también. El amor de Antonio, su protección, su liderazgo a cambio de la obediencia, de la confianza absoluta. En el momento en que la confianza de un hombre vacilaba, el apoyo mutuo o en su caso el amor, se retiraba. Orejita había desobedecido a su capitán y lo había hecho delante del grupo. Si Antonio no se atenía a los términos de su acuerdo, si no castigaba a aquellos que desobedecían, perdería el respeto de todos, y eso lo condenaría.

Luzia sintió un estremecimiento en su vientre. Vio el movimiento debajo de la tela apretada de su vestido, sintió un golpe en sus costillas inferiores. Su hijo le dio una patada rápida, como si le estuviera diciendo que actuara, que hiciera algo. Luzia dio un paso adelante. Puso una mano sobre el brazo de Antonio.

– Déjalo partir -dijo.

Orejita bufó:

– La piedad de una mujer.

Antonio se puso tenso. Apartó el brazo de Luzia.

– No me toques -protestó.

Ella retrocedió. La mano de Antonio se alzó cerrada en un puño, los nudillos blancos de tanto apretar. Luzia se abrazó el vientre. No podía pensar con claridad, no podía recordar lo que había querido decirle a Antonio o a Orejita. Sólo podía recordar la iglesia llena de humo en Taquaritinga y al padre Otto de pie delante de ella, pronunciando su sermón anual de Pascua. En aquel sermón no se refería a la Virgen Madre, sino a la otra María, la Magdalena, que se había quedado en la tumba de Cristo durante mucho tiempo después de que todos los discípulos se hubieron ido, desesperanzados. Su recompensa fue la aparición de Él. Pero cuando ella extendió la mano para tocarlo, Él retrocedió. «No me toques», le ordenó. Ya de niña, Luzia pensaba que había sido un gesto desagradable de Cristo. Ya no era un hombre, sino Dios, y esta deificación provocaba que apartara a quien más lo había amado. Luzia había preferido siempre al hombre por encima del dios.

– Arrodíllate -ordenó Antonio.

Orejita negó con la cabeza.

– Soy uno de tus mejores hombres.

– Lo sé -respondió Antonio-. Has desobedecido. Arrodíllate ahora.

Orejita asintió. Se quitó su sombrero y lo arrojó al lado del puñal que había dejado caer. Antonio se colocó junto a él. Los ojos de Orejita miraban hacia abajo, pero no miraban al suelo. Miraban la parte delantera de su chaqueta, el cinturón, la cartuchera. «Mira siempre a los hombres a los ojos», le había enseñado Antonio a Luzia. Él decía que había que mirar a los hombres a los ojos atentamente, porque revelaban sus intenciones. Los hombres miraban siempre hacia donde iban a moverse después. Lo normal era que las mujeres embarazadas apartaran la mirada de la violencia, pero Luzia no podía hacerlo. Miraba a Orejita. Cuando Antonio desenvainó su puñal, la mano de Orejita se movió. Era su mano derecha, oculta a la vista de Antonio debido a su ojo malo. Metido en el cinturón de Orejita había otro cuchillo, uno pequeño de punta afilada, el que usaba para desangrar a los animales. Todos los cangaceiros llevaban cuchillos similares. Nadie se acordó de quitárselo.

Luzia llevó la mano hacia su Parabellum. Estaba en su pistolera, que descansaba cómodamente cerca de la axila del brazo lisiado. Estiró el brazo bueno sobre sus pechos agrandados y su vientre. Empezó a abrir a tientas el cierre de la pistolera. En el suelo, delante de ella, Orejita se alzó. Su brazo se movió en un arco grande y elegante. En su mano, la hoja del cuchillo brilló con luz tenue, reflejando el fuego cercano. Antonio dejó caer su puñal. Luzia finalmente terminó de abrir su pistolera del hombro y con el brazo bueno cogió la Parabellum. No podía apuntar correctamente; Antonio había agarrado a Orejita y ambos hombres gruñían y se movían en un extraño abrazo. El ojo bueno de Antonio estaba muy abierto y se movía en todas direcciones. Parecía una vaca en el matadero mientras buscaba el cuchillo perdido.

