En la siguiente reunión de las Damas Voluntarias, Emília anunció que iba a comenzar una campaña para recoger ropa. Siguiendo el ejemplo de Emília, las Damas Voluntarias donaron telas, hilos y el tiempo de sus costureras. En los campamentos de tiendas de lona levantados para los flagelados en las afueras de Recife, las Damas Voluntarias aparecían con ropa, pañales y mantas. Para no ser menos, las viejas familias, miembros de la Sociedad Princesa Isabel, organizaban reuniones al aire libre y almuerzos en los que recaudaban dinero para que los médicos atendieran a los flagelados.
Cuando Emília distribuía comida y provisiones a los refugiados, no usaba guantes como las otras mujeres de las Damas Voluntarias. Aceptaba los apretones de manos y abrazos de los refugiados. Abrazaba a los bebés esqueléticos con sus manos desnudas. Sentía el impulso de besar a esos niños, de abrazarlos. Ella buscaba afecto en cualquier parte en que pudiera hallarlo. En la casa de los Coelho metía con esfuerzo los dedos a través de las barras de la jaula del corrupiao para poder acariciar sus plumas. Todos los días daba hojas de lechuga adicionales a las tortugas jabotí con la esperanza de que le permitieran acariciar sus caras escamosas. En el taller, Emília cogía las manos de las costureras entre las suyas cuando les enseñaba a refinar un pespunte. Palmeaba las espaldas de sus empleadas y las felicitaba cada vez que ponían las cintas métricas recién compradas sobre las reglas rígidas en busca de posibles errores.
– No confiéis nunca en una cinta de medir que no hayáis usado antes -les decía Emília. Y cada vez que salía del taller y abrazaba a Lindalva para despedirse, Emília prolongaba ese abrazo.
Se suponía que los maridos debían satisfacer las necesidades de cariño de las mujeres, pero Degas no era un marido típico. Después de la revolución, Degas interrumpió sus visitas semanales al dormitorio de Emília. Al igual que otros combatientes revolucionarios, había sido felicitado y se le había otorgado una medalla, pero la confianza que esperaba que se depositara en él después de pelear nunca llegó. El doctor Duarte estaba ocupado con su trabajo como consejero del gobernador, y permitió a Degas administrar las propiedades de los Coelho. Degas cobraba los alquileres y resolvía los asuntos de mantenimiento, demostrando ser un administrador capaz. A pesar de esto, el doctor Duarte no permitía a su hijo comprar ni vender propiedades, y tampoco hacerse cargo de los préstamos de dinero, ni ocuparse de la empresa de importación y exportación. Degas lograba meterse en las reuniones de negocios y luego en las reuniones políticas. El doctor Duarte no podía rechazar a su único hijo abiertamente, de modo que toleraba su presencia. Emília no sabía si su esposo ansiaba la aprobación de su padre, sólo quería molestar al doctor Duarte o ambas cosas. De cualquier manera, él se negaba a ser ignorado. Degas compró su admisión en el Club Británico. Cuando el doctor Duarte y sus colegas empresarios paseaban por la plaza del Derby, Degas se apresuraba a alcanzarlos. En las cenas, se las arreglaba para participar en los círculos de conversación de los hombres. Expresaba sus opiniones, aunque nunca se las pedían y a pesar de que en realidad nadie le hacía caso.
Solamente el capitán Carlos Chevalier prestaba atención a Degas. Emília los veía charlar amigablemente en las reuniones del Partido Verde. El doctor Duarte decía que el piloto era un fanfarrón. El ofrecimiento de Chevalier de hacer los planos de la futura carretera había sido hecho solamente de cara a la prensa; lo cierto fue que el piloto nunca se puso en contacto con el gobernador Higino. Otros hombres de Recife también mantenían las distancias con Chevalier, lo cual facilitó que el piloto se acercara más a Degas.
Cuando Emília era una niña en Taquaritinga, dos jóvenes fueron sorprendidos en una granja abandonada. Qué estaban haciendo cuando los descubrieron era algo que Emília nunca supo, aunque había presionado a su tía para obtener detalles.
