Carmen Posadas - La cinta roja

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Otro de los que se alegraron y mucho con esta iniciativa de Napoleón fue Tallien; para él resultó casi una bendición del cielo. Y es que dada su cada vez más difícil situación tanto personal como profesional, la idea de poderse sumar a la expedición de Bonaparte y alejarse por un tiempo de París se le antojaba una ocasión única de recuperar algo de prestigio, más aún si lo hacía entre las filas de amigo tan antiguo como querido. Tallien pensaba en Napoleón casi como en un camarada, puesto que fuimos nosotros los primeros en abrirle las puertas de nuestra casa cuando era un don nadie y la amistad se consolidó aún más al ser testigos de su boda. Sin embargo, lo que parecía no comprender Tallien era que dicha amistad poco tenía que ver con él. De hecho, Bonaparte ni siquiera le tenía simpatía. Y si antes de sus éxitos militares aguantaba la charla de Tallien en La Chaumiére con la condescendencia que uno otorga a un anfitrión pelmazo, ahora, tras sus triunfos, no tenía ni tiempo ni humor para disimular. Consideraba a Tallien, y así lo dijo en público, méchant et corrupteur , de ahí que al principio todas sus tentativas para que lo incluyera en su expedición a Egipto parecieran abocadas al fracaso.

— Si tú pudieras hablar con él… — me dijo un día en el que, como tantos otros, coincidíamos en las habitaciones de los niños-. Bonaparte te adora y no puede negarte nada.

— Si eso es lo que deseas–le respondí sin mucha convicción-, ¿pero en calidad de qué debo decirle que quieres ir a Egipto?

— No sé, dile que como observador, o incluso como modesto escriba. Dile que podría colaborar en el inventario de todos esos maravillosos tesoros que, según cuentan, duermen enterrados en aquella lejana tierra. O mejor aún, no le digas nada de todo esto. Tú sabes bien cómo convencer a un hombre sin tener que dar explicaciones fastidiosas, vida mía.

Sonreí. Tallien era apenas la sombra del hombre que había sido. Estaba muy delgado últimamente y sus ropas parecían flotarle alrededor del cuerpo. Me entretuve en ver cómo subía y bajaba su nuez bailoteando en ese cuello que poco tiempo atrás había sido fuerte y también bello. Apenas tenía treinta y un años, pero había perdido ya parte del pelo y casi todos los dientes.

— ¿Verdad que te alegras de que tenga esta nueva posibilidad de reconducir las cosas?, ¿verdad que me ayudarás a conseguirlo, amor mío?

Prometí hacerlo y aproveché una visita que tenía que hacer al Palais Royal para desviar mi ruta y pasar brevemente por casa de los Bonaparte en la Rue de la Victoire. Hacía días que no había intercambiado con Josefina nuestras habituales notas intrascendentes y al llegar allí me dijeron que estaba ausente. No me sorprendió que así fuera, raras eran las mañanas que ella no aprovechaba para ir de compras, sobre todo ahora que, gracias a los éxitos de su marido, su situación económica había mejorado considerablemente.

— No, no es a la ciudadana Bonaparte, sino al general, a quien deseo ver–dije a la persona que me abrió la puerta. Se trataba de un muchacho muy joven vestido de militar, apenas debía de tener unos dieciocho años, y ya me disponía a dirigirme hacia la biblioteca sin más preámbulos cuando me detuvo.

— ¿Os espera el general, ciudadana?

En vano intenté explicar a aquel lampiño muchachito (que mucho me recordaba, dicho sea de paso, a Marc–Antoine Jullien por su aspecto y su insolencia) que yo nunca había necesitado ser anunciada en esa casa, que era amiga de la ciudadana Bonaparte, una más de la familia.

— Los tiempos han cambiado–dijo haciendo oídos sordos a mis protestas-. Esperad aquí, ciudadana.