Luzia encontró su blanco. Apretó el gatillo. El disparo fue como el descorche de una botella, nadie sabía dónde acertaría. Los cangaceiros se quedaron paralizados. Bebé gritó y todos los ojos se volvieron hacia la muchacha. Por un instante, Antonio apartó la mirada de la punta del cuchillo. Orejita dio un golpe al aire. Luego el pequeño cuchillo cayó junto a sus pies.

– ¡Mierda! -gritó Orejita. Su voz pareció sacar a los hombres de su estupor. Baiano se adelantó, y levantó a Orejita por el brazo. La pechera de la chaqueta de Orejita ya estaba oscura, la mancha crecía. Luzia le había dado en el hombro. Ponta Fina intervino con su machete de hoja gruesa, pero Luzia lo detuvo. Oyeron una tos.

Antonio permanecía inmóvil, de espaldas a Luzia y a los hombres, con las manos en el cuello. Luzia tocó el hombro de Antonio y él se inclinó hacia ella, con las manos todavía agarrándose el cuello.

Su cara era de color morado, como si estuviera enfadado. Tosió otra vez. La sangre corría entre sus dedos.

Mientras caía, Luzia gritó su nombre. Su voz parecía lejana. La Parabellum cayó de su mano. Sintió el olor de algo que se quemaba y se dio cuenta de que era la carne carbonizada de los cuises, que se habían quedado abandonados sobre el fuego de la cocina. El vientre de Luzia la volvía torpe. Se dejó caer junto a Antonio y sus rodillas chocaron contra el suelo duro. Sus manos parecían moverse sin que ella las guiara, desesperadamente, desatando el pañuelo empapado de Antonio, y luego apretando los dedos contra su cara. El lado con la cicatriz estaba sereno, como siempre. La parte sana parecía perpleja. Un ruido húmedo y ronco surgía de la herida irregular de su garganta, cerca de la nuez, donde el cuchillo de Orejita lo había alcanzado. La sangre formaba burbujas al salir que sorprendieron a Luzia por su intensidad. Presionó con las manos el profundo corte. ¡El líquido era tibio! ¡Tan tibio! Como el agua espesa que surgía de los lechos de los ríos muertos cuando ella cavaba en ellos. Luzia apretó con más fuerza. Las moscas que rodeaban los montones de rapadura de melaza se habían espantado con la pelea, pero de pronto regresaron. Se lanzaban sobre el cuello de Antonio y sobre el charco que crecía debajo de él.

Ponta Fina se arrodilló junto a Luzia. Los cangaceiros se amontonaron alrededor de ellos. Los oídos de Luzia estaban aturdidos. Toda ella estaba como en una pesadilla. Pensó que los hombres necesitaban tareas de las que ocuparse. Los cangaceiros tenían que estar ocupados.

– ¡Traedme una hamaca! -gritó-. Una hamaca limpia.

Los hombres corrían de un lado a otro respondiendo a la urgencia de ella, creyendo que si se apresuraban su capitán viviría. Varios entraron en la casa abandonada del coronel. Luzia escuchaba cómo lo revolvían todo allí dentro. Ordenó a Canjica y a Cajú que corrieran a buscar un curandero o una comadrona. Alguien que se ocupara de cosas de medicina, les dijo. Si no podían encontrar a nadie, Luzia decidió atender ella misma a Antonio. Pondría sal, cenizas y pimienta en la herida para detener la hemorragia. Cosería la herida para cerrarla. Luego llevarían a Antonio al doctor Eronildes. Era una larga marcha, pero tendrían que hacerla. Ella sabía por su propia experiencia cuando había matado cabras y otros animales de las tierras áridas que el cuello albergaba un entrecruzamiento vital de tubos y vasos sanguíneos. Antonio tenía que recibir cuidados rápidamente.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La costurera»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La costurera» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «La costurera»

Обсуждение, отзывы о книге «La costurera» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.