En las pocas ocasiones en que la señora Coímbra habló, se mostró educada, aunque firme, usando el mismo tono con que la mayoría de las mujeres de familias viejas se dirigía a Emília. Cada vez que la señora Coímbra adoptaba ese tono, Emília sonreía y se concentraba en la fealdad del vestido de aquella mujer. Esos pensamientos eran vanos y mezquinos, y Emília lo sabía. También sabía que muchas mujeres de Recife -de viejas y nuevas familias por igual- la juzgaban por cosas que nada tenían que ver con su carácter: sus restos de acento provinciano, su incapacidad o falta de predisposición para tener hijos, por los asuntos de su marido y sus gustos innombrables. Desde la cena en el teatro Santa Isabel, Emília se daba cuenta de que las mujeres de Recife la consideraban inferior en todos los sentidos, menos en la elegancia. El hecho de darse cuenta de esto hizo que Emília se volviera audaz.
Se vestía como quería, usaba chaquetas estilo bolero, faldas de sirena inspiradas por Claudette Colbert y durante el verano en la playa de Boa Viagem una camisa de tafetán metida en unos pantalones a cuadros. Cuanto más segura se sentía Emília, más la elogiaban las mujeres de Recife. Mientras la joven rústica no cometiera ninguna infracción grave -una aventura romántica, andar en tranvía por la noche tarde, entablar amistad con criminales o negros-, la mayoría de las mujeres de Recife iban a admirar sus diseños de modas y se iban a mostrar dispuestas a comprarlos.
Emília se inspiraba en las revistas de moda editadas en Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos. El doctor Duarte la ayudaba a pedir las revistas; llegaban en los mismos envíos que las publicaciones de frenología de su suegro. Cambió algunos estilos, reemplazando telas pesadas por otras más livianas, más aptas para el clima de Recife. Una vez terminado el dibujo con precisión y encontrada la tela adecuada para realizarlo, presentaba el diseño a Lindalva. Si a ambas les gustaba la prenda, llevaban el diseño a su taller.
El doctor Duarte había cedido a las dos jóvenes empresarias el uso de una de sus muchas propiedades. Emília insistió en pagar un alquiler. El taller tenía una ubicación importante, en la Rúa Nova, la calle elegante conectada con el puente Boa Vista, cuya estructura era de acero. La gente cruzaba el puente para ir de compras. La Rúa Nova era la zona conde estaban varias de las mejores tiendas. La Casa Massilon vendía uniformes escolares y vestimentas militares; Primavera era una tienda de artículos para el hogar cuyos dueños eran portugueses; la farmacia Vitoria vendía medicamentos y había consultorios médicos en el piso de arriba; Parlophon vendía radios Philco, discos Odeón, frigoríficos y otros lujos modernos. Instalado entre las mejores tiendas de Recife estaba el taller E & L Diseños. No había ningún cartel en el exterior. Anunciar públicamente los productos era una confesión de necesidad de ganancias, lo cual era una torpeza. Emília y Lindalva eran mujeres respetables y el taller era su pasatiempo, no un negocio empresa. Desde fuera, el taller parecía un domicilio familiar austero, con cortinas blancas y un llamador de bronce al lado de la puerta de la calle. Cuando las dientas llamaban, las atendía una criada y las hacía pasar adentro. A veces Emília o Lindalva estaban presentes, otras veces no. Cuando estaban en el taller, no actuaban como vendedoras, sino que se sentaban y conversaban como si fueran compradoras como las demás. Nadie manejaba dinero; los pagos eran enviados por correo o se realizaban después. No había regateos ni facturas por cobrar, porque ninguna mujer de Recife, de familia nueva o vieja, quería ser considerada una tacaña y menos aún una ladrona.
Emília y Lindalva ofrecían una cantidad limitada de prendas prét-a-porter. No había largas pruebas ni vestidos a la medida. Como había un único modelo para todas las mujeres, Emília empleaba a una costurera para adaptar los conjuntos hechos con anterioridad, después de que habían sido comprados, subiendo un dobladillo para una mujer más baja o adaptando la cintura de un vestido para otra más delgada. Emília fabricaba sólo cinco artículos de cada modelo. Esto obligaba a las mujeres de Recife a comprar las prendas inmediatamente. Los diseños de Emília eran inevitablemente copiados, pero los modelos cambiaban con tal rapidez que, antes de que otra costurera aprendiera a imitarlos, éstos ya se habían pasado de moda; Emília y Lindalva ya tenían nuevas creaciones en su tienda.