No tuve más remedio que hacerle caso y me entretuve–ya que su figura tanto me había recordado a mi primer fracaso en lo que a seducciones se refiere–cavilando qué habría sido de aquel otro insolente muchacho, Jullien, el protegido de Robespierre. No soy persona rencorosa y nadie puede decir que haya utilizado mi influencia para vengarme, pero debo reconocer que en lo que a Marc–Antoine se refiere hice una pequeña excepción. Una vez muerto el Incorruptible, todos sus colaboradores acabaron guillotinados o en prisión, y yo me ocupé personalmente de ordenar que aquel espía que Robespierre había mandado a vigilarme durante la ausencia de Tallien en Burdeos no escapara al castigo.

En estos pensamientos tan poco caritativos estaba cuando se abrió de nuevo la puerta y entró Bonaparte. Aquellos eran tiempos vertiginosos, todo y todos cambiábamos con suma rapidez. Naturalmente, yo había tenido ocasión más que sobrada de observar a Napoleón esos días atrás en las fiestas dadas en su honor, pero aun así, ahora, lejos de las candilejas y a la siempre inmisericorde luz matinal, me sorprendió ver cuán distinto parecía. Su cara era tan juvenil como siempre, pero había profusas líneas alrededor de sus ojos y un brillo nuevo en ellos muy frío. Me extrañó que así fuera, pero no le di importancia; yo siempre me he considerado experta en caldear miradas, maestra en disolver recelos.

— Querido general, qué bien os veo y qué suerte poder tener estos minutos a solas los dos como antes.

El hechizo funcionó. Una tenue sonrisa iluminó el rostro de Bonaparte y entonces aproveché para explayarme sobre el motivo de mi visita.

— Y por todo ello–concluí una vez expuesta la situación actual de Tallien con toda la diplomacia y el eufemismo que el caso requería–os estaré eternamente agradecida si pudierais incluirle en vuestra expedición a Egipto. Es un hombre que ha vivido muy distintas situaciones y sabe adaptarse a todo. Además, vuestra posición y la suya son tan distintas en este momento que seguramente apenas lo veréis en todo el viaje, salvo si deseáis hacerlo.

Él me observaba en silencio, de modo que continué hablando. Entonces me pareció notar cómo la mirada del general se detenía más de lo que la cortesía requiere en el bonito escote de mi vestido y al instante adopté una posición que le permitiera observarlo mejor mientras le decía:

— En realidad, si lo aceptáis, será uno más en una expedición de miles de hombres. Para él, en cambio, acompañar al más glorioso de los generales es una posibilidad única de regenerar su prestigio ante los demás y, sobre todo, ante sí mismo.

Fue en ese momento, cuando ya del ceño del general había desaparecido por completo toda expresión severa y volvía a establecerse entre nosotros la corriente de simpatía (o algo más) que hubo siempre, cuando hizo su entrada Fortuné . El perrito apareció por la puerta abierta del vestíbulo haciendo sonar un pequeño cascabel que colgaba de su collar rojo y, muy decidido, vino hacia mí. Yo lo tomé en mis brazos sin dejar de mirar al general.

— Es un favor especial que os pido–dije-, una ayuda para un hombre cubierto de deudas que no tiene ni para comprarse unas botas nuevas como quien dice. — Al pronunciar estas palabras noté como si algo cambiara entre nosotros. Tal vez fue la irrupción de aquel perrillo, que no era desde luego santo de la devoción de Bonaparte. O tal vez fuera la mención a ese viejo favor sin importancia que un día le hice al entonces taciturno y muy necesitado general Buonaparte, pero lo cierto es que Napoleón se puso en pie. En su rostro podía verse una vez más aquella mirada fría del principio de nuestra entrevista.

— Descuidad, me ocuparé de que Tallien sea incluido en la expedición–dijo al tiempo que me besaba, no en la mejilla como era natural entre nosotros, sino en la mano-. Vuestro marido –añadió poniendo más énfasis del necesario en esta última palabra–no es precisamente santo de mi devoción, pero (y lo que viene ahora lo dijo adoptando de pronto un acento italiano en su habitualmente impecable francés) un corso nunca olvida .

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