– ¡El diablo está en los detalles! -había respondido la tía Sofía. A uno de los chicos lo mató después su padre. El otro huyó y desapareció en la caatinga. Recife era más civilizada que el campo, pero Emília todavía temía por Degas. Comprendía el deseo desesperado de ser querido, y no podía condenar a Degas por tener ese deseo. Hubo noches en que, sola en su enorme cama nupcial, Emília se había acariciado los brazos, las piernas, el vientre y más abajo, ansiando un contacto cariñoso, aunque fuera el que ella misma se proporcionaba. Después se había sentido avergonzada y confundida. Imaginó que, de alguna manera, así era como se sentía Degas.
Lo que había comenzado como un goteo se convirtió en una inundación. Durante la Navidad de 1932 los flagelados llegaron a montones a Recife, incrementando la población de la ciudad en un 52 por ciento. Los periódicos advertían que la llegada masiva de flagelados podía ahogar los proyectos del gobernador Higino. Había creado una Comisión de Planeamiento de Recife que hacía hincapié en el fomento de los edificios verticales y la pavimentación de las calles y caminos municipales. La comisión había aprobado una «ley antimocambo», que promulgaba que la construcción de viviendas precarias dentro de la ciudad estaba prohibida. Los flagelados hacían caso omiso de esta ley. En las afueras de Recife, junto a sus ríos y en sus lodazales, construían barrios de madera y hojalata. El gobernador apeló al presidente Gomes. En unas semanas, 48.765 flagelados fueron trasladados en barcos de pasajeros Lloyd al Amazonas, donde iban a recoger caucho.
– ¡No vayan pensando en hacer fortuna -dijo Gomes-, sino en servir a su país!
El hambre volvía furiosos y rebeldes a los hombres, y Gomes lo comprendía. No quería otra rebelión como la ocurrida hacía poco en Sao Paulo, que había durado dos meses y había requerido setenta mil soldados gubernamentales. Para detener el flujo de flagelados hacia las capitales, ordenó la construcción de siete campamentos de refugiados en las zonas rurales. Los campamentos fueron instalados estratégicamente en las ciudades más populosas de las tierras áridas, donde generalmente había ríos y transporte ferroviario. En Recife se llenaron vagones de trenes con rollos de alambre de espino, comida y suministros médicos. El DIP lanzó una campaña en la que aseguraba que los campamentos eran sitios seguros donde los refugiados podían esperar a que pasara la sequía.
Emília recibió la carta del doctor Eronildes Epifano a finales de enero. La gente ya estaba haciendo sus trajes de carnaval. Un grupo de mandos de las Damas Voluntarias estaba tramando vestirse como flagelados, oscureciéndose las caras con betún marrón y cubriéndose con andrajos. Sus esposas querían imitar a la Costurera. Las mujeres de Recife competían para hacer el traje de cangaceira con más bordados, diamantes falsos y joyas de imitación. Emília resolvió no asistir a ninguna fiesta de carnaval.
Había recortado la fotografía de la Costurera. Apareció en el periódico después de que los primeros topógrafos fueran asesinados. Luzia estaba en el centro de un grupo de hombres, con los hombros derechos, con el cuello estirado. El Halcón aparecía encorvado y pequeño junto a ella. Su trenza gruesa reposaba sobre el hombro y caía casi hasta la cintura: no había cumplido su promesa de la infancia a san Expedito. Su cara estaba oscura. Llevaba gafas y detrás de ellas Emília no podía ver los ojos. El brillo de los cristales le daba a la mujer un aspecto de otro mundo. Su porte era majestuoso. Poderoso. Parecía la reina de una tribu olvidada.
Después del funeral del sexto topógrafo, los periodistas especularon con la posibilidad de que la Costurera, y no el Halcón, hubiera ordenado las decapitaciones. Era despiadada, decían los diarios. No tenía vergüenza. Emília había escuchado esta opinión muchas veces. Allá en Taquaritinga, cuando llevaba zapatos de tacón alto o se ponía colorete en la cara, o cuando Degas y ella salían a pasear sin acompañante durante su breve noviazgo, Emília escuchaba que la gente murmuraba sobre ella y decía: «¡Esa niña no tiene vergüenza!». La vergüenza era una cualidad en una mujer. Incluso en Recife era importante que las damas tuvieran vergüenza, aunque no la llamaran de esa manera: la llamaban compostura.
Читать дальше