Carmen Posadas - La cinta roja

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Como todos los que vivíamos en aquellos atribulados tiempos, mil veces había visto yo a la Viuda . En centenar de ocasiones había sido testigo, por ejemplo, del rodar de las carretas camino del cadalso con su desdichado cargamento de condenados. Otras tantas había presenciado cómo, después de su lúgubre rutina, hombres despreocupados barrían o baldeaban la sangre derramada a raudales alrededor del artilugio cantando una cancioncilla o riendo con los vecinos. No eran escasas tampoco las ocasiones en que había visto caer el filo de su cuchilla sobre los cuellos de hombres, mujeres, de niños incluso. Aquéllas eran escenas con las que teníamos que convivir a diario, y lo cierto es que, una vez vistas, quien más quien menos volteaba la cara y seguía con su vida, con sus amores, con sus afanes, porque uno acaba por acostumbrarse a todo, incluso a lo más horrendo. No existía por tanto razón alguna para que una inofensiva sombra me afectara de un modo tal y, sin embargo, al verla allí, sobre las sábanas de la cama que estábamos a punto de compartir, quedé inmóvil. Sin notar aún mi azoramiento, Tallien, que estaba a mi espalda, comenzó entonces a desnudarme con la misma veneración respetuosa con la que siempre me trataba. Cayó sobre el lecho mi vestido, luego las tres enaguas y mi camisa y, en ese momento, noté cómo, de improviso y sin poder remediarlo, comenzaban a correr por mis mejillas todas las lágrimas que hacía años no vertía, un caudal de ellas sin que pudiera moverme, hipnotizada por aquella sombra, muda, sorda, muerta.

Tallien no tardó en darse cuenta de que algo ocurría y giró mi cuerpo para mirarme.

— Vida mía, amor mío–repetía mientras buscaba con sus manos, con sus labios, mis ojos como quien intenta borrar de ellos algo que ha visto y que le aterra. Sólo entonces reaccioné y, escapando de su abrazo, me refugié en la esquina de la habitación más alejada de la ventana, buscando cubrir mi cuerpo desnudo con lo primero que tuviera a mano, la casaca de Tallien, el tapete de una mesa, cualquier cosa con tal de que la sombra de la cuchilla no cayera sobre mí.

— No puedo, no quiero volver jamás a este lugar–dije.

Dudo que Tallien entendiera en ese momento lo que me estaba pasando. Como digo, entonces todos estábamos acostumbrados al horror, más aún alguien como él, que tenía a la guillotina como sombría y diaria centinela. Pero aun así, no dudó un momento en responder.

— Lo que tú quieras, mi vida. Haré todo lo que me pidas. — Y luego comenzó a besarme una vez más, no con pasión, sino como se besa a una niña que necesita protección y consuelo. Así era aquel hombre, aquel asesino. Después de unos minutos, siempre con igual ternura, añadió-: Será como antes, yo iré a tu casa.

— No–le respondí ya más tranquila-. Lo he pensado mejor y volveré aquí siempre que me lo pidas. Porque no somos ni tú ni yo los que debemos partir, Jean, sino «ella».

Entonces, como si pudiera entender que era motivo de nuestra conversación, la alargada sombra de la guillotina se dibujó aún más nítida gracias al creciente resplandor del alba.

— No permitiré que ella ni nadie nos separe–respondió Tallien abrazándome con mayor fuerza, y no hizo falta que yo dijera nada más.

Al día siguiente, los ciudadanos de Burdeos pudieron ser testigos de una escena que les causó primero extrañeza, luego alivio. En vez de la habitual procesión de condenados camino del cadalso, lo que vieron fue una cuadrilla de unos diez hombres que se afanaban en desmantelar la Louisette . Y a partir de ese día su silueta no volvió a ensombrecer ya más la antigua plaza del Delfín ni tampoco nuestras noches de amor, cada vez más apasionadas. No se había ido muy lejos, es cierto, pero una vez apartada de la vista de todos, me resultó más sencillo lograr que Tallien la hiciera funcionar con menos frecuencia. ¿Que cómo lo hice? Baste decir que la cama es un campo de batalla en el que gana el más fuerte, y ésa siempre fui yo. Más fuerte que la codicia de un hombre que, hasta que me conoció, se dedicaba a veces a traficar con salvoconductos a cambio de joyas o dinero; y otras, simplemente, a desposeer a los reos de todos sus bienes. Más que la ambición, que le dictaba que, si hacía bien su trabajo en Burdeos (y «bien», en este caso, era sinónimo de sanguinario o de cruel), sería recompensado en París con un alto cargo. Y más fuerte sobre todo que el miedo, que le recordaba al oído que noticias de su vergonzosa debilidad por una aristócrata, por una mujer que lo tenía completamente dominado, ya habían llegado a París.