Nada más abrir el taller habían contratado a siete costureras. Por aquel entonces, el presidente Gomes había fijado un salario mínimo, la obligación de tener baños para los empleados y una jornada laboral de ocho horas. Cada asalariado recibía una Tarjeta de Identificación del Trabajador que los empleadores tenían que firmar. Ese documento permitía el ingreso de los trabajadores en el sindicato nacional de Gomes. Todos los demás sindicatos fueron disueltos y las huelgas quedaron prohibidas. Gomes decretó que, para gozar de los derechos que él había otorgado, los trabajadores tenían que ser leales al gobierno provisional. Emília cumplía con las leyes de Gomes y hacía todavía más. La sala de costura del taller tenía ventanas, varios ventiladores y una radio para que las costureras la escucharan durante la pausa para comer. Y además no se quejó cuando las costureras colgaron una fotografía oficial de Gomes, con la leyenda «Padre de los Pobres» impresa sobre su rostro sonriente, en la pared del cuarto de costura.
El tren del Ferrocarril Gran Oeste también exhibía la fotografía de Gomes. Miraba a Emília desde encima de la puerta del vagón. En este retrato no era un padre sonriente, sino un presidente de rostro severo vestido con esmoquin y banda. Emília se frotó los ojos. Le picaban por el polvo. Una capa delgada y marrón de ese polvo formaba una película sobre las ventanillas del tren. Los vasos vacíos usados por los hombres habían sido recogidos y el vagón estaba en silencio, salvo por el ruido del tren. Un camarero asomó la cabeza en el vagón y contó los pasajeros; pronto servirían la comida. Emília tenía hambre, pero no esperaba con ansia su comida. Desde que la sequía había empeorado, se sentía culpable cada vez que comía.
El campo siempre había sufrido periodos secos, de modo que no se informaba sobre la sequía en los periódicos de Recife hasta que la carne subía de precio y se volvía escasa. Poco después, aparecieron en la ciudad los refugiados. Vagaban por los caminos de Recife caminando como si les doliera levantar los pies. Habían recorrido cientos de kilómetros con la esperanza de encontrar agua, comida y trabajo en la ciudad. Los refugiados tenían la ropa hecha jirones. Sus cuerpos estaban tan delgados y sus caras tan sucias que a veces era imposible distinguir a los hombres de las mujeres. Los bebés colgaban, débiles, en los brazos de sus madres. Las caras de los niños estaban tan demacradas y arrugadas como las de los mayores. Sus cabezas parecían enormes sobre sus huesudos cuerpos, y sus vientres estaban hinchados como globos de piel llenos de aire y nada más. El sufrimiento de los refugiados hizo que los periódicos los llamaran los «flagelados».
Cada vez que Emília iba al taller veía flagelados tan desorientados por el hambre que cruzaban las calles de la ciudad sin prestar atención a los tranvías ni a los coches. Emília miraba a los refugiados con prevención, temerosa, tal vez, de reconocer a un vecino o a un amigo de Taquaritinga. Una vez, una mujer se acercó a la ventanilla abierta del Chrysler. Llevaba un vestido sucio, la tela casi transparente de lo usada que estaba. La piel de su cara estaba curtida y estirada sobre los pómulos, como si hubiera sido horneada. Se aferró al antebrazo de Emília. La mano de la mujer estaba seca y apretaba con fuerza. Cuando Emília la miró a los ojos, vio que aquella mujer era joven, como ella. Degas rápidamente puso en marcha el coche y se alejó a gran velocidad, ignorando las luces de los semáforos. Después de dejar atrás a la mujer flagelada, Emília escondió la cara entre las manos. Degas, siempre incómodo ante el llanto, dijo que regresaría a la casa de los Coelho para que Emília pudiera lavarse el brazo. Ella negó con la cabeza. Ningún lavado podría borrar el contacto de aquella mujer. Emília todavía podía sentirlo. Sin Degas, sin su matrimonio apresurado, ella habría sido una mujer hambrienta, una flagelada igual que aquélla.
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