Si se produjera una sequía importante, los cangaceiros iban a tener que dividirse en grupos pequeños para sobrevivir. Antonio esperaba que sus lugartenientes fueran líderes, que comprendieran a la perfección los secretos de la caatinga, que pudieran vivir sin él. Mientras ponía el pañuelo rojo en las manos de su mujer, Luzia comprendió que el Halcón esperaba las mismas cosas de ella.
Al día siguiente ocuparon la casa abandonada de un coronel. Antonio, Luzia y los cangaceiros se detenían con frecuencia en los ranchos de algunos coroneles comprensivos, sólo para encontrar que las casas principales estaban cerradas. Habían ordenado a los vaqueiros, criadas y agricultores arrendatarios que se quedaran y protegieran los ranchos, y ellos obedecían por miedo a perder su trabajo. Aquellos hombres y mujeres no ofrecían resistencia cuando Antonio abría las casas abandonadas de los coroneles. Los cangaceiros buscaban comida, periódicos, armas, munición, cualquier cosa útil.
Flanqueado por Ponta Fina y Baiano, Antonio habló con el peón que se había quedado en la propiedad. Orejita y Luzia permanecían cerca. El peón estaba encorvado y le faltaban algunos dientes, pero aún tenía el pelo negro. Llevaba un sombrero redondo de vaqueiro que había inclinado hacia delante en su cabeza para que el ala le diera sombra a los ojos. El barboquejo de cuero del sombrero colgaba suelto por debajo de su delgada cara. Su esposa estaba a su lado, con el pelo recogido debajo de un pañuelo descolorido. Su barbilla era redonda y morena y se adelantaba decididamente por debajo de la boca. Junto a ella estaba la que debía de ser la hija de ambos. La chica era muy joven -no tenía más de 15 años- y muy guapa. Apoyó un pie descalzo en la espinilla y mantuvo el equilibrio sobre una pierna musculosa, como las garzas de alas blancas que siguen al ganado durante la temporada de lluvias. El vestido le llegaba a media pierna, y parecía ser de una tela costosa y gruesa, con dibujos incluidos en la trama del tejido. Sin embargo, ya mostraba los efectos del paso del tiempo, y algunos trozos empezaban a deshilacharse. El corte y estilo moderno del vestido hicieron pensar a Luzia que en otro tiempo habría pertenecido a la esposa o la hija de un coronel, y que la niña campesina lo habría robado en su ausencia. La niña miró a Ponta Fina y luego ladeó la cabeza coquetamente.
Antonio habló respetuosamente al peón, y el hombre se avino, sin rechistar, a que los cangaceiros acamparan cerca y registraran la casa del coronel. Antonio aseguró a la familia que su grupo no iba a llevarse todas sus reservas de alimentos, sino sólo una parte. Mientras los otros hombres instalaban el campamento y registraban el rancho en busca de municiones y suministros, Ponta Fina se ofreció para coger comida de la despensa del coronel.
Los muebles de la casa estaban cubiertos con sábanas blancas, las camas habían sido desmontadas y los mosquiteros descolgados de las vigas del techo y cuidadosamente doblados. Dentro, todo estaba minuciosamente protegido, lo que no sugería una partida apresurada. Era como si el coronel y su familia no hubieran escapado de la sequía, sino que hubieran salido de vacaciones con la intención de volver. Luzia se dirigió al dormitorio del coronel; esperaba encontrar algo para proteger a su niño. Algo cálido y suave, algo que pudiera bordar en las siguientes semanas. Cuando la gente hablaba del parto, usaba la expresión «dar a luz», entregar al niño a la luz. El hijo de Luzia abandonaría la oscuridad reconfortante de su vientre para ser expuesto a la brillante y peligrosa inmensidad del mundo. Cuando esto ocurriera, Luzia quería que el pequeño estuviera envuelto por algo cálido, reconfortante.