Debo decir además que, desde el día en que desapareció la guillotina del centro de la ciudad, también me encargué de que aumentara el número de los expedientes que se «extraviaban», o el de los testimonios que «no se podían probar» y el de las acusaciones «que no tenían suficiente fundamento». Frenelle y yo lográbamos incluso distraer algunos salvoconductos ya firmados por Tallien que luego entregábamos a los muchos infelices que, primero tímidamente y luego ya en número más que considerable, acudían al hotel Franklin para solicitar mi ayuda. Las estadísticas lo recuerdan. De treinta y tres cabezas que rodaban en diciembre de 1793 pasamos a diez en abril y ninguna en mayo. Tras mi partida, en junio cayeron setenta y dos y ciento veintinueve en julio. Pero basta. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, no me gusta hablar bien de mí, cantar mis bondades ni colgarme medallas. Por eso prefiero que sean otras voces las que cuenten lo que vieron. He aquí dos testimonios de la época recogidos uno en las memorias del conde de Paroy y el otro en las de la muy célebre madame de la Tour du Pin, cuyas amenas e inteligentes páginas son una de las fuentes favoritas de todos los estudiosos de la Revolución francesa. Empecemos por el conde de Paroy; él narra así su primer encuentro conmigo.

Mi padre estaba a la sazón detenido en La Réole y yo vagabundeaba sin tino por las calles de Burdeos pensando en su más que segura muerte cuando alguien me habló de Teresa Cabarrús. Como pintor que soy se me ocurrió entonces, a modo de petición de audiencia, enviarle un pequeño dibujo de Cupido desnudo con una pica y en su extremo un gorro rojo. Abajo, y haciendo votos para que el doble sentido de la frase fuera bien acogido por la bella, escribí: á l'amour sans–culotte . Debió de agradarle mi osadía, puesto que muy pronto mandó aviso para que fuera a visitarla. Ya en la antesala del hotel Franklin en que reside quedé asombrado al comprobar que todas las muchas sillas estaban ocupadas, la mayoría por representantes de las más antiguas familias de Burdeos. Así se lo señalé a un caballero que conocía y él me respondió que no en vano a aquel lugar lo llamaban en la ciudad el Despacho de las Gracias.

Pronto se me hizo pasar a un boudoir y, durante la espera, tuve tiempo de admirar un gabinete que parecía el recinto de las diversas musas. Había un clavecín entreabierto con papeles de música, una guitarra sobre un canapé y un arpa en un rincón. La pintura estaba representada por un caballete con un cuadro empezado, y las letras por un secreter abierto y rebosante de papeles, memorias e, imagino, sobre todo peticiones. También había una biblioteca con libros en desorden como si fueran consultados a menudo y, por fin, había también un bastidor con un muy bello bordado.

Detengo aquí la narración del gentil conde de Paroy para decir que la única musa que falta en su relato, esto es, la musa del teatro, también estaba representada allí, aunque él no la mencione. Lo estaba, precisamente, en toda aquella cuidada mise en scéne que nada tenía de casual. Y es que, de hecho, hasta el más mínimo detalle estaba pensado para que al visitante que venía a solicitarme ayuda le resultara muy sencillo interpretar lo que veía: el clavecín, la guitarra, el arpa, el caballete, los libros y el bordado… Todo voceaba a los cuatro vientos que yo, a pesar de mi aspecto tan á la mode révolutionnaire , en la intimidad de mi hogar continuaba siendo una cultivada y muy espiritual dama con gustos claramente aristocráticos; una dama a la que le daba mucho placer utilizar su privilegiada situación para ayudar a los demás.

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