Carmen Posadas - La cinta roja
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Dos hechos notables más habrían de suceder antes de que finalizara el azaroso año de 1793. Por un lado, la reconquista de Toulon, que estaba en manos de los ingleses y que supuso una gran victoria para Francia; y por otro, el gesto del obispo constitucional de París, Gobel, de depositar sus insignias religiosas y reconocer que no existía, a partir de ese momento, otro culto que el de la Santa Igualdad. De ahí en adelante comenzaron a saquearse iglesias, se violaron, santuarios y en Lyon, por ejemplo, el ex seminarista Fouché, ahora representante en misión, organizó una cabalgata de asnos vestidos con ornamentos sagrados que fue muy celebrada por los sans–culottes .
Si me detengo a relatar estos detalles de profanación religiosa que sin duda poco pueden sorprender al lector a estas alturas, es para explicar cómo en toda Francia estaba naciendo una nueva divinidad que mucho habría de condicionar nuestras vidas y en particular la mía. Sucedió que, una vez consumado el derrocamiento de la antigua Iglesia de Francia, el pueblo comenzó a echar en falta algo que diera trascendencia a sus actos, tanto los cotidianos como los revolucionarios. Existía–hasta los más ateos se daban cuenta de ello–un vacío espiritual en la República que era necesario llenar de alguna manera. O dicho en otras palabras: había que buscarle un sustituto a Dios ahora que Dios había sido depuesto. Y a ser posible, éste debía, además, estar acorde con esa nueva era que ahora se abría para todos nosotros, en el año i de nuestra gloriosa Revolución.
En realidad, no hubo que pensar demasiado para encontrar al dios, o, mejor dicho, a la diosa ideal. ¿Acaso no estábamos en la época de la Razón?, pues he ahí nuestra divinidad, cavilaron sin duda los responsables políticos de París. Y si los franceses tenían dificultades para sustituir a Dios con algo tan inmaterial, tan vago y tan rationnel como dicha diosa, lo único que había que hacer era dotarla de la estética adecuada. ¿No era ésta la época de los decorados, de las representaciones y de las mises en scéne ? Escenifiquemos pues, debieron de pensar nuestros responsables políticos.
Así, el 10 de noviembre (o 20 de Brumaire, según el nuevo calendario) se celebró en París, en la iglesia de Notre–Dame, la primera gran fiesta dedicada a nuestra nueva diosa. Una vez despojado el templo de todas sus imágenes y cuadros se procedió a levantar en el centro de la nave una bella montaña artificial con un sendero que serpenteaba hasta la cima y una inscripción en lo alto que rezaba: A la filosofía . A media cuesta, sobre un altar de reminiscencias griegas, ardía una gran antorcha de luz azulada, la antorcha de la diosa Razón, naturalmente. La ceremonia fue, según tengo entendido, tan solemne como impresionante. Al son de una música marcial, varias muchachas vestidas de blanco descendieron de la montaña, unas por la derecha, otras por la izquierda, para saludar a la antorcha antes de volver a subir a la cima. En ese momento apareció una bella mujer que encarnaba a la Libertad. Llevaba túnica blanca, manto azul y gorro frigio. En la mano portaba una pica y fue a sentarse en un trono de verde follaje. Después de presenciar cómo un coro de bellísimos adolescentes entonaba un himno patriótico, la diosa se levantó y, con gran majestuosidad, fue a saludar a la Convención, que, muy honrada por ello, procedió a hacerle un sitio entre sus miembros mientras el presidente le daba, en nombre de todos, un beso fraternal.
A partir de ese día, en toda Francia comenzaron a celebrarse ceremonias similares, puesto que, en tiempos de centralismo absoluto, lo que se estilaba en París rápidamente se convertía en moda, cuando no en imposición o tiranía en el resto del país. De ahí que poco después, y para celebrar la gran noticia de la toma de Toulon, nuestra ciudad de Burdeos se llenó de multitud de afiches en los que podía leerse:
AVISO A LOS CIUDADANOS
LIBERTAD, IGUALDAD
Toulon ha sido reconquistado; el inglés es vencido por todas partes y las armas republicanas son vencedoras en todo lugar. Los tiranos tiemblan, los patriotas deben alegrarse.
