– Yo he oído otra cosa -interrumpió Degas.
La señora Coímbra se acercó a donde estaba sentado él.
– Esto es una misión de caridad, Degas -dijo Emília-. No una crónica de sociedad.
Degas la ignoró.
– Tiene un bebé en su carpa. Para él es la cabra. Un refugiado trató de robar leche y el doctor casi hizo que lo fusilaran.
Emília miró la carpa del servicio médico y, junto a ella, la tienda privada del doctor. Había escuchado muchos llantos de niño aquella mañana. Pero no había pensado que vinieran de la carpa donde vivía el doctor Eronildes.
– La leche de cabra es buena. Tiene muchos nutrientes -señaló la señora Coímbra, quitándose los guantes sucios para ponerse un nuevo par blanco-. ¿El niño es suyo?
Degas se encogió de hombros y sonrió.
– Me pregunto qué más estará escondiendo el respetable médico.
Emília miró a los ojos a su marido.
– Todos tenemos nuestros demonios.
Degas se puso de pie.
– ¿Vamos? -dijo, ofreciéndole el brazo a la señora Coímbra. Esta vaciló y luego se agarró. Tendió el otro brazo hacia Emília.
– Vayan ustedes -dijo ella, colocándose el pañuelo de la cabeza-. Tengo que arreglarme.
– Sí -respondió Degas-. Suéltate el pelo, si no los soldados te confundirán con una de las mujeres refugiadas.
Después de que Degas se fuera con la señora Coímbra, Emília descubrió que había un soldado junto a su tienda. Iba a escoltarla fuera del campamento. Emília cerró rápidamente la portezuela de la carpa. Desde dentro, la sombra del soldado sobre la lona se veía grande y deformada. El aire era cada vez más sofocante, pero Emília no quería abandonar la tienda. La comida iba a ser un acto de propaganda más. Los periodistas harían garabatos en sus libretas de anotaciones y los fotógrafos sacarían fotos de la delegación. La mesa principal iba a estar llena de hombres del gobierno quejándose de la mala comida. Y rodeándolo todo, más allá del porche, estaría la caatinga, con su inquietante vacuidad. ¿Cómo había podido Luzia sobrevivir en semejante lugar? ¿Cómo podía sobrevivir alguien allí?
Una segunda sombra apareció sobre la portezuela de la carpa. La cortina de lona se abrió.
– ¿Señora de Coelho? -llamó el doctor Eronildes, buscando dentro con la mirada. La camisa de su formal atuendo estaba arrugada y tenía la cara brillante por el sudor. Se pasó un pañuelo por la frente-. ¿Necesita un acompañante? -preguntó.
– Ya tengo uno -respondió Emília, señalando la sombra del soldado-. Pero preferiría que me acompañara usted.
El doctor Eronildes se mostró sorprendido. Como un pretendiente nervioso, se pasó sus manos grandes sobre los pantalones como si quisiera plancharlos. Emília interpretó la incomodidad de él y sus miradas como señales de que el doctor se sentía atraído por ella. Emília se sintió súbitamente orgullosa de su habilidad para desconcertar a un hombre. Con un sencillo movimiento se puso el sombrero y se acercó a él.
Cruzaron lentamente el campamento. El sol de mediodía se reflejaba en las carpas de lona, obligando a Emília y Eronildes a entornar los ojos. Las moscas les hacían cosquillas en los brazos y el cuello.
– Llegaremos tarde para el brindis -señaló Emília-. Los delegados brindan siempre.
– Por eso precisamente me he quedado atrás -respondió Eronildes-. Estoy tratando de dejar la bebida.
Emília asintió con la cabeza. Recordaba el rostro enrojecido de aquel hombre cuando lo conoció, así como el temblor de sus manos cuando conversaron en el teatro Santa Isabel.
– Soy responsable de algo importante ahora -continuó el doctor Eronildes-. No puedo ponerlo en peligro. Tengo que mantener la cabeza clara.
El médico miró a Emília, estudiando su reacción. Ningún hombre -ni siquiera el profesor Celio- la había mirado con tanto interés, con tanta intensidad. Emília ladeó la cabeza.