En la casa del coronel no había ropa de cama. La cama del amo estaba desmontada, vacía. Junto a ella, junto a revistas de moda, había un montón de ejemplares del Diario de Pernambuco. Luzia los revisó. Había incontables fotografías de Gomes, notas sobre las reformas del Partido Verde y fotos de innumerables mujeres de la sociedad de Recife. Luzia estaba a punto de dejar de buscar cuando descubrió un artículo sobre la inauguración del Instituto de Criminología de Recife. Perdidas dentro de la sección local del periódico había varias fotografías. Luzia se concentró solamente en una. El texto que la acompañaba decía:
La señora de Degas Coelho toma contacto con la ciencia en el nuevo Instituto de Criminología del doctor Duarte Coelho.
Emília tenía en sus manos un frasco de vidrio. En él, flotando en un líquido nublado, había un bebé. Los ojos del niño estaban cerrados. Su cara estaba perfectamente formada, pero el cuerpo era rechoncho y deforme, como un santo de arcilla que el escultor no hubiera acabado de modelar. Un grupo de hombres de trajes oscuros rodeaba a Emília riéndose. Ella parecía no darse cuenta de su presencia. Tenía la mirada fija en el niño metido en el frasco. No sonreía. Su cara parecía la de una madona, congelada en una expresión de tristeza afectuosa.
El periódico cayó a los pies de Luzia. Se apoyó contra la estructura de madera de la cama. La pose de Emília con el niño en el frasco la perturbó; quizá ése era el objetivo de su hermana. Luzia detectó una advertencia en la fotografía de Emília, pero no estaba segura de poder confiar en sus sentimientos. Se estaba empezando a parecer a la tía Sofía, viendo malos augurios por todas partes.
Luzia escuchó una risita divertida. Se olvidó del periódico y giró la cabeza. La cocina estaba vacía. Ponta Fina y la niña campesina habían desaparecido. La puerta de listones de la despensa estaba cerrada, y detrás de ella Luzia escuchó susurros, movimientos y luego más risitas sofocadas. Se dirigió hacia la puerta de la despensa, decidida a interrumpirlos. A Antonio no le iba a gustar ese comportamiento. Pero antes de que su mano tocara la madera, Luzia se detuvo. La niña parecía bien dispuesta. Ponta Fina rara vez acompañaba a los otros cangaceiros cuando visitaban a las que llamaban «mujeres de la calle». «Ha tenido tan pocos placeres en su corta vida… -pensó Luzia-. Dejémosle disfrutar de éste».
Aquella noche, los cangaceiros celebraron un banquete. Baiano e Inteligente atraparon un cuis grande como sus manos. Estos animales, roedores habitantes de las rocas, eran muy carnosos aun después de quitarles la piel. En el fuego, Canjica preparaba un pequeño recipiente de frijoles. Junto a él, amontonados cuidadosamente sobre una roca, había un montón de trozos de rapadura. Una nube gris de moscas sobrevolaba los húmedos bloques de melaza. De cuando en cuando Canjica agitaba su bronceada mano de cuatro dedos para apartar la nube de insectos. Antonio estaba sentado con el peón y su esposa. Entregó a la pareja un fajo de billetes de mil reales a cambio de comida y suministros. El peón acarició el dinero en sus manos.
Lo iba ahorrar, dijo, y si la sequía empeoraba, usaría las reservas para escapar hacia la costa.
Luzia se sentó separada del grupo. Antonio había quitado la cubierta a un sillón de madera en la casa del coronel y lo había sacado para que ella se sentara. El vientre de la joven había crecido tanto que le resultaba difícil sentarse en el suelo sin ayuda. Era agradable sentarse derecha, en un sillón en lugar de sobre una manta. En su regazo sostenía la sábana amarillenta que había cubierto el sillón. La tela era vieja, pero podía convertirse en una manta bonita con el bordado adecuado. Luzia sacó una aguja e hilo y empezó a trabajar. Antes de que hubiera terminado una flor, escuchó pasos y susurros cerca de ella. Luzia levantó la vista de la costura y vio a la niña campesina, de piel morena y guapa, y a Ponta Fina. Estaban uno junto al otro, mirando a Luzia. Ponta Fina se acercó a ella. La niña permaneció detrás, jugueteando con la falda de su vestido robado.
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