Conforme al decreto de la Convención Nacional, una fiesta cívica se celebrará el primer décadi (día que sustituye al domingo cristiano) en honor de la victoria obtenida por el ejército francés sobre los feroces ingleses y los pérfidos tuloneses… A mediodía, todo el cortejo se dirigirá al templo de la Razón.
IV
NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SOCORRO
EL DÍA EN QUE CASI SUBÍ A LOS ALTARES
La víspera del primer décadi ya todo estaba dispuesto para que la antigua iglesia de Nuestra Señora de los Dominicos de Burdeos se llenara de gente que, con más curiosidad que fervor, deseaba comprobar cómo sería a partir de entonces esa nueva forma de culto religioso, ahora llamado fiesta cívica. Durante los días anteriores, los buenos bordeleses se preguntaban en qué consistiría la ceremonia, a qué tipo de deidades habría que rendir tributo y, sobre todo, quién encarnaría a la diosa Razón. ¿Sería una actriz, una bella hija de la tierra, una campesina tal vez?
— A mí me han dicho que será la ci–devant marquesa de Fontenay y ahora amante de Tallien la elegida. ¿Quién mejor que ella? — aventuró alguien, pero de inmediato fue corregido por uno de esos personajes que en toda ciudad se vanaglorian de estar siempre mejor informados que sus vecinos.
— Os equivocáis, ciudadano, no será ella la diosa aunque bien lo merezca por su belleza. Sé de buena tinta que el patriota Tallien la tiene reservada a más altos designios que la simple representación artística. Va a ser la encargada de escribir y leer un bello discurso sobre la educación.
— Vamos–comentaría un tercero con una sonrisa desdeñosa-, ¿qué puede saber esa mujer sobre educación? Lo mismo que yo, es decir, nada. Además, ¿no os resulta extraño cierto detalle? ¿Habéis reparado en que ella aún se hace llamar por su antiguo nombre de casada? Desde luego no creo que lo haga por amor a su ex marido, a quien según cuentan nunca quiso. Para mí que el hecho de que siga figurando como Teresa Cabarrús–Fontenay sólo puede interpretarse como un acto de rebeldía contra su amante. Se diría que quiere de este modo recordar a Tallien que, a pesar del triunfo de nuestra gloriosa Revolución, a ella y a él aún los separan las viejas diferencias sociales hoy abolidas, una chica valiente la petite espagnole .
— Para mí no es más que una oportunista y una furcia–intervino una ciudadana con aire displicente-. ¿Qué puede esperarse de una mujer que comparte cama con un asesino y un ladrón? Y por cierto–añadiría bajando la voz como era menester cuando se hablaba del todopoderoso representante de París-, ¿qué mosca habrá picado a tamaño sinvergüenza para permitir semejante mascarada? ¡Un discurso sobre la educación en boca de una mujer como Thérésia! ¿A quién pretende Tallien engañar con un acto de esta naturaleza?
— Ay, ciudadana–le contestó entonces otro de los presentes-, qué poco entendéis de política y de la naturaleza humana. El ciudadano Tallien con este acto mata varios pájaros de un tiro. Por un lado, necesita dar al mundo, y más concretamente al muy temido Comité de Salvación Pública de París, una manifestación pública de fervor revolucionario de alguien que comparte su cama. Por otra, sus espías ya le habrán contado sin duda la agria reacción con la que ha sido acogida en París la noticia de sus amores. Y todos sabemos lo peligrosas que son esas «agrias reacciones», en especial por parte del ciudadano Robespierre. Tallien necesita por tanto dar a todos un testimonio de que su amante es una convencida revolucionaria. ¿Y qué mayor prueba de estar de acuerdo con las nuevas ideas que Thérésia hable en público con ocasión de nuestra victoria en Toulon y que lo haga disertando sobre un tema tan trascendental como la educación?
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