– Comprendo -dijo la joven-. Aquí la gente depende de usted. Es una situación terrible, esta sequía.
Eronildes detuvo la marcha.
– ¿Tiene miedo de estar aquí?
– No -respondió Emília-. ¿Debería tenerlo?
Eronildes negó con la cabeza.
– No atacarán. No vendrán a este campamento.
– ¿Por qué? -quiso saber Emília, sin poder ocultar su decepción.
El doctor sonrió.
– Porque estoy yo aquí.
– Ellos… -Emília se interrumpió y bajó la voz-: ¿Los cangaceiros lo respetan a usted?
– En el pasado los ayudé. ¿Eso le molesta a usted?
– No. -Emília se sintió repentinamente mareada. Miró a su alrededor: había soldados cerca. Permanecer allí inmóviles iba a atraer su atención. Emília se dirigió hacia las puertas del campamento. El doctor Eronildes se mantuvo al lado de ella.
– No debe usted decir eso a nadie más -señaló ella-. Especialmente no a mi suegro. El mide los cráneos de los tipos delictivos. Le crearía problemas.
– ¿Usted cree en sus mediciones?
Nadie le había hecho esa pregunta antes. Algunos en Recife consideraban que el trabajo del doctor Duarte era una moda pasajera. Otros decían que era una ciencia que estaba naciendo, que adquiría credibilidad en Alemania, en Italia y en Estados Unidos. Todos daban por supuesto que, dado que Emília era la nuera del doctor Duarte, ella creía en su obra.
– Me midió una vez -dijo Emília-. De acuerdo con sus datos, soy un espécimen normal. Soy perfectamente común.
– ¿Usted no cree en eso? -insistió el doctor Eronildes.
– Ninguna mujer quiere creer eso -respondió Emília con una sonrisa. Lo miró con coquetería desde debajo del ala de su sombrero. El doctor Eronildes no le devolvió la sonrisa.
– Creo que el doctor Duarte tiene razón; acerca de usted por lo menos -dijo-. Usted no es única.
Emília sintió como si la hubieran pellizcado. Empujó el ala de su sombrero hacia arriba, dispuesta a insultar al doctor, pero cuando lo miró a los ojos no pudo enfadarse. El parecía apesadumbrado. Le temblaba la barbilla. No trataba de herirla, quería decir otra cosa. Emília lo había interpretado mal. Había algo que ella no comprendía.
– Conozco a una mujer -continuó él, con voz baja y temblorosa-. No se parece a usted, al principio. Pero después de observarla, uno se da cuenta de que tiene los mismos gestos, la misma manera de moverse, la misma nariz, idéntico corte de cara. Cuando la miro a usted creo que podrían ser hermanas.
Emília sintió que la boca se le quedaba seca. La joven asintió con la cabeza y siguieron caminando en silencio. Se consideraría extraño que ella y el doctor llegaran tarde al almuerzo.
Durante la comida, Emília no miró a Eronildes ni habló con él. A pesar de sus esfuerzos por ignorar al médico, ella fue sumamente consciente de los movimientos de él, de su voz, de lo que comió y de lo que no comió, de cómo respondió a las muchas preguntas médicas del doctor Duarte.
«¿Quién es este hombre?», pensó Emília. Había confesado ser un coiteiro, pero ¿a qué cangaceiros había ayudado, y por qué? ¿Y acaso era cierta la otra historia de Degas: ocultaba un niño en su tienda?
En la comida Emília no respondió a las preguntas de los periodistas. Apenas podía levantar las manos para espantar las moscas de su boca y su pelo. La señora Coímbra la miraba perpleja. Cuando la anciana hablaba, Emília apenas podía escucharla. La señora Coímbra le repitió las preguntas varias veces antes de llegar a la conclusión de que Emília era víctima de una insolación. Comunicó esto a Degas y al doctor Duarte, que se turnaron para analizar la tez pálida de Emília.
– ¡Tiene que ver a nuestro médico! -sugirió el doctor Duarte, agarrando del hombro a Eronildes-. El la curará.
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